http://www.paula.cl/blog/concurso-de-cuentos/2009/11/06/resultados-concurso-de-cuentos-paula-2009/
Finalista del concurso de cuentos Paula.
Por algo se empieza.
martes, noviembre 10, 2009
Capítulo 3
-¿Gabriel? Despierta, muchacho.
Gabriel abrió los ojos lentamente. La cabeza le pesaba y le daba vueltas. Ya no estaba en el bosque, sino en un lugar protegido, caluroso. La chimenea calentaba una habitación de madera. Unos ojos cafés profundos lo miraban con preocupación.
Gabriel se levantó súbitamente. Los recuerdos comenzaron a agolparse en su mente. Todo era confuso, excepto una cosa: su madre había muerto. Lo podía sentir aun, palpitándole en el pecho. Trató de incorporarse, pero dos manos fuertes y a la vez suaves lo detuvieron. Gabriel alzó la vista y vio a un hombre ya mayor, que lo miraba fijamente. Más allá, cerca de la chimenea, Matilde trataba de calentar su cuerpo y lo miraba inquieta.
-¿Dónde estoy? ¿Quién es usted? –luego miró a Matilde y su voz se quebró –Me mentiste, Matilde. Pensé que al seguirte podría salvarla... mi madre...
Gabriel no pudo seguir hablando y dos lágrimas recorrieron sus mejillas. Matilde lo miró con tristeza.
-Lo siento tanto, Gabriel. –la voz de la chica, aún cantarina, detonaba profundo pesar –Tenía que sacarte de ahí. Tenía que hacerlo. Haría lo que fuera por ti. Espero que alguna vez puedas perdonarme.
El chico miró sorprendido a Matilde y se avergonzó en el acto de haberla acusado. En su voz había tanta honestidad y humildad que no pudo evitar sentir haberla herido aunque fuera en lo más mínimo. Ella se acercó lentamente al chico y puso ambas manos en sus hombros. Al instante Gabriel se sintió envuelto en una sensación cálida.
-Lo siento mucho, Gabriel –dijo el hombre de los ojos cafés -Tu madre ha muerto. Y si es culpa de alguien, no es tuya sino mía.
Gabriel se quedó mirando al hombre, que lo miraba con ojos llenos de culpa y tristeza. Su madre había muerto. Su madre ya no estaba. Nunca más volvería a verla.
Trató de que sus ojos se secaran, de no llorar frente a Matilde, que dejó a Gabriel y volvió a la chimenea, y al hombre que tenía por delante, pero otra lágrima solitaria le recorrió las mejillas. Trató de distraerse mirando la habitación en donde se encontraba: era una pieza pequeña, hecha de madera antigua, con varias repisas llenas de libros, una chimenea, una mesa y varias sillas. Matilde lo miraba seria desde la chimenea; pudo percibir su tristeza por él, su preocupación y algo más que no pudo definir en aquel momento. Como si Matilde adivinara que Gabriel la estaba examinando, desvió la mirada y las sensaciones se terminaron. Volvió entonces la vista hacia el hombre. El sentimiento de angustia disminuyó, y en vez de eso, una sensación de confianza y protección lo embargó con la mirada del anciano. Entonces recordó lo que le había dicho.
-¿Por qué has dicho que es tu culpa lo de mi madre? ¿Quién eres?
El hombre lo miró con ternura.
-Porque lo es. Oh, mi querido Gabriel. He esperado largo tiempo para ver tus ojos nuevamente.
El hombre lo miró con una abierta sonrisa, y le apretó el brazo, que se calentó enseguida.
-¿Quién eres? Siento que te conozco, de antes… -miró a Matilde, que asentía sonriente.
-Así es, y lo mismo te pasa con Matilde, ¿no es así?
-Sí. ¿Qué está pasando? Por favor, siento que en estos últimos días todo está al revés. Mi madre ha muerto… -tuvo que contener el nudo que se formó en su garganta al decir esto –y luego ustedes, y este lugar, que de pronto me parece familiar… siento que estoy perdiendo el juicio.
El hombre y Matilde se miraron con preocupación. Matilde le hizo una seña al hombre, y salió por una pequeña puerta que había al lado de un estante con libros. Gabriel se incorporó de la cama y se sentó; presentía que por fin iba a recibir respuestas. Vio cómo el hombre se sentaba en un silloncito cerca de él y con tranquilidad, prendía una pipa.
-Bueno, Gabriel, primero que todo, debo decirte que lamento mucho la muerte de tu madre.
Gabriel sintió cómo sus ojos se llenaban de lágrimas.
-Creo que podría haberlo impedido… si me hubiera dado cuenta antes, si esta noche…
Gabriel rompió a llorar y por algunos momentos el hombre se quedó en silencio, observándolo. Luego de unos momentos, Gabriel comenzó a tranquilizarse. Lo miró avergonzado.
-No habrías podido impedirlo, querido Gabriel. Al menos no todavía. Y no te avergüences por llorar. Lamentablemente, eso te ocurrirá muchas veces más en el futuro. Es importante que cuando estés triste, saques ese sentimiento afuera, porque es la única manera de que desaparezca de tu interior. Lo mismo pasa con los demás sentimientos, como por ejemplo, la ira. Tienes que botarla –con esto no me refiero, por supuesto, a la violencia –porque si no lo haces se quedará atrapada en ti, y afectará a tu alma. ¿Sabes por qué te digo todo esto?
Gabriel negó con la cabeza, incapaz de articular una palabra.
-Porque eres diferente. Y creo que ya lo sabes. Sientes con intensidad, quizás demasiada, lo que te pasa a ti y, más importante, lo que siente y piensa el resto. Eso tiene sus ventajas y sus desventajas, como todo en esta vida. El problema es que durante el curso de los últimos días, esta característica, por así llamarla, ha pasado a términos mayores. Tengo entendido que tuviste un encuentro bastante desagradable con un joven llamado Kronus, ¿no es así?
Gabriel miró con sorpresa al hombre. ¿De dónde salía esta gente que parecía saberlo todo sobre él?
-Sí, pero todavía no entiendo...
-Por supuesto que no entiendes, querido. Nadie te ha explicado nada y los eventos de las últimas horas han sido demasiado perturbadores. Sin embargo, te encuentras en un lugar seguro, y tus preguntas serán respondidas. Pero antes, creo que debo presentarme. Mi nombre es Arkarian y soy, y siempre he sido, tu instructor, maestro y amigo.
Gabriel lo miró sin saber qué responder. Su parte racional le decía que ese viejo que tenía delante era un completo extraño, diciéndole cosas absurdas, sin sentido. Pero otro lado, un lado que había sentido siempre latir pero que le provocaba angustia y lo ocultaba, le decía que lo que escuchaba era verdad. De pronto, su cabeza comenzó a dar vueltas, y no pudo evitar llevarse las manos a la frente. En ese momento, apareció Matilde, con una taza de chocolate, y un plato con avena. Se las puso enfrente, con una sonrisa dulce. Gabriel se secó los ojos.
-Será mejor que comas y tengas una buena noche de sueño, Gabriel –le dijo Arkarian –no te preocupes por las preguntas que todavía no han sido respondidas. Hay tiempo. Mientras te encuentres aquí, estás a salvo. Al lado hay una habitación dispuesta para ti: hice traer tu ropa y tus cosas y, por supuesto, el medallón.
Arkarian le entregó la cajita de mármol que contenía el medallón que su madre le había entregado. Gabriel la tomó, y sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas. Matilde se acercó, tímida, y le puso la mano en el brazo. Instantáneamente se calmó.
-Será mejor que de aquí en adelante lo lleves puesto.
Gabriel volvió a sentir que la voz de esa chica era como una melodía familiar. Asintió y se puso el medallón. Al instante, una sensación cálida se apoderó de él. Viendo Arkarian que Gabriel comenzaba a bostezar, lo guió a su nueva habitación. Era de madera, con una chimenea que en esos momentos estaba prendida, una cama, un velador y un estante con libros. Gabriel se sintió instantáneamente en casa, y pensó en lo mucho que le gustaría quedarse allí para siempre, protegido entre esas cuatro paredes. De ese pensamiento, recordó que su padre debía, en ese momento, estar con el cuerpo inerte de su madre. Por primera vez en su vida, Gabriel sintió compasión por Alfonso.
-¿Y mi padre? ¿No debería volver, estar con él?
-De ninguna manera. –respondió Matilde, llena de rabia –Aun no puedo creer que…-pero antes de terminar la frase, la chica miró a Arkarian, que la miraba significativamente y se calló.
-Hay que avisarle al resto, Matilde. Creo que nadie sabía con certeza lo que estaba sucediendo hasta hoy. ¿Puedes encargarte de ello?
Matilde asintió con fuerza, miró una vez más a Gabriel, y salió por la puerta. Gabriel miró a Arkarian atónito.
-¿A dónde fue Matilde?
-Matilde fue a… resolver algunos problemas. Respecto a tu padre, no te preocupes por él. Y creo que ya no puedo retrasar más esta información, tienes el derecho a saberlo. El hombre al que has llamado por los últimos 14 años como padre, no lo es. Alfonso no es tu padre.
Gabriel miró a Arkarian paralizado. Pero ahora todo comenzaba a cobrar sentido. No dijo nada y el hombre esperó a que Gabriel ordenara sus pensamientos para proseguir.
-Alfonso es el hombre que pusimos a tu cargo...una especie de guardián, pensando equivocadamente que podríamos confiar en él. Tu verdadero padre se encuentra en otro mundo, esperando por ti. Pero sobre eso, te contaré más mañana. Por ahora, descansa y ten la seguridad de que no estás solo. Hay mucha gente a tu alrededor protegiéndote, y tu padre, sobre todo, te extraña hace muchísimo tiempo y espera tu llegada.
Al terminar de decir esto, Arkarian se retiró, dejando solo a Gabriel con su mente alborotada. Una gama infinita de sentimientos y pensamientos le rodeaban la cabeza y el cuerpo. Se sentía cansado. Se metió en la cama, con una sensación repentina de un frío que no venía de ninguna parte, sino de dentro. Un frío que congelaba su mente y todo su cuerpo. Cerró los ojos, pero no podía dormir. El recuerdo de su madre era cada vez más doloroso, pero otros pensamientos ocupaban su mente al mismo tiempo. ¿Qué había dicho Arkarian sobre su padre? La verdad es que nunca se sintió relacionado con Alfonso. Desde que tenía uso de razón, había sentido lejanía por su parte, una lejanía fría, que pronto se transformó en una ira contenida. La verdad es que siempre había sentido miedo hacia él. Un miedo que iba más allá de los crueles castigos, de los retos, de la indiferencia, de la rabia. Un miedo más antiguo, que de pronto se materializó en esa pieza donde estaba, acogedora, sí, pero sin poder para protegerlo de él mismo. Sentía que su cabeza iba a explotar. Luego, perdió el conocimiento.
jueves, noviembre 05, 2009
Capítulo 2
Gabriel se despertó tarde y muy cansado. Le dolía la cabeza, como cuando tenía pesadillas. Solo que esta vez, había sido todo lo contrario. ¿Había sido real? ¿Había venido realmente una niña a llevarlo a un claro del bosque? Había sido demasiado vívido para ser un sueño, aunque en realidad la mayoría de sus sueños se sentían escalofriantemente reales. Se metió a la ducha rápidamente para no encontrarse con su padre, pero cuando iba saliendo escuchó su voz.
-¿Se puede saber a dónde andabas anoche?
-Yo… yo… -Gabriel balbuceó confuso la respuesta, buscando algo medianamente inteligente que decir.
-¿Crees que soy un viejo estúpido, no? ¿Que no me iba a dar cuenta? ¡Eres tú el estúpido, si piensas que voy a seguir soportando tus rarezas, entendiste? Con tu madre enferma podrías al menos no meterte en líos y hacerme la vida más fácil.
-Sí, señor.
Alfonso lo miró con desprecio.
-Estás atrasado. Más te vale que no llegues tarde nuevamente porque si me entero de eso, te voy a sacar de esa escuela y vendrás a trabajar el campo conmigo. ¿Entendiste? Harto mejor harías ahí que en esa escuela donde al parecer no te enseñan nada.
Gabriel corrió a su bicicleta y pedaleó con fuerza. Mientras se alejaba de su casa por el camino de tierra, sintió que su mente iba a explotar de frustración y de ira. Pedaleó con más fuerza, tratando de expulsar estos sentimientos a través del ejercicio. Sin embargo, no llegó mucho más lejos, porque su bicicleta, que iba a gran velocidad, no pudo sortear un pedazo de tronco que había caído en el camino, y Gabriel salió disparado hacia delante. Se estrelló contra el suelo y rodó unos metros más allá. Cuando trató de levantarse, se dio cuenta de que tenía el brazo torcido, una gran herida en la rodilla, la frente y en los codos. Se sentó al lado del camino, y tomando dos largas bocanadas de aire, puso sus manos primero sobre el brazo roto, luego sobre su frente, sus codos y finalmente su rodilla. Cuando terminó, estaba completamente curado. Miró su bicicleta, que se había partido en dos, y colocando las dos partes juntas, hizo lo mismo y la bicicleta quedó como antes. Finalmente se puso a pedalear con más fuerza que antes hasta la escuela del pueblo, pero llegó tarde por cinco minutos.
Gabriel se deslizó por el largo pasillo rápido y sigiloso, casi invisible. Cuando estaba a punto de llegar a su sala, una voz lo sorprendió por la espalda.
-Otra vez tarde, ¿no Luminis?
El inspector Aurus Umbrales era un personaje alto y flaco, pero con una imponente postura y unos ojos que destilaban odio por Gabriel. Éste siempre había tratado de “entrar” en la mente del inspector, para saber por qué le tenía ese odio tan intrínseco, de dónde venía y por qué siempre tenía una sensación de alerta cuando se encontraba bajo su presencia. Pero, extrañamente, cada vez que lo intentaba, se encontraba con una pared en blanco. Para esta época, Gabriel había aprendido a la perfección cómo controlar esta extraña característica con la que, al parecer, había nacido, cerrando su mente cuando no quería sentir ni ver nada sobre las demás personas –cosa que, de lo contrario, no habría podido soportar dentro de la escuela, con cientos de estudiantes dentro de ésta –y abrirla de la misma manera cuando sentía curiosidad o necesitaba “ver” o sentir algo sobre determinadas personas. Esto lo había ayudado en innumerables ocasiones, como cuando corría peligro caminando de noche hacia su casa después de detención en la escuela, o en clases, cuando no había podido estudiar para alguna prueba a causa de los castigos de su padre. Pero con el inspector, aquello era imposible. Gabriel se preguntó por qué.
-Lo siento, señor Umbrales. La puerta se cerró… no alcancé…
-Siempre es lo mismo con usted, Luminis. Siempre con alguna excusa. Esta vez no se librará de una papeleta a su padre. Y si no me equivoco, no estará muy contento, ¿no es así?
Umbrales esbozó una sonrisa irónica. Gabriel contuvo los deseos de replicar, y entró a la sala. Los alumnos estaban en silencio escribiendo. Algunos levantaron sus cabezas para mirar a Gabriel, pero la mayoría siguió con su trabajo. La señorita Rainy le regaló una bondadosa sonrisa, y Gabriel cayó en su asiento dando un suspiro.
-Otra vez tarde, ¿no? –le susurró la voz de Kronus, su eterno enemigo dentro del curso, desde atrás de su asiento –espero que esta vez tu padre te pegue lo suficiente como para que no vuelvas más a la escuela, Luminis.
Kronus era, para Gabriel, un ser completamente detestable. Aunque desde fuera no lo representaba. Kronus era alto y fornido, rubio y con una sonrisa que parecía derretir a quien se le pasara por delante. Gabriel siempre había sentido un odio innato hacia él, y al parecer lo mismo le sucedía a Kronus, pero –y esto solo lo pensó Gabriel en ese minuto –al igual que con el inspector Umbrales, nunca había podido ver ni sentir absolutamente nada en el chico, solo los actos visibles de su odio hacia él.
Gabriel se dio vuelta violentamente, dispuesto a plantarle un puño directamente en la cara a ese imbesil de Kronus, cuando la puerta de la sala se abrió de golpe, y todos los alumnos se volvieron a la entrada.
Ahí estaba Matilde, vestida con el uniforme de la escuela y con una amplia sonrisa en la cara. Los niños la miraron deslumbrados pararse en frente de la clase y escucharon sin escuchar la presentación de la profesora sobre la nueva estudiante. Gabriel escuchó atónito a la profesora señalarle a Matilde un asiento desocupado justo a su lado, y en medio de lo que creyó ser una ensoñación vio a la niña tomar asiento y guiñarle un ojo.
-¿Matilde? ¿Qué haces aquí? ¿No fue un sueño? ¿Quién eres?
Matilde enroló sus ojos con fastidio.
-¿De nuevo con las mil preguntas? Ya te dije, me llamo Matilde Truhnel, y no, por milésima vez, no fue un sueño. Tú entre todos los demás deberías aprender a distinguir la realidad de la fantasía, Gabriel.
La profesora Rainy se aclaró la garganta mirando hacia ellos, y Matilde se volvió de frente a la señora, por lo que Gabriel no pudo responder. El chico trató de seguir la clase, pero mil preguntas se atropellan unas a otras dentro de su mente. Era como si uno de esos sueños tan vívidos que había tenido desde niño de pronto entrara a la realidad como si fuera lo más natural del mundo. Esta sensación se incrementó al punto de que su corazón le pareció que iba a reventar cuando, en un minuto en el que la profesora Rainy conversaba con un alumno distraídamente, Matilde se acercó a Gabriel y en un susurro le dijo:
-Cuando nos vimos anoche, pensé que me recordarías.
Gabriel, quedó perplejo. No, si la hubiera visto antes de seguro se acordaría de ella. A menos que… Pero no, era imposible que esto estuviera relacionado con aquel incidente hace un par de meses…
El timbre sonó en la mitad de este pensamiento, y antes de que alcanzara a agarrar a Matilde, alguien más lo había hecho. La peor persona posible. Kronus. Odiaba a ese chico. Desde niños, él y Kronus habían sido enemigos jurados, como dos chispas de electricidad que al chocar explotan. Kronus era malo, Gabriel podía percibirlo aunque no tenía forma física de probarlo. Pero veía la crueldad con que trataba al resto del mundo –sobre todo a él -, la manipulación que utilizaba con los profesores y sus compañeros, que al parecer nadie más veía. Y, lo peor, era que aparentemente esta característica había aumentado últimamente, al punto de que podía, más o menos, hacer que los demás hicieran lo que él quisiera.
Kronus se acercó a Matilde y, con esa sonrisa falsa pero según las chicas, encantadora, le dijo unas palabras en el oído y luego, en voz alta, pidió que almorzaran juntos. Gabriel vio lo inevitable; la sonrisa atontada de cada chica a la que Kronus hacía esto, y luego la aceptación. Pero de pronto, la sonrisa de Matilde se quebró sorpresivamente, y con un gesto firme, le dijo a Kronus que se alejara de ella. Kronus la miró atónito, y luego, mirando de reojo a Gabriel, salió de la sala.
Gabriel miró atónito a Matilde, que se acercó hacia él.
-No puedo creer que no te fueras con él. La mayoría de la gente…
-Sí, me lo imagino. Pero a mí no me va a engañar, Gabriel. Al menos mientras te tenga a mi lado.
-¿Qué quieres decir con eso? ¿Por qué actúas como si ya nos conociéramos? ¿Quién eres realmente, Matilde? ¿Me estás jugando una mala broma?
-Gabriel, tienes demasiadas preguntas, y entiendo que así sea. Pero ahora no tengo tiempo de responderlas… tengo que irme a un lugar. Lo que sucedió anoche es demasiado irregular... –ahora parecía estar hablando sola –y el hecho de que no tengas idea de nada...
-No entiendo nada. Por favor, explícame. ¿Cómo es que conoces a mi padre, cómo me conoces a mí, de qué es lo que no tengo idea?
Matilde lo observó de forma compasiva. Pero miró el reloj y negó con la cabeza.
-Lo siento, Gabriel, pero no creo ser la persona adecuada.Y lamento no poder decirte a dónde voy, y responder a todas tus pregunta. Te juro que lo haría, pero te prometo que la mayoría de ellas serán respondidas muy pronto. Antes, debo saber una cosa. ¿Hay algo… me refiero a algo sobrenatural que puedes hacer y que nadie más puede? Al menos ya sé que tienes un sentido agudo cuando se trata de los otros. Sentiste el peligro anoche en el claro, ¿no es cierto? ¿Hay algo más?
La pregunta dejó atónito a Gabriel. ¿Cómo podía saber ella que desde niño podía curarse y curar objetos? ¿Y sentir, y ver las vidas de las demás personas? ¿Lo habría espiado esta mañana, cuando se cayó en la bicicleta? ¿Quién era esta niña tan misteriosa? Trató de entrar a su mente, pero ella, esbozando una sonrisa, le dijo:
-Conmigo no vas a poder. Pero no es necesario; siempre seré honesta contigo.
-¿Cómo sabes…?
-Otra pregunta que, lamento, no puedo responder ahora. Pero sí te diré un par de cosas: no le muestres a nadie tu poder de sanación, y menos tu sobre-sensibilidad, no te acerques a Kronus, mantente lejos de tu padre y te digo esto último con todo mi corazón: puedes confiar en mí.
Al terminar de decir esto, Matilde corrió fuera de la clase y desapareció. Pero las últimas palabras de ella habían llenado de calor el pecho de Gabriel. No entendía nada, pero algo sí tenía claro; podía confiar en Matilde. No sabía cómo, si en realidad desconfiaba de la mayoría de la gente, pero algo le decía que le había dicho la verdad. Podía confiar en ella. Tenía un aliado.
Gabriel pedaleó lentamente por el camino de tierra que llevaba a su casa, aislada del resto del pueblo. Esta vez, no lo apremiaba la familiar pero igualmente desagradable angustia que siempre se apoderaba de él cuando volvía a casa. Esta vez, una paz salida de quién sabe dónde lo acompañaba, y lo dejaba disfrutar del paisaje, del sol que bañaba los cerros, del pasto verde que tapizaba la tierra, de los árboles, más antiguos que todos los hombres que pisaban hoy el mundo. Y en medio de estos pensamientos, no vio la silueta de Kronus esperándolo en la mitad del camino.
-Hola, Luminis. Te estaba esperando.
-¿Qué quieres? Déjame en paz, sino te juro que te voy a romper la nariz.
-Ja. Puedes intentarlo. Pero antes, mírame a los ojos. Quiero probar algo.
Gabriel, extrañado, miró a Kronus, y de pronto el suelo donde estaba, los árboles y el campo que lo rodeaba, comenzaron a desaparecer. Sintió miedo. La oscuridad lo envolvió por algunos segundos, y se vio a sí mismo, pero en otro lugar, otra época. Se vio con sandalias, con ropajes pobres y rodeado de hombres con antorchas, que gritaban palabras inconfundibles. Poco a poco, aunque era evidente que se trataba de un idioma que Gabriel desconocía por completo, comenzó a entender las palabras. “¡Brujo! ¡Demonio! ¡A la hoguera...!” El chico sintió pánico, mientras dos hombres se acercaban a él, lo amarraban y se lo llevaban a un calabozo. Uno de ellos le susurró al oído: “Esto te pasa por ser tan diferente, por tus supuestos poderes… eres diabólico, Gabriel, eres un error de este mundo, no deberías haber nacido…”. Luego lo torturaron hasta que Gabriel cayó rendido en el suelo. Uno de los hombres se agachó a su lado:
-Tienes dos opciones. Podemos seguir torturándote hasta que mueras, o puedes decidir quitarte tu propia vida. Aceptar que eres un ser maligno, que no perteneces a este mundo… morir con un poco de honor.
Gabriel lo miró con los ojos borrosos. Lo pensó durante un minuto: quizás era mejor terminar ya con todo esto, quizás era cierto y él era un ser maligno, era un error… pero de pronto una fuerza salió de su interior y bloqueó todos estos pensamientos, dándole valor.
-Puedes torturarme todo lo que quieran. No me voy a quitar la vida.
Lo último que escuchó Gabriel antes de perder la conciencia fue un grito de rabia incontenible, nacida de aquellos dos hombres.
De la oscuridad, poco a poco volvió a formarse el campo, el camino, su bicicleta, su propio cuerpo y Kronus, frente a él, con una sonrisa de satisfacción en su cara. Gabriel lo miró asustado.
-¿Qué me has hecho? ¡Explícamelo ahora, Kronus! ¿Qué fue eso que me hiciste vivir? ¿Alguna fantasía tuya, quizás?
-Para nada, “amigo”. Todo lo que has visto y experimentado te pasó en verdad. ¿Quieres otra prueba?
Antes de que Gabriel pudiese protegerse o al menos escapar de la vista de Kronus, la realidad comenzó nuevamente a desaparecer, y se vio a sí mismo, de dos años, sentado en una cuna hecha de madera. Alfonso le apretaba los brazos, mientras Gabriel lloraba de dolor. A su lado, había un juguete roto, que Gabriel instintivamente había reparado. Su padre se enfureció con él, y le dijo algo que, por supuesto, a esa corta edad no había logrado comprender:
-Más te vale que reprimas tus poderes, pequeño engendro del demonio. Más te vale, porque si no, te haré la vida imposible, ¿me entiendes?
En ese momento entró su madre, y miró con sorpresa a Alfonso, y luego a Gabriel. Los moretones en sus brazos se curaron instintivamente. Al ver ambos este hecho, la madre de Gabriel trató de acercarse a su hijo, pero Alfonso se lo impidió. Tomándola por la cabeza, apretó su pulgar en su frente, y segundos después su madre cayó al suelo, inconsciente. Luego su padre se acercó a él, y Gabriel volvió a llorar. Antes de saber qué pasó después, la oscuridad volvió a envolverlo, y se encontró nuevamente en el camino, frente a Kronus. Se desplomó en el suelo. Kronus, lanzó una carcajada.
-No sabía que podía hacerte esto hasta ahora, Luminis. Puedes agradecérselo a tu amiguita. Eres tan débil, Luminis. Haces que esto sea demasiado fácil...
La tierra iba a comenzar a desaparecer nuevamente, pero se escuchó un grito que desconcertó a Kronus. Gabriel no pudo ver quién era, porque Kronus de pronto se apretó el estómago con dolor, y antes de darle una última mirada de odio a Gabriel, le propinó un golpe en las costillas y luego comenzó a alejarse.
-Espero que esto sea suficiente, Gabby –le dijo antes de alejarse en -Ahora ya sabes contra quién te estás metiendo.
Gabriel se quedó tendido en el suelo. Sanó sus costillas, pero la sensación de terror, soledad y desolación todavía latían en su cuerpo de forma casi insoportable. No era capaz de moverse. Sintió, de pronto, que nada era real, que este suelo que estaba pisando en ese momento podía desvanecerse en cualquier minuto. Confundido, no sintió unos pasos que se acercaban a él.
-Levántate, Gabriel.
Gabriel miró hacia arriba y vio a Matilde, con sus ojos verdes llenos de compasión. Ella lo ayudó a levantarse, y el chico se tambaleó, todavía confundido. Fue entonces cuando Matilde puso sus manos sobre la cabeza de Gabriel, creando una pequeña luz azul sobre esta. El chico se sintió inmediatamente mejor, con los pies bien puestos en la tierra; sintió calor, protección y algo más que no lograba distinguir bien.
-Kronus no debería haber hecho esto, Gabriel… lo siento mucho.
Miró a Matilde, con ojos llenos de lágrimas.
-¿Qué está pasando, Matilde?
Ella lo miró con ternura.
-Tienes que entender que no eres el único con poderes… pero todo lo que está sucediendo en este minuto, no debería estar pasando tan pronto. Lamento no poder decir más, pero no soy yo la que debe informarte de todo esto. Pero ten en cuenta esto: tienes aliados y enemigos en este mundo, y tú eres el centro de la batalla. No puedo explicarte por qué… pero ten calma, ya que las respuestas llegarán más pronto de lo que crees. Entre tanto, guíate por tus instintos, y –Matilde hizo una pausa –ten cuidado.
Le apretó la mano, y luego salió corriendo, dejando a Gabriel con una sensación extraña de alivio, pero al mismo tiempo de un miedo latente y confuso.
Pedaleó rápidamente y casi no se dio cuenta cuando llegó a su casa. Dejó la bicicleta al costado, amarrada con una cuerda y un pequeño candado. Miró el cielo: las primeras nubes del inverno hacían su aparición. Sintió una corriente helada de viento, y se apresuró a cerrar el cerco de los caballos, tapar a los pájaros y gallinas, darles de comer y tapar a las plantas del invernadero, y agarró un montón de leña. Se sacó las botas y entró a la casa. Estaba silenciosa y fría. Se apuró en encender la chimenea y subió al segundo piso, en busca de alguna señal de su padre. En vez de eso, el único ruido que se escuchaba era la respiración agitada de su madre. Gabriel abrió despacio la puerta, y ella lo miró sorprendidam con una sonrisa de alivio y profundo cariño.
-Gabriel, querido, acércate a la cama. He esperado mucho para tenerte aquí, a mi lado.
-Papá me ha dicho que me mantenga alejado, porque mi presencia te hace mal, mamá. ¿Es cierto?
-Por supuesto que no, hijo, tu presencia me hace mucho bien. Más del que puedas imaginar. Pero debes hacerle caso a tu padre, trata de no hacerlo enojar, por tu propio bien…
Su madre comenzó un ataque de tos, mientras se tapaba la boca con un pañuelo. Instintivamente, Gabriel puso ambas manos sobre el pecho de su madre, y el ataque de tos se terminó. Ella respiró aliviada y le sonrió. Gabriel vio que el pañuelo estaba bañado de sangre. Intentó poner nuevamente sus manos sobre el pecho de su madre, pero ésta las agarró y las puso sobre las suyas, acariciándolas.
-Mamá, creo que puedo sanarte. Creo que…
-Lo sé, cariño. Sé que puedes hacerlo y que quieres con todo tu corazón poder sanarme. No tengo duda alguna de que lo lograrías. Pero eso no solucionaría nada. La vida, hijo, como te tocará aprender muy pronto, tiene sus formas de cumplir lo que es destinado a hacerse, y el hecho de que me sanaras no cambiaría las cosas. Algún día lo entenderás.
-Pero mamá…
En ese momento se escuchó el crujido de la puerta. Su madre tomó las manos de Gabriel con aprensión.
-Huye, Gabriel. Hoy mismo. Tienes que salir de aquí. Creo que Alfonso se ha enterado… creo que ya sabe…
La mujer volvió a tener un ataque de tos, pero cuando Gabriel volvió a poner sus manos sobre ella, sintió la ira de su padre y su presencia en el marco de la puerta.
-Te he dicho que no molestes a tu madre, Gabriel. ¿Cuántas veces tengo que repetirte las cosas?
-No lo culpes, yo he sido la que lo ha llamado. Es solo un niño, Alfonso.
Alfonso miró a Amelia de forma extraña, pero suavizó la voz.
-¿Encerraste a los caballos?
-Sí, señor.
-¿Y diste de comer a los pájaros, tapaste las plantas del invernadero?
-Sí, señor.
Alfonso miró durante unos momentos a Gabriel, y luego a Amelia, que lo miraba suplicante.
-Pues bien, entonces creo que puedes hacer las tareas mientras preparo algo de comer.
Gabriel asintió y observó por última vez a su madre. Élla miró en sus ojos azules, iguales a los suyos, y le sonrió. Al salir Gabriel escuchó susurros suplicantes de su madre y algo incomprensible por parte de Alfonso, pero claramente estaban discutiendo. Gabriel se alejó de ellos con el corazón contraído por la tristeza y un funesto presentimiento.
La cena con su padre, al menos, estaba silenciosa. Alfonso se veía nervioso y tenso. En general Alfonso criticaba o retaba a Gabriel sobre algo en particular que había hecho, o simplemente se quejaba de lo anormal que era. Pero esta vez, ambos comieron en silencio, y mientras Gabriel lavaba los platos, escuchó la voz temblorosa de su padre desde las escaleras:
-Voy a darle de comer a tu madre, y luego iré a hablar contigo a tu pieza. Así que asegurate que esta vez estarás ahí. Si no haces lo que te digo te juro que te arrepentirás, Gabriel.
-Buenas noches a ti también, papá… -susurró Gabriel mientras terminaba de secar el último plato. De pronto sintió pánico. No sabía bien por qué; si por la soledad que sentía, si por el deseo de tener un padre que realmente lo quisiera, si por la inevitable muerte de su madre…
Este último pensamiento lo dejó helado. Su madre se había despedido de él. Sabía que pronto moriría, sino esta misma noche. Y no había nada que él pudiera hacer, se lo había dejado claro. “Huye, Gabriel”, le había dicho. ¿Huír de qué? ¿De su padre acaso? Pero el pensamiento de su padre, encerrado con ella en el cuarto, le dio escalofríos. Se paró con decisión. Los pensamientos se atropellaban los unos a los otros en su cabeza y el corazón el palpitaba con fuerza. No sabía bien por qué, pero tenía la certeza de que debía proteger a su madre. Pero antes de que subiera las escaleras, unos golpes en la puerta trasera lo obligaron a volverse. Se detuvo un instante. ¿Debería abrir? Finalmente, sin pensarlo mucho, lo hizo, y vio el pelo castaño brillante y los ojos verde intensos de Matilde que lo miraban fijo.
-Mira, es cierto que tengo muchas preguntas, pero ahora no tengo tiempo. Tengo que hacer algo… no lo entenderías. Y te agradecería que no te aparecieras así por mi casa, Matilde.-le dijo Gabriel, con un poco de sentimiento de culpa, pero apremiado por subir las escaleras y entrar al cuarto de su madre.
-Lo sé, Gabriel. Y por favor, no subas esas escaleras. No puedes hacer nada, tu madre te lo dijo. Por favor, confía en ella.
Gabriel se volvió y miró fijamente en los ojos de Matilde. ¿Cómo sabía…? Pero eso no importaba: nada lo detendría de hacer lo correcto. Por fin parecía que iba entendiendo un poco esta confusa serie de acontecimientos… lo único que sabía con certeza, era que su madre se había despedido de él. Y esta vez, para siempre.
-No entiendes. Mi padre… no me vas a creer, pero tengo la sensación de que esta noche mi madre va a morir.
Matilde lo miró con ternura.
-Lo sé, Gabriel. Pero el camino no es por esas escaleras. Es por aquí. Por favor, confía en mí y sígueme.
Gabriel la miró durante unos instantes. ¿Es que de pronto se había vuelto loco? ¿Había entrado en una especie de dimensión desconocida? ¿Por qué debería seguir a una completa extraña? Aunque algo le decía que…
-Matilde, yo… -Gabriel sentía ganas de llorar. Una gama de sentimientos intensos se agolpaban unos a otros en su interior. Le parecía que en cualquier momento iba a explotar.
-Mira, no hay mucho tiempo. Por favor, sígueme. Te prometo que encontrarás respuestas y, con un poco de suerte, paz. Ven, sígueme, todavía hay luna llena.
-Pero mi madre... –replicó Gabriel débilmente, encandilado con la chica y luchando contra las ganas de seguirla.
-Tu madre habría querido que me siguieras.
Gabriel miró a la chica y supo que decía la verdad, con la misma certeza que había sentido la primera vez que había visto a la chica y supo que siempre le creería. Miró por última vez las escaleras y pensó que quizás si seguía a Matilde, podrían juntos ir por ayuda. Salió de la casa, pensando en la absurda decisión que acababa de tomar. Pero ya estaba corriendo tras Matilde, y al menos durante el ejercicio, su mente pudo poco a poco comenzar a tranquilizarse. Sin darse cuenta, llegaron al mismo claro que la noche anterior Matilde había llevado a Gabriel. Pero esta vez, Matilde no se detuvo. Algo brillaba entre algunos de los árboles, lejano, algo que la noche anterior había llamado su atención, pero que no tuvo tiempo de examinar. Matilde siguió corriendo hacia esa luz y después de unos minutos, como si la tierra se la hubiera tragado, desapareció. Gabriel se quedó unos momentos mirando el lugar por donde Matilde había desaparecido, incapaz de tomar una decisión. ¿La seguía, al parecer, a la mitad de la nada, o se daba media vuelta? Un escalofrío recorrió su cuerpo. Sintió, de pronto, una tristeza profunda, incontrolable, al mismo tiempo que una ira extraña y, aunque pareciera extrañísimo, un sentimiento de satisfacción, todo al mismo tiempo. Sin ser capaz de controlar todas esas sensaciones que se agolpaban dentro de su cuerpo, recibió una más fuerte que las demás: absoluta y rotunda pérdida. Gabriel cayó sobre sus rodillas, y sin poder aguantar más, comenzó a llorar descontroladamente, sintiéndose más solo y más desprotegido que nunca. La desolación lo golpeó y supo que su madre había muerto. En medio de la confusión vió como Matilde reaparecía de la nada y se acercaba a él. Unos segundos después, perdió el conocimiento.
domingo, noviembre 01, 2009
Capítulo 1
El corazón le latía fuerte mientras observaba en la oscuridad. Los ojos azules de Gabriel trataron de distinguir entre la penumbra de su pieza los despojos de una de las tantas pesadillas que lo habían acosado durante los últimos meses. Como siempre, el sueño había partido dentro de unos laberintos subterráneos que, de un tiempo a esta parte, aparecían en todos sus sueños. Él trataba de correr por ellos intentando encontrar una entrada en particular, pero de pronto sombras, con ojos rojos como la sangre, lo estrangulaban dentro de unas cuevas en lo profundo de la tierra. Gabriel había sido desde niño claustrofóbico, pero este tipo de pesadillas, tan reales, sólo las había empezado a tener desde aquél incidente hace un par de meses atrás.
Mientras sentía cómo el corazón volvía a su pulso normal, salió de su cama y prendió la lámpara de su escritorio. Bajo la luz de la pieza, sus ojos azules profundos parecieron brillar más mientras se ajustaban a la luz. Gabriel era más alto que el resto de los chicos de su edad, con pelo negro brillante y cuerpo delgado, esto último probablemente por la mala alimentación que obtenía en su casa, sobre todo desde que su madre había caído gravemente enferma. Sacó una cajita de mármol blanco y la contempló durante un instante. Esa cajita era lo único que su madre le había dado en su vida. Lo hizo para el día de su séptimo cumpleaños, y a escondidas de su padre. “Este es un secreto entre tú y yo, y el legado más importante de tu familia. Te protegerá, Gabriel”. Había sido el único momento de verdadera intimidad con su madre antes de que ésta cayera realmente enferma. De la caja sacó una medalla. Colgando de una cadena de oro grueso, había un colgajo con un escudo que Gabriel nunca había visto en su vida, y que siempre le había impresionado. Era la forma de un pegazo, dentro de un círculo que detallaba una corona. Gabriel, desde el momento en que recibió esa insignia en sus manos, sintió como si aquel medallón tuviera de algún modo poderes sobrenaturales, que le inspiraban un tipo de protección cuando era pequeño y escuchaba a su padre castigar a alguno de los empleados o a él mismo, cada vez que cometía algún error o decía algo equivocado. Ahora a estas alturas, a sus casi quince años, le parecía más bien un recuerdo difuso de algún momento en su infancia, alejado ya del tiempo por el cansancio y el dolor de ver que su madre no mejoraba, y que el temperamento de su padre a la vez, empeoraba. Pensó en su madre. Desde que tenía memoria, había sido una mujer débil, frágil, y al pasar los años esa fragilidad había aumentado considerablemente. Nunca había sido muy cercano a ella porque su padre siempre estaba cuidándola, asegurándose de que no se alterara, y pasaba el tiempo alejada de Gabriel. Pero él tenía un secreto. Como lo hacía regularmente, el chico se sentó en la cama, tomó aire y abrió su mente. Inmediatamente, casi como si su madre lo hubiera estado esperando, vio una escena en la que ella arrullaba con dulzura a un niño, que evidentemente era él. A Gabriel le gustaba cuando su madre lo llevaba a su infancia, porque no recordaba mucho de ella. Y aunque ya casi no hablara con su madre, desde que tenía memoria habían tenido esta clase de conexión, mediante imágenes y sensaciones en la mente de Gabriel. Y siempre era la mejor sensación del mundo, aunque a la vez, de profunda tristeza. Con su padre, sin embargo, era casi al revés. Nunca había podido ver nada en su mente, solo sentir la constante ira dirigida hacia él. Siguió viendo absorto los pensamientos que su madre le enviaba pero de pronto desaparecieron. Absorto como estaba, Gabriel no escuchó el sonido de una puerta abrirse y luego los pasos inconfundibles de su progenitor acercándose a su pieza. Lo que sí sintió, por supuesto, fue su ira, pero era una sensación prácticamente constante dentro de la casa, por lo que no podía saber si era contra él, o contra algo diferente, y al paso de los años, Gabriel se había ido acostumbrando a ella. Alfonso, el padre de Gabriel, se acercaba a su habitación con correa en mano, dispuesto a enseñarle al chico de una vez por todas que su presencia en la casa no era gratuita. Que tenía que ganársela, siendo obediente y manteniéndose fuera de su camino. Gabriel, en su cuarto, se levantó de pronto alerta. No habían sido los pasos de su padre los que lo habían alertado, sino un sonido en su ventana, inconfundiblemente real. Se acercó a ella y la abrió despacio, sosteniendo un bate de béisbol al tiempo que miraba hacia abajo tratando de distinguir entre la oscuridad. En el mismo momento en el que que la puerta se abrió y dejó entrar a Alfonso, con los ojos hinchados de sueño y rabia, Gabriel fue expulsado hacia fuera de la ventana por alguien que, con una fuerza sorprendente, había tirado de su camisa. El chico iba a gritar, pero una mano suave se apretó contra su boca, y unos ojos verdes intensos se proyectaron en él, quedando paralizado por la sorpresa. Desde su pieza, se escucharon los gritos de su padre, al encender la luz y no encontrar a Gabriel en ella.
-¡Dónde estás, raquítico miserable! Ya verás cuando te encuentre. A ver si aprendes de una vez por todas que las cosas no están como para andar aguantando tus jueguitos!
Y sonó un portazo en señal que Alfonso había dejado la pieza de Gabriel. Sólo en ese momento, las manos que aprisionaban su boca se soltaron, y a la luz Gabriel vio a una chica que parecía de su edad, pero al mismo tiempo muchísimo mayor que él. Tenía el cabello castaño claro brillante, que le llegaba hasta las caderas, unos ojos resplandecientes y astutos que los miraban con curiosidad y una sonrisa misteriosa en los labios. A la luz, parecía que su piel blanca irradiaba como iluminada desde dentro. Gabriel decidió que jamás había visto a una criatura como la niña que estaba mirando en ese momento.
Sin darle tiempo de decir una palabra, la chica le dijo susurrando “sígueme”, con tal decisión que Gabriel no dudó un momento en hacerlo. La luna llena permitía que pudieran ver a larga distancia, y Gabriel no pudo reprimir la sorpresa de ver lo bello que se veía su campo bajo la luz de la luna. Más allá, detrás de las cercas, se alzaba el prominente bosque, que por alguna razón ningún hombre había querido acercarse a comprar aquél terreno y convertirlo en un terreno agricultor. Corrían rumores acerca de este hecho, pero Gabriel no se detuvo a pensar en eso, puesto que la chica le llevaba ya distancia, y se dispuso a alcanzarla. Después de correr durante algunos minutos, la chica se detuvo bajo un pequeño claro que daba al camino, protegido por algunos árboles que lo escondían de la carretera, pero que aun así permitían el paso de la luz. Gabriel se tiró en el pasto tratando de recuperar el aliento, mientras que la extraña niña lo miraba como conteniendo una carcajada, sin estragos de cansancio.
Una vez que hubo recuperado el aliento, Gabriel se dirigió a la chica.
-¿Quién eres? ¿Por qué me has tirado de mi ventana y traído a este lugar? ¿Y cómo has llegado a mi casa? ¿Y cómo sabes quién soy?
La chica lo miraba divertida. Las preguntan se atragantaban en la boca de Gabriel, hasta que se dio cuenta de que estaba actuando como un niño. Por alguna extraña razón, no quería parecer infantil frente a la chica.
-Bueno –dijo ella luego que Gabriel guardara silencio –partiendo por tu primera pregunta, mi nombre es Matilde Truhnel. –la chica se detuvo unos segundos, como esperando algún tipo de reacción por parte de Gabriel, pero éste había enmudecido al escuchar su voz que le pareció armónica, como si en vez de hablar, la chica estuviera constantemente cantando una vieja melodía familiar. Al ver que Gabriel no reaccionaba, la niña suspiró.
-Y te he tirado desde tu ventana –prosiguió ella mirando fijamente a los ojos del chico –porque si no lo hubiera hecho, tu padre habría entrado a tu pieza y en estos momentos tendrías la espalda llena de heridas, y francamente, no creo que hubiera sido muy decoroso para nuestra primera presentación. Dime, eso que casi acabo de presenciar... ¿es su comportamiento usual? Bueno, no tienes que responder en este momento. Ahora, respecto a tu tercera y cuarta pregunta, creo que la respuesta sería un poco larga y ya tienes suficientes exaltaciones por una noche, ¿no crees? Pero por hoy esto basta: soy Matilde, y me alegro enormemente de volver a verte, Gabriel.
Acto seguido, Matilde le ofreció su mano en signo de saludo, y Gabriel la apretó confundido.
-¿Volver a verme? Creo que si te hubiera visto antes, me acordaría –respondió Gabriel. Acto seguido, toda la sangre se le fue a las mejillas y lamentó haberlo dicho.
La chica le sonrió con tristeza, y mirando a todos lados, eligió un espacio del claro y lo invitó a sentarse. Gabriel se sentó junto a ella confundido, preguntándose si no estaría soñando.
-No estás soñando, Gabriel –dijo ella como si pudiera leerle el pensamiento, y, mirándolo sonriente, pescó una rama seca, la puso entre sus manos y la rama de pronto comenzó a florecer, cubriéndose de hojas verdes brillantes. Gabriel la miraba aturdido.
-Te he traído aquí porque este lugar, justo aquí, es la entrada -dijo Matilde, terminando la hermosa planta que ahora daba unas flores de lo más extrañas y bellas.
-¿La entrada a qué?
Matilde miró a Gabriel confundida. Luego, un destello de incredulidad y enojo brillaron en sus ojos.
-¿Me vas a decir que no sabes de qué estoy hablando?
El chico negó con la cabeza. Por un minuto, volvió a considerar la idea de estar soñando, aunque no lo creía porque nunca había sido capaz de preguntarse en un sueño si estaba soñando. Solo lo hacía en la realidad. Matilde lo miraba irritada.
- Ya te he dicho que no estás soñando. Es que, ¿quieres decirme que no te lo han explicado? ¿Qué no sabes nada?
Gabriel abrió la boca para decir algo, pero no supo qué decir. Todo esto era tan irreal que no sabía exactamente cómo reaccionar. Matilde dio un suspiro.
-Bueno, esto cambia bastante las cosas... me pregunto qué habrá estado haciendo Alfonso todo este tiempo entonces.
Gabriel la miró alerta. ¿Había nombrado a su padre? ¿Cómo lo conocía? ¿Quién era esta chica?
-¿Cómo sabes quién...? –pero no terminó la pregunta. Matilde, mirándolo de forma divertida, juntó ambas manos, y una pequeña bola de luz comenzó a encenderse entre ellas, que de pronto iluminó todo el bosque. Gabriel, con los ojos desorbitados, iba a seguir con un millón de preguntas más, pero de pronto algo hizo que las preguntas se quedaran atascadas en su garganta.
El sonido de ramas crujiendo sobresaltó a los dos chicos, que se volvieron alertas, instintivamente. Gabriel abrió su mente y sintió una fuerza devastadora, completamente maligna y muy cercana a ellos. Un escalofrío recorrió su cuerpo.
-Matilde, creo que deberíamos irnos... no sé cómo explicártelo pero siento...
-Sí, yo también lo siento –replicó Matilde – Quería que nuestro reencuentro fuera especial, pero veo que no ha sido muy inteligente traerte precisamente a este lugar. Sobre todo cuando…bueno, mejor nos vamos. –dijo con voz temblorosa, arrastrando a Gabriel del brazo.
-Espera, no entiendo nada. ¿Quieres decirme qué es todo esto?
Matilde iba a replicar cuando escucharon el rugido de algo, parecido al de un puma. Gabriel decidió que las preguntas podían esperar y ambos se echaron a correr. Salieron del bosque, cruzaron el campo y llegaron nuevamente debajo de la ventana de Gabriel. Éste suspiró aliviado, y se volvió a su pieza, que seguía intacta. La tranquilidad volvía a reinar en su mente.
-Bueno, supongo que ahora me podrás explicar...
Pero Matilde ya había desaparecido.
lunes, octubre 05, 2009
cumpleaños
25 inviernos, 15 conciertos, 10 sobrinos, 6 ex novios, 5 talleres literarios, 4 elecciones, 3 días en el Amazonas, 2 operaciones, 1 noche en la comisaría y ningún logro en particular
domingo, septiembre 20, 2009
viernes, septiembre 11, 2009
Hoy fue uno de esos días en los que uno pierde la fe en la humanidad y luego arregla el mundo.
No pasó nada demasiado particular, solo yo estaba en un estado de ánimo impaciente, y se me ocurrió manejar, lo cual siempre parece poner una lupa a mi visión de las cosas y en especial de los comportamientos humanos, porque creo que en los autos uno realmente puede ver con longitud lo estúpidas y desconsideradas que pueden llegar a ser las personas. Además de eso, tuve que ir al supermercado, y para variar, estaba lleno. Lo cual no es sorprendente porque siempre está lleno, da lo mismo la hora en que uno vaya, pero cuando se viene un feriado, vacaciones, cuando llueve o hay una fecha como hoy, la gente parece desquiciarse cuando se trata de comprar.
De vuelta a mi casa, ya más tranquila, me quedé pegada en uno de esos monitos animados que dan en el canal religioso que tiene el cable. Era sobre una de las parábolas de la biblia sobre el avarismo, que contaba, básicamente, la historia de un tipo que acumulaba y acumulaba viñedos y un día se atragantába con una uva y moría. Y me puse a pensar en por qué seremos tan egoístas, tan avaros –me incluyo -, tan poco compasivos con el otro, con los otros seres humanos. Por qué tendremos esta necesidad de poseer cosas, de tener más y más bienes materiales, de no compartir nada. Y es verdad, si yo me pongo a analizar qué es lo que me pasa cuando tengo que compartir algo que no quiero, o en la sensación que me da comprar, pienso que, por un lado, comprar es una sensación como de bienestar, como de que algo se llena dentro de mi, y por otro lado, cuando pierdo algo, es como si perdiera algo de mí. Como si las cosas que tengo fueran yo, fueran parte de quien soy. Como si al robarme, por ejemplo, el celular o mi billetera me estuvieran robando un brazo.
Entonces pensé que esa sensación era como una obsesión por acumular cosas, como si nos fuéramos a ir de viaje a algún lado, por mucho tiempo, y entre más cosas lleváramos con nosotros, mejor vamos a estar.
Y ahí me cayó.
¿Qué pasa si ese “viaje” es en realidad la muerte? ¿El miedo a lo desconocido? ¿Qué pasa si esta sensación de que tenemos que acumular muchas cosas no es más que nuestra reacción ante nuestra propia mortalidad? Nos damos cuenta de que no somos eternos, y por eso compramos cosas que queremos que, eventualmente, lo sean. Quizás es solo la certeza de que somos finitos, perecibles, en el inconsciente colectivo la que se traduce en el consumo. Es nuestra forma de lidiar con eso. Es, quizás, un acto mecánico, que hacemos obviamente sin darnos cuenta. Pero es eso finalmente.
No tengo una solución al respecto. Solo lo interesante que puede ser ver qué puede haber detrás de actos cotidianos, y experiencias que repetimos compulsivamente. Quizás si puedo llegar a ser conciente de verdad, se me quiten las ganas compulsivas de acumular cosas, y pueda llegar a compartirlas con alguien más. Y quizás más gente podría hacerlo. Y más. Y de pronto, un día, el mundo despertará y ya no habrá pobrezas, ni guerras, ni violencia. Solo estaremos nosotros, libres de cárceles falsas y simplemente existiendo.
Ah, si tan solo uno pudiera pasársela arreglando al mundo como hoy.
jueves, septiembre 03, 2009
sonrisas y otras cosas sin relevancia y qué
Últimamente me la paso con canciones del último disco de Babasónicos en mi cabeza. Me gustan porque son súper adolescentes. Frases sueltas, del tipo "has conseguido verme un poco más normal o es solo que he aprendido a actuar frente a vos" o "Por mi cama pasa un río,y en el río un rebaño abreva el sol, y un pastor inmóvil sentado a tus pies me canta, me canta..." mientras veo aburrida a la misma gente aquí en el café, con sus mismas caras de hastío y algunas sonrisas fáciles sueltas por ahí.
Mis sonrisas, por ejemplo, son en su mayoría mecánicas, al menos en este lugar. Es como un acto reflejo cada vez que alguien me pide un libro o, como hoy, una revista o diario. Hace un rato llegó un viejo que siempre me regala chocolates, con una de esas bolsitas ambrosoli de gomitas. Ese viejo es un tierno. Mi sonrisa, entonces, es natural.
Aparte de eso mi vida no está muy pero muy interesante pero he tomado la irrefrenable desición de ser feliz. Creo que nunca lo había decidido tan así, siempre he pensado que la felicidad es una cosa fugaz que te atrapa en los momentos menos oportunos y que te deja tan rápido como llega. Sin embargo, después de un periodo de meses en los que me transformé literalmente en un vegetal, como que desperté y me dije ya, basta de cuentos y tonteras, quiero ser feliz. Y no es fácil ah, al menos no para alguien como yo. Pero creo que se puede. Creo que puedo hacer el esfuerzo de reírme cuando en realidad quiero matar a alguien y no solo por reírse, sino porque en realidad, la mayoría de las cosas que me enojan son realmente divertidas. La gente, por ejemplo, a veces puede ser tan absurda. Me incluyo.
Así que mientras cuento los minutos que faltan para poder irme a mi casa, pienso que esta desicion, la de ser feliz digo, es una que tengo que tomar todos los días y varias veces al día. Pero es que me cansé de ser tan amarga. Es cansador. Prefiero andar con menos equipaje por la vida, a ver si la espalda me duele menos y me cuesta menos caminar. O algo así.
Y ahora por ejemplo, observo a un viejo amargo, el más amargo de todos, que viene religiosamente todos los días y pide todos los diarios y con solo pedirte el diario te hace sentir que eres el ser más insignificante del mundo. Pero ahora, mientras lo observo desde mi cubículo de diarios, lo veo sonreír solo, y me imagino que, o está leyendo algo muy divertido, o algo muy trágico y a él, como es amargo y todo eso, le da risa.
Sea como sea, espiarle esa sonrisa al viejo amargo me hace el día. ¿Qué más necesita uno?
Bueno, supongo que esa es una pregunta que es mejor no responder.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
