-¿Se puede saber a dónde andabas anoche?
-Yo… yo… -Gabriel balbuceó confuso la respuesta, buscando algo medianamente inteligente que decir.
-¿Crees que soy un viejo estúpido, no? ¿Que no me iba a dar cuenta? ¡Eres tú el estúpido, si piensas que voy a seguir soportando tus rarezas, entendiste? Con tu madre enferma podrías al menos no meterte en líos y hacerme la vida más fácil.
-Sí, señor.
Alfonso lo miró con desprecio.
-Estás atrasado. Más te vale que no llegues tarde nuevamente porque si me entero de eso, te voy a sacar de esa escuela y vendrás a trabajar el campo conmigo. ¿Entendiste? Harto mejor harías ahí que en esa escuela donde al parecer no te enseñan nada.
Gabriel corrió a su bicicleta y pedaleó con fuerza. Mientras se alejaba de su casa por el camino de tierra, sintió que su mente iba a explotar de frustración y de ira. Pedaleó con más fuerza, tratando de expulsar estos sentimientos a través del ejercicio. Sin embargo, no llegó mucho más lejos, porque su bicicleta, que iba a gran velocidad, no pudo sortear un pedazo de tronco que había caído en el camino, y Gabriel salió disparado hacia delante. Se estrelló contra el suelo y rodó unos metros más allá. Cuando trató de levantarse, se dio cuenta de que tenía el brazo torcido, una gran herida en la rodilla, la frente y en los codos. Se sentó al lado del camino, y tomando dos largas bocanadas de aire, puso sus manos primero sobre el brazo roto, luego sobre su frente, sus codos y finalmente su rodilla. Cuando terminó, estaba completamente curado. Miró su bicicleta, que se había partido en dos, y colocando las dos partes juntas, hizo lo mismo y la bicicleta quedó como antes. Finalmente se puso a pedalear con más fuerza que antes hasta la escuela del pueblo, pero llegó tarde por cinco minutos.
Gabriel se deslizó por el largo pasillo rápido y sigiloso, casi invisible. Cuando estaba a punto de llegar a su sala, una voz lo sorprendió por la espalda.
-Otra vez tarde, ¿no Luminis?
El inspector Aurus Umbrales era un personaje alto y flaco, pero con una imponente postura y unos ojos que destilaban odio por Gabriel. Éste siempre había tratado de “entrar” en la mente del inspector, para saber por qué le tenía ese odio tan intrínseco, de dónde venía y por qué siempre tenía una sensación de alerta cuando se encontraba bajo su presencia. Pero, extrañamente, cada vez que lo intentaba, se encontraba con una pared en blanco. Para esta época, Gabriel había aprendido a la perfección cómo controlar esta extraña característica con la que, al parecer, había nacido, cerrando su mente cuando no quería sentir ni ver nada sobre las demás personas –cosa que, de lo contrario, no habría podido soportar dentro de la escuela, con cientos de estudiantes dentro de ésta –y abrirla de la misma manera cuando sentía curiosidad o necesitaba “ver” o sentir algo sobre determinadas personas. Esto lo había ayudado en innumerables ocasiones, como cuando corría peligro caminando de noche hacia su casa después de detención en la escuela, o en clases, cuando no había podido estudiar para alguna prueba a causa de los castigos de su padre. Pero con el inspector, aquello era imposible. Gabriel se preguntó por qué.
-Lo siento, señor Umbrales. La puerta se cerró… no alcancé…
-Siempre es lo mismo con usted, Luminis. Siempre con alguna excusa. Esta vez no se librará de una papeleta a su padre. Y si no me equivoco, no estará muy contento, ¿no es así?
Umbrales esbozó una sonrisa irónica. Gabriel contuvo los deseos de replicar, y entró a la sala. Los alumnos estaban en silencio escribiendo. Algunos levantaron sus cabezas para mirar a Gabriel, pero la mayoría siguió con su trabajo. La señorita Rainy le regaló una bondadosa sonrisa, y Gabriel cayó en su asiento dando un suspiro.
-Otra vez tarde, ¿no? –le susurró la voz de Kronus, su eterno enemigo dentro del curso, desde atrás de su asiento –espero que esta vez tu padre te pegue lo suficiente como para que no vuelvas más a la escuela, Luminis.
Kronus era, para Gabriel, un ser completamente detestable. Aunque desde fuera no lo representaba. Kronus era alto y fornido, rubio y con una sonrisa que parecía derretir a quien se le pasara por delante. Gabriel siempre había sentido un odio innato hacia él, y al parecer lo mismo le sucedía a Kronus, pero –y esto solo lo pensó Gabriel en ese minuto –al igual que con el inspector Umbrales, nunca había podido ver ni sentir absolutamente nada en el chico, solo los actos visibles de su odio hacia él.
Gabriel se dio vuelta violentamente, dispuesto a plantarle un puño directamente en la cara a ese imbesil de Kronus, cuando la puerta de la sala se abrió de golpe, y todos los alumnos se volvieron a la entrada.
Ahí estaba Matilde, vestida con el uniforme de la escuela y con una amplia sonrisa en la cara. Los niños la miraron deslumbrados pararse en frente de la clase y escucharon sin escuchar la presentación de la profesora sobre la nueva estudiante. Gabriel escuchó atónito a la profesora señalarle a Matilde un asiento desocupado justo a su lado, y en medio de lo que creyó ser una ensoñación vio a la niña tomar asiento y guiñarle un ojo.
-¿Matilde? ¿Qué haces aquí? ¿No fue un sueño? ¿Quién eres?
Matilde enroló sus ojos con fastidio.
-¿De nuevo con las mil preguntas? Ya te dije, me llamo Matilde Truhnel, y no, por milésima vez, no fue un sueño. Tú entre todos los demás deberías aprender a distinguir la realidad de la fantasía, Gabriel.
La profesora Rainy se aclaró la garganta mirando hacia ellos, y Matilde se volvió de frente a la señora, por lo que Gabriel no pudo responder. El chico trató de seguir la clase, pero mil preguntas se atropellan unas a otras dentro de su mente. Era como si uno de esos sueños tan vívidos que había tenido desde niño de pronto entrara a la realidad como si fuera lo más natural del mundo. Esta sensación se incrementó al punto de que su corazón le pareció que iba a reventar cuando, en un minuto en el que la profesora Rainy conversaba con un alumno distraídamente, Matilde se acercó a Gabriel y en un susurro le dijo:
-Cuando nos vimos anoche, pensé que me recordarías.
Gabriel, quedó perplejo. No, si la hubiera visto antes de seguro se acordaría de ella. A menos que… Pero no, era imposible que esto estuviera relacionado con aquel incidente hace un par de meses…
El timbre sonó en la mitad de este pensamiento, y antes de que alcanzara a agarrar a Matilde, alguien más lo había hecho. La peor persona posible. Kronus. Odiaba a ese chico. Desde niños, él y Kronus habían sido enemigos jurados, como dos chispas de electricidad que al chocar explotan. Kronus era malo, Gabriel podía percibirlo aunque no tenía forma física de probarlo. Pero veía la crueldad con que trataba al resto del mundo –sobre todo a él -, la manipulación que utilizaba con los profesores y sus compañeros, que al parecer nadie más veía. Y, lo peor, era que aparentemente esta característica había aumentado últimamente, al punto de que podía, más o menos, hacer que los demás hicieran lo que él quisiera.
Kronus se acercó a Matilde y, con esa sonrisa falsa pero según las chicas, encantadora, le dijo unas palabras en el oído y luego, en voz alta, pidió que almorzaran juntos. Gabriel vio lo inevitable; la sonrisa atontada de cada chica a la que Kronus hacía esto, y luego la aceptación. Pero de pronto, la sonrisa de Matilde se quebró sorpresivamente, y con un gesto firme, le dijo a Kronus que se alejara de ella. Kronus la miró atónito, y luego, mirando de reojo a Gabriel, salió de la sala.
Gabriel miró atónito a Matilde, que se acercó hacia él.
-No puedo creer que no te fueras con él. La mayoría de la gente…
-Sí, me lo imagino. Pero a mí no me va a engañar, Gabriel. Al menos mientras te tenga a mi lado.
-¿Qué quieres decir con eso? ¿Por qué actúas como si ya nos conociéramos? ¿Quién eres realmente, Matilde? ¿Me estás jugando una mala broma?
-Gabriel, tienes demasiadas preguntas, y entiendo que así sea. Pero ahora no tengo tiempo de responderlas… tengo que irme a un lugar. Lo que sucedió anoche es demasiado irregular... –ahora parecía estar hablando sola –y el hecho de que no tengas idea de nada...
-No entiendo nada. Por favor, explícame. ¿Cómo es que conoces a mi padre, cómo me conoces a mí, de qué es lo que no tengo idea?
Matilde lo observó de forma compasiva. Pero miró el reloj y negó con la cabeza.
-Lo siento, Gabriel, pero no creo ser la persona adecuada.Y lamento no poder decirte a dónde voy, y responder a todas tus pregunta. Te juro que lo haría, pero te prometo que la mayoría de ellas serán respondidas muy pronto. Antes, debo saber una cosa. ¿Hay algo… me refiero a algo sobrenatural que puedes hacer y que nadie más puede? Al menos ya sé que tienes un sentido agudo cuando se trata de los otros. Sentiste el peligro anoche en el claro, ¿no es cierto? ¿Hay algo más?
La pregunta dejó atónito a Gabriel. ¿Cómo podía saber ella que desde niño podía curarse y curar objetos? ¿Y sentir, y ver las vidas de las demás personas? ¿Lo habría espiado esta mañana, cuando se cayó en la bicicleta? ¿Quién era esta niña tan misteriosa? Trató de entrar a su mente, pero ella, esbozando una sonrisa, le dijo:
-Conmigo no vas a poder. Pero no es necesario; siempre seré honesta contigo.
-¿Cómo sabes…?
-Otra pregunta que, lamento, no puedo responder ahora. Pero sí te diré un par de cosas: no le muestres a nadie tu poder de sanación, y menos tu sobre-sensibilidad, no te acerques a Kronus, mantente lejos de tu padre y te digo esto último con todo mi corazón: puedes confiar en mí.
Al terminar de decir esto, Matilde corrió fuera de la clase y desapareció. Pero las últimas palabras de ella habían llenado de calor el pecho de Gabriel. No entendía nada, pero algo sí tenía claro; podía confiar en Matilde. No sabía cómo, si en realidad desconfiaba de la mayoría de la gente, pero algo le decía que le había dicho la verdad. Podía confiar en ella. Tenía un aliado.
Gabriel pedaleó lentamente por el camino de tierra que llevaba a su casa, aislada del resto del pueblo. Esta vez, no lo apremiaba la familiar pero igualmente desagradable angustia que siempre se apoderaba de él cuando volvía a casa. Esta vez, una paz salida de quién sabe dónde lo acompañaba, y lo dejaba disfrutar del paisaje, del sol que bañaba los cerros, del pasto verde que tapizaba la tierra, de los árboles, más antiguos que todos los hombres que pisaban hoy el mundo. Y en medio de estos pensamientos, no vio la silueta de Kronus esperándolo en la mitad del camino.
-Hola, Luminis. Te estaba esperando.
-¿Qué quieres? Déjame en paz, sino te juro que te voy a romper la nariz.
-Ja. Puedes intentarlo. Pero antes, mírame a los ojos. Quiero probar algo.
Gabriel, extrañado, miró a Kronus, y de pronto el suelo donde estaba, los árboles y el campo que lo rodeaba, comenzaron a desaparecer. Sintió miedo. La oscuridad lo envolvió por algunos segundos, y se vio a sí mismo, pero en otro lugar, otra época. Se vio con sandalias, con ropajes pobres y rodeado de hombres con antorchas, que gritaban palabras inconfundibles. Poco a poco, aunque era evidente que se trataba de un idioma que Gabriel desconocía por completo, comenzó a entender las palabras. “¡Brujo! ¡Demonio! ¡A la hoguera...!” El chico sintió pánico, mientras dos hombres se acercaban a él, lo amarraban y se lo llevaban a un calabozo. Uno de ellos le susurró al oído: “Esto te pasa por ser tan diferente, por tus supuestos poderes… eres diabólico, Gabriel, eres un error de este mundo, no deberías haber nacido…”. Luego lo torturaron hasta que Gabriel cayó rendido en el suelo. Uno de los hombres se agachó a su lado:
-Tienes dos opciones. Podemos seguir torturándote hasta que mueras, o puedes decidir quitarte tu propia vida. Aceptar que eres un ser maligno, que no perteneces a este mundo… morir con un poco de honor.
Gabriel lo miró con los ojos borrosos. Lo pensó durante un minuto: quizás era mejor terminar ya con todo esto, quizás era cierto y él era un ser maligno, era un error… pero de pronto una fuerza salió de su interior y bloqueó todos estos pensamientos, dándole valor.
-Puedes torturarme todo lo que quieran. No me voy a quitar la vida.
Lo último que escuchó Gabriel antes de perder la conciencia fue un grito de rabia incontenible, nacida de aquellos dos hombres.
De la oscuridad, poco a poco volvió a formarse el campo, el camino, su bicicleta, su propio cuerpo y Kronus, frente a él, con una sonrisa de satisfacción en su cara. Gabriel lo miró asustado.
-¿Qué me has hecho? ¡Explícamelo ahora, Kronus! ¿Qué fue eso que me hiciste vivir? ¿Alguna fantasía tuya, quizás?
-Para nada, “amigo”. Todo lo que has visto y experimentado te pasó en verdad. ¿Quieres otra prueba?
Antes de que Gabriel pudiese protegerse o al menos escapar de la vista de Kronus, la realidad comenzó nuevamente a desaparecer, y se vio a sí mismo, de dos años, sentado en una cuna hecha de madera. Alfonso le apretaba los brazos, mientras Gabriel lloraba de dolor. A su lado, había un juguete roto, que Gabriel instintivamente había reparado. Su padre se enfureció con él, y le dijo algo que, por supuesto, a esa corta edad no había logrado comprender:
-Más te vale que reprimas tus poderes, pequeño engendro del demonio. Más te vale, porque si no, te haré la vida imposible, ¿me entiendes?
En ese momento entró su madre, y miró con sorpresa a Alfonso, y luego a Gabriel. Los moretones en sus brazos se curaron instintivamente. Al ver ambos este hecho, la madre de Gabriel trató de acercarse a su hijo, pero Alfonso se lo impidió. Tomándola por la cabeza, apretó su pulgar en su frente, y segundos después su madre cayó al suelo, inconsciente. Luego su padre se acercó a él, y Gabriel volvió a llorar. Antes de saber qué pasó después, la oscuridad volvió a envolverlo, y se encontró nuevamente en el camino, frente a Kronus. Se desplomó en el suelo. Kronus, lanzó una carcajada.
-No sabía que podía hacerte esto hasta ahora, Luminis. Puedes agradecérselo a tu amiguita. Eres tan débil, Luminis. Haces que esto sea demasiado fácil...
La tierra iba a comenzar a desaparecer nuevamente, pero se escuchó un grito que desconcertó a Kronus. Gabriel no pudo ver quién era, porque Kronus de pronto se apretó el estómago con dolor, y antes de darle una última mirada de odio a Gabriel, le propinó un golpe en las costillas y luego comenzó a alejarse.
-Espero que esto sea suficiente, Gabby –le dijo antes de alejarse en -Ahora ya sabes contra quién te estás metiendo.
Gabriel se quedó tendido en el suelo. Sanó sus costillas, pero la sensación de terror, soledad y desolación todavía latían en su cuerpo de forma casi insoportable. No era capaz de moverse. Sintió, de pronto, que nada era real, que este suelo que estaba pisando en ese momento podía desvanecerse en cualquier minuto. Confundido, no sintió unos pasos que se acercaban a él.
-Levántate, Gabriel.
Gabriel miró hacia arriba y vio a Matilde, con sus ojos verdes llenos de compasión. Ella lo ayudó a levantarse, y el chico se tambaleó, todavía confundido. Fue entonces cuando Matilde puso sus manos sobre la cabeza de Gabriel, creando una pequeña luz azul sobre esta. El chico se sintió inmediatamente mejor, con los pies bien puestos en la tierra; sintió calor, protección y algo más que no lograba distinguir bien.
-Kronus no debería haber hecho esto, Gabriel… lo siento mucho.
Miró a Matilde, con ojos llenos de lágrimas.
-¿Qué está pasando, Matilde?
Ella lo miró con ternura.
-Tienes que entender que no eres el único con poderes… pero todo lo que está sucediendo en este minuto, no debería estar pasando tan pronto. Lamento no poder decir más, pero no soy yo la que debe informarte de todo esto. Pero ten en cuenta esto: tienes aliados y enemigos en este mundo, y tú eres el centro de la batalla. No puedo explicarte por qué… pero ten calma, ya que las respuestas llegarán más pronto de lo que crees. Entre tanto, guíate por tus instintos, y –Matilde hizo una pausa –ten cuidado.
Le apretó la mano, y luego salió corriendo, dejando a Gabriel con una sensación extraña de alivio, pero al mismo tiempo de un miedo latente y confuso.
Pedaleó rápidamente y casi no se dio cuenta cuando llegó a su casa. Dejó la bicicleta al costado, amarrada con una cuerda y un pequeño candado. Miró el cielo: las primeras nubes del inverno hacían su aparición. Sintió una corriente helada de viento, y se apresuró a cerrar el cerco de los caballos, tapar a los pájaros y gallinas, darles de comer y tapar a las plantas del invernadero, y agarró un montón de leña. Se sacó las botas y entró a la casa. Estaba silenciosa y fría. Se apuró en encender la chimenea y subió al segundo piso, en busca de alguna señal de su padre. En vez de eso, el único ruido que se escuchaba era la respiración agitada de su madre. Gabriel abrió despacio la puerta, y ella lo miró sorprendidam con una sonrisa de alivio y profundo cariño.
-Gabriel, querido, acércate a la cama. He esperado mucho para tenerte aquí, a mi lado.
-Papá me ha dicho que me mantenga alejado, porque mi presencia te hace mal, mamá. ¿Es cierto?
-Por supuesto que no, hijo, tu presencia me hace mucho bien. Más del que puedas imaginar. Pero debes hacerle caso a tu padre, trata de no hacerlo enojar, por tu propio bien…
Su madre comenzó un ataque de tos, mientras se tapaba la boca con un pañuelo. Instintivamente, Gabriel puso ambas manos sobre el pecho de su madre, y el ataque de tos se terminó. Ella respiró aliviada y le sonrió. Gabriel vio que el pañuelo estaba bañado de sangre. Intentó poner nuevamente sus manos sobre el pecho de su madre, pero ésta las agarró y las puso sobre las suyas, acariciándolas.
-Mamá, creo que puedo sanarte. Creo que…
-Lo sé, cariño. Sé que puedes hacerlo y que quieres con todo tu corazón poder sanarme. No tengo duda alguna de que lo lograrías. Pero eso no solucionaría nada. La vida, hijo, como te tocará aprender muy pronto, tiene sus formas de cumplir lo que es destinado a hacerse, y el hecho de que me sanaras no cambiaría las cosas. Algún día lo entenderás.
-Pero mamá…
En ese momento se escuchó el crujido de la puerta. Su madre tomó las manos de Gabriel con aprensión.
-Huye, Gabriel. Hoy mismo. Tienes que salir de aquí. Creo que Alfonso se ha enterado… creo que ya sabe…
La mujer volvió a tener un ataque de tos, pero cuando Gabriel volvió a poner sus manos sobre ella, sintió la ira de su padre y su presencia en el marco de la puerta.
-Te he dicho que no molestes a tu madre, Gabriel. ¿Cuántas veces tengo que repetirte las cosas?
-No lo culpes, yo he sido la que lo ha llamado. Es solo un niño, Alfonso.
Alfonso miró a Amelia de forma extraña, pero suavizó la voz.
-¿Encerraste a los caballos?
-Sí, señor.
-¿Y diste de comer a los pájaros, tapaste las plantas del invernadero?
-Sí, señor.
Alfonso miró durante unos momentos a Gabriel, y luego a Amelia, que lo miraba suplicante.
-Pues bien, entonces creo que puedes hacer las tareas mientras preparo algo de comer.
Gabriel asintió y observó por última vez a su madre. Élla miró en sus ojos azules, iguales a los suyos, y le sonrió. Al salir Gabriel escuchó susurros suplicantes de su madre y algo incomprensible por parte de Alfonso, pero claramente estaban discutiendo. Gabriel se alejó de ellos con el corazón contraído por la tristeza y un funesto presentimiento.
La cena con su padre, al menos, estaba silenciosa. Alfonso se veía nervioso y tenso. En general Alfonso criticaba o retaba a Gabriel sobre algo en particular que había hecho, o simplemente se quejaba de lo anormal que era. Pero esta vez, ambos comieron en silencio, y mientras Gabriel lavaba los platos, escuchó la voz temblorosa de su padre desde las escaleras:
-Voy a darle de comer a tu madre, y luego iré a hablar contigo a tu pieza. Así que asegurate que esta vez estarás ahí. Si no haces lo que te digo te juro que te arrepentirás, Gabriel.
-Buenas noches a ti también, papá… -susurró Gabriel mientras terminaba de secar el último plato. De pronto sintió pánico. No sabía bien por qué; si por la soledad que sentía, si por el deseo de tener un padre que realmente lo quisiera, si por la inevitable muerte de su madre…
Este último pensamiento lo dejó helado. Su madre se había despedido de él. Sabía que pronto moriría, sino esta misma noche. Y no había nada que él pudiera hacer, se lo había dejado claro. “Huye, Gabriel”, le había dicho. ¿Huír de qué? ¿De su padre acaso? Pero el pensamiento de su padre, encerrado con ella en el cuarto, le dio escalofríos. Se paró con decisión. Los pensamientos se atropellaban los unos a los otros en su cabeza y el corazón el palpitaba con fuerza. No sabía bien por qué, pero tenía la certeza de que debía proteger a su madre. Pero antes de que subiera las escaleras, unos golpes en la puerta trasera lo obligaron a volverse. Se detuvo un instante. ¿Debería abrir? Finalmente, sin pensarlo mucho, lo hizo, y vio el pelo castaño brillante y los ojos verde intensos de Matilde que lo miraban fijo.
-Mira, es cierto que tengo muchas preguntas, pero ahora no tengo tiempo. Tengo que hacer algo… no lo entenderías. Y te agradecería que no te aparecieras así por mi casa, Matilde.-le dijo Gabriel, con un poco de sentimiento de culpa, pero apremiado por subir las escaleras y entrar al cuarto de su madre.
-Lo sé, Gabriel. Y por favor, no subas esas escaleras. No puedes hacer nada, tu madre te lo dijo. Por favor, confía en ella.
Gabriel se volvió y miró fijamente en los ojos de Matilde. ¿Cómo sabía…? Pero eso no importaba: nada lo detendría de hacer lo correcto. Por fin parecía que iba entendiendo un poco esta confusa serie de acontecimientos… lo único que sabía con certeza, era que su madre se había despedido de él. Y esta vez, para siempre.
-No entiendes. Mi padre… no me vas a creer, pero tengo la sensación de que esta noche mi madre va a morir.
Matilde lo miró con ternura.
-Lo sé, Gabriel. Pero el camino no es por esas escaleras. Es por aquí. Por favor, confía en mí y sígueme.
Gabriel la miró durante unos instantes. ¿Es que de pronto se había vuelto loco? ¿Había entrado en una especie de dimensión desconocida? ¿Por qué debería seguir a una completa extraña? Aunque algo le decía que…
-Matilde, yo… -Gabriel sentía ganas de llorar. Una gama de sentimientos intensos se agolpaban unos a otros en su interior. Le parecía que en cualquier momento iba a explotar.
-Mira, no hay mucho tiempo. Por favor, sígueme. Te prometo que encontrarás respuestas y, con un poco de suerte, paz. Ven, sígueme, todavía hay luna llena.
-Pero mi madre... –replicó Gabriel débilmente, encandilado con la chica y luchando contra las ganas de seguirla.
-Tu madre habría querido que me siguieras.
Gabriel miró a la chica y supo que decía la verdad, con la misma certeza que había sentido la primera vez que había visto a la chica y supo que siempre le creería. Miró por última vez las escaleras y pensó que quizás si seguía a Matilde, podrían juntos ir por ayuda. Salió de la casa, pensando en la absurda decisión que acababa de tomar. Pero ya estaba corriendo tras Matilde, y al menos durante el ejercicio, su mente pudo poco a poco comenzar a tranquilizarse. Sin darse cuenta, llegaron al mismo claro que la noche anterior Matilde había llevado a Gabriel. Pero esta vez, Matilde no se detuvo. Algo brillaba entre algunos de los árboles, lejano, algo que la noche anterior había llamado su atención, pero que no tuvo tiempo de examinar. Matilde siguió corriendo hacia esa luz y después de unos minutos, como si la tierra se la hubiera tragado, desapareció. Gabriel se quedó unos momentos mirando el lugar por donde Matilde había desaparecido, incapaz de tomar una decisión. ¿La seguía, al parecer, a la mitad de la nada, o se daba media vuelta? Un escalofrío recorrió su cuerpo. Sintió, de pronto, una tristeza profunda, incontrolable, al mismo tiempo que una ira extraña y, aunque pareciera extrañísimo, un sentimiento de satisfacción, todo al mismo tiempo. Sin ser capaz de controlar todas esas sensaciones que se agolpaban dentro de su cuerpo, recibió una más fuerte que las demás: absoluta y rotunda pérdida. Gabriel cayó sobre sus rodillas, y sin poder aguantar más, comenzó a llorar descontroladamente, sintiéndose más solo y más desprotegido que nunca. La desolación lo golpeó y supo que su madre había muerto. En medio de la confusión vió como Matilde reaparecía de la nada y se acercaba a él. Unos segundos después, perdió el conocimiento.