sábado, diciembre 19, 2009

silence, please.

Cada día aprecio más el silencio. Creo que se debe a que tengo que necesariamente sociabilizar con gente todos los días aquí en la biblioteca, y el 90% del tiempo preferiría estar en silencio.

Pero a la gente le encanta conversar.

Da lo mismo de qué. Lo importante es estar hablando constantemente. De lo que hicieron el fin de semana, de los ingredientes que agregaron al almuerzo del día anterior, de qué le dijo un famoso a otro en el matinal de la mañana. El silencio para la mayoría de la gente es incómodo, y una señal de que algo anda mal.

Muchas veces me ha pasado pololeando que me preguntan ¿qué te pasa? cuando en realidad no pasa nada, solo que hemos estado en silencio por un rato. Mi primer pololo me decía "Ese silencio me mata", porque él era exagerado, porque era nuestra primera relación y porque yo, efectivamente, en ese minuto ya no tenía nada más que decirle. Porque a veces simplemente es mejor callar que forzar la conversación.

Lo que pasa es que me aburre. La conversación de pasillo me aburre tremendamente. No es que tenga que tener conversaciones "inteligentes" todo el tiempo ni mucho menos. Pero la verdad de las cosas es que los detalles de la vida cotidiana de gente que no son mis amigos o mi familia no me interesan. Y no es por amarga. Es porque son fomes. Yo, por lo menos, no ando aburriendo a gente que a penas me conoce con detalles ínfimos de mi vida: pasa eso está el novio o la novia, ¿no? Cuando uno tiene una pareja, todos esos detalles cobran importancia porque hay un espectador, hay alguien que te garantiza la atención y la importancia necesarias. Pero al resto de la gente no tiene por qué importarle si le compraste ya el regalo de navidad a tu mamá o no.

Pero volviendo al silencio, creo que es necesario, sobre todo viviendo en una ciudad tan ruidosa. Ahora que vivo en el centro, los momentos de silencio son cada vez más escasos. Sobre todo viviendo al frente de unos idiotas que pasan todos los días cantando "pluma gay" a todo pulmón. Cuando puedo estar en silencio, como que se me aclara la cabeza, me calmo y todo resulta un poco menos abrumante.

Pero simplemente no se puede. Si trato de estar en silencio, me tildan de antisocial, de callada, de mal genio. La pregunta que más me han hecho últimamente es oye, tu erí como callada, o no? Sí. Lo soy.

Me acuerdo que cuando iba en pre-kinder, las profesoras para hacernos callar inventaron un personaje que se llamaba "señor silencio". Y cada vez que había que callarse, lo llamábamos en un tono cantarino: "señor silenciooo... señor silenciooo..." y todas nos quedábamos calladas, espectantes, como si de pronto un espíritu hubiera entrado a la sala. Al menos yo me lo imaginaba a así. Y era como mágico, el silencio construia una verdadera presencia.

En fin. Muchas culturas han repetido eso de que en silencio se puede escuchar a dios. Universalizando eso mismo, creo que hay muchas cosas que no escuchamos día a día porque no nos damos la oportunidad de estar en silencio.

A veces es bueno simplemente callarse y observar. Uno nunca sabe las cosas que va a escuchar.

martes, diciembre 15, 2009







Odio la publicidad de Brahma. Es insultante, no sé cómo nadie ha dicho nada.
Es increíble que anuncios como ese todavía existan en una sociedad que supuestamente ha avanzado algo. Esto nos prueba que, evidentemente, cien años de historia han traspasado a Chile como si fueran aire. Temas como el sexismo, la misoginia, la marginación de la mujer y sobre todo la objetivación de la mujer parecieran ser chino mandarín para este país.

Claramente la "actitud extra" es sinónimo de "actitud sexista", "actitud patética" y "actitud que nadie quiere ver todos los días detrás de cada transantiago".

Lo más idiota es que además, es pésima publicidad. Primero, las mujeres también tomamos cerveza, y yo por principios no tomaré más Brahma. Pero además es un intento por apelar al "shileno pícaro" que solo resulta en un completo fracaso.

Además, la cara del modelo me patea la guata.

lunes, diciembre 14, 2009

Capítulo 6

           Gabriel estaba en un barco que se movía mucho, en la mitad de la oscuridad. Se estiró para salir a cubierta y lo que vio lo dejó sin aliento. Era de noche y navegaba por un lago de aguas tan claras que parecían un espejo del cielo estrellado. En la mitad, flotando, había un castillo de cristal, tan bello que Gabriel quedó encandilado. Tanto que al principio no escuchó unos gritos que poco a poco comenzaron a hacerse más fuertes:
-¡Cuidado! ¡Vienen por mí, vienen por mí! ¡Hey, llévame a mí, déjalos a ellos! ¡Déjalos!
          Gabriel despertó sobresaltado y vio que Bruno gritaba entre sueños. Vio también que su cama flotaba; su pieza parecía haberse inundado y tanto su cama como la de Bruno flotaban junto a los muebles. Gabriel hundió la mano en el agua pero pareció traspasarla como si fuera aire.
-¡Hey, Magus, despierta! –le gritó Gabriel -¡Estás inundando la pieza!
             Bruno se incorporó de golpe y el agua desapareció, haciendo que las camas cayeran al suelo de golpe. Bruno miró confundido a Gabriel, que se pasaba la mano por la cabeza.
-Auch
-Lo siento, Gab –dijo Bruno bostezando –últimamente tengo sueños muy vívidos.
-Sí, sé lo que se siente –dijo Gabriel recordando sus antiguas pesadillas en las que recorría pasillos subterráneos. Se volvió a su amigo y éste le sonreía de oreja a oreja.
-¿Puedo saber qué es tan gracioso?
-Nada, supongo. Solo que realmente estás aquí.
            Los amigos se sonrieron mutuamente y segundos después se escucharon tímidos golpes en la puerta. Apareció Matilde, con un sencillo vestido blanco con cintas doradas que la hacían parecer un ángel. Gabriel la miró encandilado.
-A desayunar –dijo la niña sonriéndole a los dos –Arkarian tiene noticias.
             Cuando los dos chicos llegaron al living, la mesa repleta de frutas, pan y panecillos le recordó a Gabriel lo hambriento que se sentía. La conversación transcurrió de forma fácil y liviana; parecía como si ninguno quisiera tocar un tema más de fondo por temor a romper el agradable ambiente que se había formado entre los tres chicos y el anciano. Cuando terminaron de comer, Arkarian levantó la mano y todos los platos sucios flotaron y se dirigieron al lavaplatos, donde empezaron a limpiarse por sí mismos. Bruno y Gabriel se miraron divertidos, y antes de poder decir algo, Arkarian hizo un rápido movimiento de manos y en la mesa que hace algunos segundos había quedado vacía vieron un gran mapa doblado por la mitad.
-El reino de los cuatro elementos… -dijo Matilde pensativa, mirando fijamente el mapa -¿A cuál de ellos tendremos que ir?
-¿Ir? ¿A dónde vas? –preguntó Gabriel angustiado.
-Querrás decir a dónde vamos –dijo Bruno -¿No es cierto, Arkarian?
            Gabriel miró confundido al anciano, quien suspiró.
-Bueno Gabriel, te hemos explicado en parte de dónde vienes y lo que sucedió cuando decidiste escapar del reino subterráneo –comenzó Arkarian –pero lo que no sabes, es que para poder retornar deberás pasar una serie de pruebas.
-¿Pruebas?
-Sí, pero no me preguntes de qué clase porque eso no lo sé con certeza, aunque tengo una buena idea de cómo podrán ser. Verás, has pasado tanto tiempo viviendo en el mundo mortal que existe la posibilidad de que hayas perdido tu alma real y no puedas regresar con tu padre. Para hacerlo, debes probar que sigues siendo el heredero al trono, el príncipe del reino subterráneo.
          Gabriel tragó forzadamente. Comenzaba a marearse y tuvo que respirar hondo para concentrarse en el anciano. Matilde lo miró inquieta.
-Estas pruebas se desarrollarán en el camino hacia la puerta del mundo subterráneo; el gran árbol del conocimiento en el reino de la Tierra, donde se encuentra el oráculo… pero ese es el último lugar. Antes deberán pasar por los otros tres reinos –Arkarian estiró el mapa y los chicos se inclinaron sobre él –este es el mapa del reino de los cuatro elementos.
          Los tres chicos contuvieron la respiración a la vez. Ante sus ojos se encontraba un mapa con una serie de pequeños reinos, todos surcados por montañas, pantanos y bosques, de manera que parecía como si los cuatro reinos estuvieran separados por millones y millones de kilómetros. A Gabriel le entró el pánico. Arkarian pareció entenderlo, y prosiguió hablando con una mano en el hombro del chico.
-Cada elemento está representado por su propio reino, con sus propios gobernantes. Éste –dijo el anciano señalando el reino que estaba más cerca –es el reino del agua. Ahí está el castillo de cristal, en el lago de la luna. Solo la emperatriz puede darles la pasada al siguiente reino, por lo que imagino que ahí será la primera prueba. Cuando lo hayas logrado, podrás entrar en el reino del aire. Éste de aquí –dijo Arkarian señalando un punto más alejado en el mapa –es el castillo en el aire. Lo gobiernan las hermanas de la brisa y la corriente. Sucederá lo mismo, solo ellas podrán darles la pasada al mundo del fuego, que está aquí…-Bruno y Matilde dieron un respingo –y es el reino más complicado. Dicen que pasar por el reino del fuego es lo más difícil que una persona puede hacer antes de enfrentarse al oráculo… y aquí, en la cima del volcán está Drako, el último dragón de su dinastía. Deberán vencerlo para llegar al último reino, el reino de la Tierra. Ahí encontrarán el árbol del conocimiento y dentro de él verán al oráculo… -Arkarian se detuvo y les dedicó una sonrisa a los tres chicos, que se habían puesto blanco como fantasmas –Y bien, ¿qué les parece?
           Hubo silencio mientras los amigos se miraban unos a otros. De pronto, Gabriel sintió que la bestia se revolvía dentro de su estómago con furia..


-No quiero ir –dijo el chico impulsivamente –no quiero.
           Tanto Arkarian como Bruno y Matilde lo miraron sorprendidos. Matilde iba a abrir la boca para decir algo pero Gabriel la detuvo.
-No, no me importa lo que piensen de mí. Sé que ustedes piensan que soy el hijo perdido del rey no sé qué pero creo que se equivocan. No soy el heredero de nadie, y aunque lo fuera, no veo por qué iría en la busca de alguien que al parecer me ha abandonado por los últimos seis siglos. ¿Por qué tengo que pasar pruebas, arriesgar mi vida? ¿Cuál es el sentido de todo esto? –Gabriel sentía cómo la ira y la rebeldía comenzaban a hervir en su sangre –Como si fuera a sobrevivir una noche en esos bosques que parecen peligrosos y en esas montañas que parecen eternas. ¿Acaso creen que soy inmortal o algo parecido? ¡Pues no lo soy!
          Nadie supo qué decir y después de un momento, Gabriel salió de la casa dando un portazo. Ahí se quedaron solos Bruno, Matilde y Arkarian que miraban perplejos el espacio por dónde había salido Gabriel.
-Ya sabía yo que no estaba preparado –dijo Matilde conteniendo un sollozo.
-No lo entiendo –dijo Bruno levantándose de su silla –el verdadero Gabriel habría estado emocionadísimo por hacer este viaje. Siempre dijo que quería conocer el reino de los cuatro elementos…
-Ustedes no comprenden –dijo Arkarian suspirando y poniendo a hervir agua –hace menos de 48 horas el chico perdió a su madre, se enteró que su padre no era realmente su progenitor y el mundo se le dio vueltas en 180 grados. ¿Cómo se sentirían ustedes?
           Los dos chicos callaron y durante un par de minutos el único sonido que se escuchó fueron las burbujas de agua que pronto comenzaron a hervir. De pronto Matilde se puso de pie y miró con determinación a Arkarian.
-Yo iré a hablar con él. Sé dónde pudo haber ido. –antes de que Bruno pudiera decir algo, ella ya había salido por la puerta y había desaparecido. Bruno dio un puñetazo en la mesa.
-Tranquilo, Magus –dijo Arkarian sirviéndole un poco de té –deja que ella hable con él. Nunca se sabe los efectos que puede tener el tacto de una mujer en estos casos.
          Gabriel dejó de correr después de unos diez minutos. El ejercicio le había hecho bien para despejar su cabeza, pero ahora todos los pensamientos volvían a atropellarse en su mente y sintió que por primera vez le faltaba el aire. Odiaba cómo se había comportado, cómo se sentía al haber huido de esa manera, pero no pudo evitarlo. No podía soportar la forma en que lo miraban, como si esperaran que él fuera algún tipo de superhéroe. ¿Qué les hacía pensar que él podría pasar por tantas pruebas, que querría hacerlo incluso? ¿Por qué querría arriesgar así su vida? Pero la verdad es que eso no era lo que le preocupaba. No le temía a la muerte, nunca lo había hecho. Pero a lo que sí temía era a defraudar a la gente. Lo había experimentado una y otra vez con el que creía era su padre, y ya sabía que no era placentero. Y si nunca hubo amor entre su padre y él, no podía imaginar lo que se sentiría defraudar a alguien que sí le importara, como Magus, Arkarian o… Matilde. De pronto unos pétalos blancos cayeron sobre sus hombros. Miró a su alrededor y vio los mismos árboles que se cerraban en un círculo, pero habían florecido y miles de pequeñas flores blancas los decoraban como copos de nieve. Gabriel pegó una patada en el suelo al darse cuenta de dónde estaba. ¿Por qué volvía una y otra vez al mismo claro? El claro de Matilde, el claro por dónde había salido Magus… ahora, lo único que quería era alejarse de ese lugar y no volver más. ¿Por qué se sentía extrañamente atraído hacia ese claro?
-Es tu esencia la que se siente atraída, Gabriel –dijo una voz cantarina a sus espaldas. Gabriel se dio vuelta y vio a Matilde, que con su vestido blanco se mezclaba entre los árboles. Inmediatamente sintió remordimiento.
-Matilde, lo siento. No debí haber salido así. Perdóname.
         La niña fijó sus grandes ojos verdes en los de Gabriel, que había tomado una postura erguida y humilde y le dedicó una sonrisa que habría derretido hasta al ser más frío del planeta. Se deslizó casi como bailando junto a Gabriel. Él suspiró.
-Dices que mi esencia se siente atraída a este lugar… ¿qué quieres decir con eso?
          Ella se paró y comenzó un pequeño baile sin dejar de sonreír mientras paseaba entre los árboles.
-Quiero decir que el verdadero tú está ahí adentro. No hacen falta pruebas, Gabriel. Al menos no para mí. Hay algo que late dentro tuyo, ¿no es verdad? Algo que te incita a hacer este viaje, una sed de aventura, ¿la sientes?
         A Gabriel se le aceleró el corazón. Claro que la sentía. La sentía correr por sus venas, gritándole, llamándolo a responder.
-Y esa parte de ti sabe que es lo correcto, Gab. Que eres más que un simple chico al que le han pasado malas experiencias. Que estás destinado a hacer grandes cosas, a ser mucho más de lo que eres ahora.
       Gabriel tomó aire. Cómo le gustaría ser esa persona para Matilde, alcanzar a ser la mitad de lo que ella veía en él.
-Y si te preocupa decepcionarme… -dijo ella acercándose a Gabriel y tomando su mano –no temas. No podrías hacerlo.
        A Gabriel le faltó el aire. Nunca había estado tan cerca de la chica y podía oler su pelo y sentir su respiración muy cerca de su cuello. De repente se acordó de la reacción de la niña cuando había recordado a Bruno.
-¿Puedo preguntarte algo?
        Ella suspiró y se alejó levemente de él, sentándose en un gran tronco que había junto a ellos.
-Ya sé lo que vas a preguntarme. Quieres saber por qué parecía triste cuando recordaste a ti y a Bruno cuando niños.
-Pues… sí.
-¿La verdad? Estaba celosa.
-Vamos, no mientas.
-¡Es la verdad! Estaba celosa de Bruno. Para serte honesta, pensé que me recordarías cuando me vieras por primera vez, pero pasaron los días y nada…
-Creo que sé por qué no he podido recordarte. Verás, cuando recordé lo de Bruno, fue porque cuando me tocó, abrió su mente y tuve acceso a ella. Ese fue el recuerdo que, supongo inconscientemente, él decidió mostrarme. Lo mismo sucedió con Arkarian… es como si mi poder o lo que sea, no funcionara con ustedes, pero si deciden abrirme sus mentes, puedo acceder… ¿se entiende?
-Sí. Y te preguntas por qué no lo he hecho contigo, ¿verdad?
-Pues… sí.
-Bueno, supongo que ya habrás adivinado cuál es mi habilidad. A estas alturas ya te habrás dado cuenta… -dijo Matilde risueña. Gabriel se quedó mirándola por unos momentos y entonces cayó en cuenta. ¡Era tan evidente! Pero por algún motivo no lo había visto antes…
-¡Puedes leer los pensamientos!
-Así es –dijo Matilde en medio de una carcajada -¡Te ha costado caer en cuenta!
          Los dos chicos comenzaron a reír y Gabriel sintió que el nudo en su estómago se deshacía rápidamente. El sol daba en el cabello de Matilde y parecía como si la niña resplandeciera. Quiso tocarla, pero de pronto recordó que ella podía leer su mente y se avergonzó de haberlo pensado. Ella se volvió y rió más fuerte.
-No te preocupes, estoy segura de que Arkarian te enseñará muy pronto a cerrar tu mente. Eso es lo que hacemos todos, créeme, pronto lo harás tan bien como yo.
-O sea que tu cosa, digo esto, habilidad o lo que sea, es parecida a la mía, ¿no? Los dos podemos ver dentro de la mente de los demás, aunque claro, yo no escucho nada.
-De hecho –dijo la niña enfocando sus ojos verdes en los de Gabriel –antes solíamos bromear con que yo podía escuchar los pensamientos y tú verlos, lo que nos hacía complementarios…
           El chico observó que Matilde se turbaba. Quiso preguntarle sobre eso, pero antes de que pudiera formular la pregunta, la niña volvió a acercarse a él, y puso la mano en su cabeza. Un color dorado brillante lo cegó por algunos segundos y entonces se vio a sí mismo en un claro muy parecido a donde estaban ahora, lleno de árboles japoneses blancos y rosados, de los cuales se desprendían miles de pétalos que parecían flotar en el ambiente. Una risa cantarina flotaba en el aire y al volverse vio a Matilde que parecía danzar entre los pétalos, con los ojos resplandecientes de alegría.
-¡Lo has logrado, Gab, lo has logrado! –cantaba alrededor de Gabriel, que permanecía quieto, mirándola con una sonrisa en los labios y una mirada triste. -¿Pero qué demonios te sucede? –preguntó Matilde acercándose al chico –No parece como si recién hubieras aprobado la última prueba. ¡Ya no eres un aprendiz, Gabriel!
           La niña volvió a saltar y danzar a su alrededor hasta que cayó en la cuenta de que el chico permanecía inmóvil, jugando con los pétalos que flotaban. Se detuvo y, sorprendida, se sentó a su lado, tomándole la mano. Gabriel suspiró y enfrentó su mirada.
-¿Qué pasa, Gab? ¿Qué va mal?
-Éste era el último examen, Matty. Después de esto ya no tendré la excusa de que aun soy aprendiz, ¿entiendes? Tendré que enfrentarme a mi destino. Tendré que asumir mis responsabilidades, como tanto le gusta recalcar a mi padre. ¿Es que no entiende cómo me siento, Matty? ¿Es que no comprende que tengo este fuego en mí, que necesita salir? ¿Qué quiero ver el mundo, tener aventuras, hacer algo en la vida en vez de sentarme en un condenado trono todo el día?
            Gabriel se dejó caer en la falda de Matilde y ella le acarició el pelo con tristeza. Se mantuvieron así un rato, hasta que un silbido agudo los sacó de ese estado.
-¿Escuchas eso? –preguntó Gabriel con rabia –Al parecer la realidad nos llama.
-Espera –dijo la chica reteniendo su mano –tengo miedo, Gabriel.
            El chico instintivamente la rodeó con los brazos y la acunó como a una niña.
-¿De qué tienes miedo, linda Matilde? Ya sabes que mientras esté a tu lado nada malo te puede suceder.
-Eso es justamente lo que temo –respondió la chica enfrentando su mirada –tengo el terrible presentimiento de que vas a desaparecer.
-Nunca te podría dejar. No sería capaz de vivir sin ti.
           Antes de poder ver qué pasó después, la imagen se difuminó tan rápido como había aparecido y vio cómo Matilde bajaba la mirada. Gabriel no supo qué decir. Lo que había visto lo había conmovido profundamente. No solo la cercanía que había sentido con la niña, que ahora palpitaba bajo su piel, sino la promesa rota que había hecho y que la chica se había guardado todo este tiempo.
-Lo siento tanto, Matilde.
          La niña se volvió a mirarlo pero entonces escucharon el mismo silbido que habían escuchado en el recuerdo de Matilde. Ella sonrió y tiró de su mano.
-Es Arkarian. Nos necesitan.
         El niño no dijo nada y corrió junto a Matilde por el bosque, pensando mil cosas pero al mismo tiempo tratando de no pensar en nada hasta que descubriera cómo cerrar su mente. Especialmente en lo linda que se veía la niña corriendo a su lado. Decidió que a penas viera a Arkarian, sería lo primero que le pediría.

miércoles, diciembre 02, 2009

Capítulo 5

-¡Bruno Imagus Tercero! ¡No sabes la alegría que me da volver a verte!

              Arkarian los esperaba en el umbral de la puerta con una gran sonrisa en su rostro y los brazos abiertos. Bruno apretó el paso distanciándose de los demás y le dio un fuerte abrazo. El anciano lo miró como se mira a un hijo.
-Sabía que tendrías que aparecer por aquí tarde o temprano –dijo Arkarian mientras todos entraban a la pequeña cabaña –pero dime, ¿por qué te has demorado tanto?
              Bruno se llevó la mano a la cabeza, pasando los dedos entremedio de sus rulos oscuros y desordenados. Matilde, por su parte, desapareció silenciosa por una de las puertas, y Gabriel se acomodó en una de las sillas cerca del fuego.
-Bueno, ya sabes, tuve ciertos problemas con mi… progenitor.
              Arkarian desvió la vista hacia Gabriel, que los miraba con curiosidad. Suspiró.
-¿Le has contado ya a Gabriel? –preguntó el anciano
-No todavía. Es que me acabo de enterar de que no sabe nada… no sé si lo entendería. Pero a que no sabes qué acaba de suceder. Mientras lo abrazaba, Gab ha recordado algo. ¿No es cierto? –preguntó Bruno con entusiasmo. El chico asintió.
-¡Formidable! Eso quiere decir que tenía yo razón y el chico poco a poco va a empezar a recordar. Seguramente tu presencia ayudó.
             Bruno hinchó el pecho con orgullo. Pocos segundos después apareció Matilde con una bandeja llena de frutas, pan, mermelada, galletas, leche y avena. Bruno se paró impulsivamente y fue a recibir la bandeja dando saltitos.
-¡Gracias, Matty! –dijo plantándole un beso en la mejilla –Siempre tan buena. ¿A que no es buena, Gab?
             Gabriel miró a Matilde y ella enrojeció. Asintió sin decir una palabra y luego se volvió al chico.
-¿Qué significa eso que dijiste acerca de tu padre? ¿Por qué no lo entendería? ¿Quieren dejar de hablar en código y como si yo no estuviera presente de una vez por todas y decirme qué diablos está pasando?
            Inmediatamente después de decir eso, el chico se sintió avergonzado. Arkarian y Matilde lo miraban con culpabilidad, pero Bruno tenía una sonrisa estampada que parecía solo estirarse cada vez que a Gabriel le bajaban sus pataletas. Pero luego suspiró y dejó de lado el quinto pan con mermelada que se había llevado a la boca.
-Bien, Gab, este… bueno, supongo que ya te han hablado de tu tío, ¿no?
-¿El que quiere usurpar el puesto de mi padre y ha mandado a matarme por seis siglos? Sí, ya estoy enterado.
-Bueno, esto, bien…no te pongas como bestia, ¿bueno? Pero… ya, la cosa es que tu tío, el diabólico ese, resulta que es también mi padre.
             Acto seguido, Bruno puso la cabeza entre los brazos imitando esconderse de modo exagerado. Gabriel lo miró primero a él luego a Arkarian y por último a Matilde.
-¿Es una broma o qué?
           Bruno iba a decir algo, pero Arkarian lo detuvo. El chico entonces siguió comiendo, con la vista fija en Gabriel.
-No es broma, querido Gabriel. –comenzó Arkarian, hablando tan despacio que parecía como si estuviera hablando para sí mismo –Bruno es en realidad tu primo.
           Gabriel miró sorprendido al chico, que lo miraba avergonzado con la boca llena de comida. Se sintió extrañamente traicionado. Arkarian se acercó a él y nuevamente puso una mano en su hombro, lo que pareció calmarlo un poco. Prosiguió.
-Sí, es el hijo de Sylar. Pero más que tu primo, es tu mejor amigo. Cuando se enteró de lo que su padre pretendía hacer, trató de detenerlo, pero la fuerza de Sylar es demasiado potente, y su codicia tan grande que ni siquiera su propio hijo pudo convencerlo. De modo que tu tío envió a Bruno al fondo del Lago Sin Sentido, un lugar tan horrible que ni siquiera a los traidores se los lleva ahí, esperando que una corta instancia en el lugar le hiciera cambiar de opinión –Arkarian se detuvo un momento y fijó su mirada en Bruno. El chico bajó la vista. –No puedo ni imaginar lo duro que debe haber sido, ni tampoco cómo es que logró escapar, pero la cosa es que, a pesar de ser prisionero, Bruno te ha acompañado aquí, en el mundo mortal, por seis siglos. Dime, chico, ¿cómo es que has logrado escapar?
            La sonrisa volvió a dibujarse en la cara de Bruno. Se levantó entusiasmado, con los ojos brillantes de excitación.
-Bueno pues esto es lo que nadie sabe, así que ya no puedes seguir sintiéndote excluido, Gab, porque primera vez que lo cuento. –Gabriel no pudo evitar sonreír –Pues bien. Voy a ahorrarme los primeros meses que estuve ahí, porque no valen la pena. Basta decir que ese lugar está, como saben, fuera del tiempo, así que uno no puede saber con exactitud si ha estado días, meses o años ahí. La mayoría de los prisioneros pierden la cordura al cabo de un tiempo, y es entonces cuando ellos te llevan… -un estremecimiento sacudió al chico, que recobró la postura rápidamente –La cosa es que entablé amistad con un anciano que llevaba toda una vida encerrado en ese lugar y, sorprendentemente, no se había vuelto loco. Sin él, probablemente no estaría aquí. En fin, la cosa es que había descubierto una especie de fisura, ¿entienden? Un espacio parecido a un umbral entre mundos… pero para llegar a él había que cruzar una fosa. Y dentro de la fosa… -el chico volvió a estremecerse, mientras los demás escuchaban mudos su relato –había serpientes de agua.
           Arkarian y Matilde dieron un respingo. Gabriel los miró confuso. La chica se volvió hacia él.
-Las serpientes de agua no son como las que hay aquí. Son mucho más grandes y tiran fuego como los dragones. Solo que el fuego… no es común y corriente, sino que lleva una especie de veneno. La cosa es que si llegan a alcanzarte, el dolor es tal, que la gente se muere de agonía. –La chica volvió a estremecerse, y se volvió a Bruno, que la miraba con una sonrisa de suficiencia en la cara -¿Y cómo es posible que hayas logrado salir vivo de esa, Magus?
-La verdad es que fue bastante fácil. O sea, claro, al principio fue decepcionante. Además estaba el punto de que ninguno de los dos sabía a dónde realmente iba a parar el umbral. Pero cualquier lugar era mejor que ese. En fin, estuvimos cavilando sobre la mejor forma de pasar, hasta que de pronto, la solución llegó sola. Sabía que mis poderes aun funcionaban, porque había estado creando ilusiones para el anciano. En vez del lugar oscuro y tenebroso donde nos encontrábamos, le creaba lugares luminosos y el viejo siempre me pedía que probara más y más. Así que estuve practicando mucho, más que nunca en mi vida, porque eso era lo único que me mantenía cuerdo –una sombra cubrió el rostro del muchacho –y logré perfeccionarme más de lo que habría creído. Logré que mis ilusiones duraran cada vez más y que fueran cada vez más reales. La verdad –continuó el chico pensativo -es que le debo mucho más de lo que pensaba al anciano ese. En fin, la cosa es que en una de estas ilusiones, el viejo me contó que había estado viviendo mucho tiempo cuando joven entre los lobos siberianos, en el norte. Y que lo único que quería antes de morir era sentir la nieve sobre su piel una vez más. Yo había visto nieve antes, una vez, cuando niño… junto a ti, Gab, en una de las tantas veces que nos escapamos. Así que lo intenté, aunque sabía que no iba a lograr que el viejo sintiera la nieve, pero al menos podría verla… ¿y me van a creer que resultó? Digo, pudo verla pero también pudo sentirla. Al igual que yo. ¡Había creado nieve de verdad, a partir de la nada! Y bueno, el resto es evidente.
             Arkarian y Matilde sonreían ensimismados. Gabriel se aclaró la garganta.
-Esto… ¿qué es lo evidente?
            Bruno estalló en carcajadas y el chico lo fulminó con la mirada.
-Lo siento, Gab, es que no estoy acostumbrado a tener que explicarte las cosas, sobre todo a ti. Bien, cuando me di cuenta de que podía crear nieve, el resto fue fácil. Solo tuve que crear una tormenta de nieve sobre la fosa y atravesar el puente. Las serpientes gritaron de dolor cuando los primeros copos cayeron sobre ellas y huyeron hacia el fondo lo más rápido posible. Entonces pude cruzar, y resultó que el portal daba ni más ni menos que hacia el mundo mortal. Fue así como pude acompañarte la mayor parte del tiempo.
-¿Y el anciano? –preguntó Matilde, absorta con la historia
-Eso es lo extraño. Cuando llegué al final y me di la vuelta para llamarlo, el anciano había desaparecido. No tengo la menor idea qué fue de él. Pero supongo que entenderás por qué no fui en su búsqueda.
            Los cuatro se sumieron en un silencio sepulcrural. Gabriel miró por la ventana y vio que los últimos rayos del sol iban escapándose a toda velocidad del firmamento. De pronto sintió la imperiosa necesidad de tomar aire fresco. De despejar su cabeza.
-Quizás sería bueno que te instales en la pieza de Gabriel, Magus. –dijo Matilde –Puedo ayudarte si quieres.
           Bruno miró confuso a Matilde, luego a Arkarian y finalmente a Gabriel. Asintió. Quedó solo Arkarian, que lo miraba con detenimiento.
-¿Qué te parece si vamos a dar un paseo, muchacho? –preguntó el anciano levantándose de su asiento –Hay que ir a recoger leña, de todas maneras.
            El chico se levantó y salieron de la cabaña en silencio. La cabeza le daba vueltas. Se dispuso a buscar leña, pero el brazo firme del anciano lo detuvo.
-Eso no va a ser necesario –dijo el anciano sonriente –Para algo que sirva este viejo, ¿no lo crees?
             Gabriel lo miró perplejo. Arkarian entonces recogió una ramita del suelo y haciendo un gesto extraño con los brazos, esa ramita de pronto se convirtió en un montón de leña, lista para ser quemada. El chico lo miró con sorpresa.
-Todo esto y mucho más puedo enseñarte, querido Gabriel.
-¿De verdad? –respondió el muchacho entusiasmado
-Claro que sí –dijo risueño el anciano –me alegro de verte por fin entusiasmado con algo, muchacho. No sabes lo mucho que he esperado para verte sonreír.
            El anciano entonces apoyó su mano en el hombro de Gabriel y éste de pronto pudo acceder a su mente. Primero vio solo oscuridad, pero luego la negrura dio paso a una luz celeste y brillante que lo encandiló. Se vio sumergido en otro recuerdo, en el que aparecía él mismo pero alrededor de tres o cuatro años.
            El niño estaba llorando en una sala muy lujosa, con varios sirvientes tratando de animarlo. Algunos le ofrecían comida, otros ventilaban exóticos juguetes delante de él, pero nada parecía calmarlo.
-¡Silencio! –habló una voz profunda que, aunque no aumentó de volumen, hizo que todos contuvieran la respiración, incluso el chico. Un anciano alto, con barba y túnica gris se acercó lentamente a Gabriel. Él tembló de miedo. El anciano incrustó sus ojos caramelo en los azules del chiquillo, y de pronto pareció suavizar la mirada. Con un rápido gesto con la mano, hizo aparecer una brillante y pequeña bola de cristal, que depositó en sus manos. Gabriel lanzó una carcajada de gusto al ver cómo los colores se reflejaban en el cristal, y al verlo sonreír, los sirvientes suspiraron de alivio. El anciano se acercó al chico y le pasó la mano cariñosamente por la cabeza
-A veces las cosas más simples son las que dan mejores resultados –le susurró al oído –Gusto en conocerte, Gabriel. Sé que seremos buenos amigos.
             Tan pronto como la imagen llegó, se fue de la cabeza de Gabriel y se vio parado al lado del mismo anciano, pero esta vez de vuelta en el bosque.
-Veo que tus recuerdos están regresando, querido Gabriel –dijo Arkarian con una ancha sonrisa en sus labios.
-¿Ha visto lo mismo que yo? Era yo cuando niño, ¿no es cierto? ¿Cómo es posible que usted también lo haya visto?
-Al recordarlo tú mismo me has llevado contigo.
-¿Usted puede leer mentes?
-Generalmente no, pero tú sí puedes hacer que otros lean tu mente, Gabriel. Hay muchas cosas que puedes hacer y que aun no sabes. Pero de todo eso, mañana. Creo que ya es hora de dormir, ¿no lo crees tú?
              Gabriel asintió y de pronto se sintió muy cansado. Entraron juntos de vuelta a la cabaña y Arkarian se despidió de Gabriel. Éste entró a su pieza y vio que Bruno ya dormía a pata suelta, murmurando cosas inentendibles entre sueños. Sonriendo, Gabriel se desvistió y antes de meterse a la cama, vio un par de florcitas amarillas en su almohada. Sonrió pensando que Matilde las había dejado ahí y se metió a la cama. Cuando estaba a punto de quedarse dormido, una voz lo sobresaltó:
-Hey, Gab, ¿estás durmiendo?
-Esto… ahora no. ¿Bruno? ¿Qué pasa?
-Nada. Suelo tener pesadillas. Quería asegurarme de que estaba realmente aquí –Bruno hizo una pausa –No sabes cómo te extrañé, Luminis.
            Gabriel se quedó en silencio, emocionado. Nunca antes había tenido un amigo, y Bruno parecía realmente tenerle afecto. No supo qué decir. Bruno, entre tanto, bostezó.
-En fin, buenas noches. –dijo el chico y dos segundos después roncaba a para suelta.
-Buenas noches –dijo Gabriel sonriendo. Una sensación de calor recorrió su cuerpo mientras se quedaba dormido, y lo último que sintió antes de dormirse por completo fue la suavidad de los pétalos amarillos.

martes, noviembre 17, 2009

Capítulo 4

           Gabriel se despertó con el susurro de voces en la otra pieza. Lentamente, se incorporó. Todo el cuerpo le dolía, mientras los recuerdos de la noche pasada comenzaban a aparecer lentamente en su mente, ya sin el dolor abrumante de antes. Se acercó a la puerta y pudo escuchar a dos voces.
-Es inaudito, Arkarian. ¡Lo vi con mis propios ojos! Ese miserable de Kronus lo hizo revivir los peores recuerdos. ¡Han roto todas las reglas!
-Sí, es verdad. Pero hay que mantener la calma, Matilde. Ya sabes lo que han mandado a decir. Tenemos la completa libertad de…
-¡Pero es demasiado tarde! ¿Me puedes explicar cómo nadie se dio cuenta de lo que estaba haciendo Alfonso? ¿A nadie se le ocurrió vigilarlo, nada?
-No era el momento. Nadie sabía que sus poderes se habían revelado desde niño, nosotros no...
-¡Pero claro que ha sido así! ¿Es que nadie entiende que ésta es la última oportunidad?
-Me adjudico toda la responsabilidad. Es mi culpa que las cosas hayan llegado a estos límites. No debería haber confiado en Alfonso, pero hay cosas que ni siquiera tú sabes aún. Y no hay tiempo qué perder. Ha llegado el momento, querida. Sus poderes están alcanzando altos niveles, y hay que enseñarle cómo usarlos. Ya es hora.
-No está listo. Lo he visto con mis propios ojos. No está enterado de nada. Alfonso lo mantuvo en la ignorancia todo este tiempo. Es un milagro que viviendo con él haya sobrevivido y aun más, desatado algunos de sus poderes –la chica suspiró -Si ni siquiera me recuerda, Arkarian.
-Ha estado demasiado tiempo viviendo en este mundo, Matilde. Sus poderes comenzaron a manifestarse cuando era solo un niño, un niño que no comprendía lo que le sucedía. No recuerda el pasado porque Kronus se ha encargado muchas veces de torturarlo, de obligarlo a bloquear la luz. Pero esta vez es distinto, tú ya lo sabes.
             Matilde de pronto cambió de expresión y miró hacia donde estaba Gabriel, escuchando silencioso. Éste, avergonzado, avanzó hacia ellos.
-Buenos días, Gabriel –dijo Matilde con voz forzada -¿Quieres tomar desayuno?
-Gracias –dijo el chico escuchando cómo su estómago se retorcía. Miró a Matilde y nuevamente una sintió una mezcla entre ternura y nostalgia, melancolía quizás. Aun no había podido definirlo bien. Ella le devolvió la mirada con cautela.
-Matilde –comenzó Gabriel sintiendo que se le secaba la garganta –te he escuchado hace unos momentos. ¿Debería, digo ehh… recordarte? ¿Te conozco desde antes?
Matilde y Arkarian se miraron por un momento casi imperceptible. Éste asintió levemente con la cabeza.
-Bueno, nunca es temprano para preparar un viaje –dijo Arkarian –creo que iré a comprar un par de cosas que necesitarán. Los dejo un momento, muchachos.
            Arkarian se retiró de la habitación y Matilde pareció sonrojarse. Gabriel quedó perplejo por algunos momentos al ver el color rosado en las mejillas de la niña, pero luego despejó su cabeza y comenzó a comer del plato que ella le había servido.
-¿Qué es este viaje del que habla Arkarian? –el nombre del anciano en sus labios le pareció de lo más natural, como si lo hubiera pronunciado mil veces en su vida –¿Van a algún lado?
-Bueno, la verdad es que los que vamos a viajar somos tú y yo –dijo Matilde mirándolo fijamente.
-¿Nosotros? ¿Y a dónde? –Gabriel se sintió de pronto agotado. Había tanto que no entendía que lo único que quería era volver a la cama y dormir por una semana. Matilde pareció reconocer su expresión.
-Bueno, supongo que ha llegado la hora de que te enteres de todo –comenzó la niña recorriendo nerviosamente la sala –pero Gabriel, debes entender que todo esto debería haber sido distinto, tú… tú deberías saber más, al menos recordar…
-Bueno, ya basta –de pronto Gabriel se sintió enojado, como si una bestia hubiera estado esperando la oportunidad de salir a flote -¿es que todo el mundo tiene que hablar en código? Francamente, creo que todo esto es una pesadilla de la que voy a despertar en algún momento. Este tipo de cosas simplemente no pasan en la vida real.
-Entonces podrías decir que el poder sanar a la gente con solo tocarla o poder reparar cosas como, no sé, una bicicleta por ejemplo, tampoco pasan en la vida real, ¿no crees?
-¿Cómo sabes que…?
-Sé bastante más que tú, Gabriel. Sé, por ejemplo, que estás destinado a mucho más de lo que eres ahora. Sé que has sufrido muchísimo a través de los siglos y que…
-Espera –el chico la miró incrédulo -¿dijiste “siglos”? ¿Cuántos años crees que tengo?
-Bueno, yo diría que debes tener, en términos humanos, unos… 600 años, más o menos. Pero, en términos prácticos, siempre has tenido 17.
           Matilde esbozó una sonrisa y Gabriel no pudo evitar corresponderle. Aunque todo lo que salía de la boca de esa chica era incomprensible y absurdo, tenía la impresión de que le creería siempre, hasta el final. Ella entonces suspiró.
-¿Quieres ir a caminar? Creo que nos haría bien tomar algo de aire puro y… bueno, en el camino te contaré todo lo que pueda, lo prometo.
-¿En el camino a dónde?
Ella sonrió.
-Ya lo verás.
           Salieron hacia el bosque y Gabriel siguió en silencio a Matilde por un sendero que, si ella no lo hubiera señalado, jamás habría notado. Ella tarareaba una melodía tan naturalmente, que parecía como si siempre la hubiera estado cantando, y tan hermosa, que Gabriel no podía quitarle la vista de encima. Mientras avanzaban, la niña iba tocando ramas secas que de pronto cobraban vida y flores que rejuvenecían, dejando un sendero frondoso y floreado a su paso, y no mucho después llegaron al mismo claro donde ella lo había llevado la noche que se conocieron. Ahora, de día, no parecía la gran cosa, aunque sí era particular cómo los árboles parecían hacer un círculo en torno a un centro invisible. Matilde se sentó en una de las grandes raíces que sobresalían del suelo y él la imitó. La vio recogerse el pelo y pensó en lo linda que se veía en ese momento. Ella volvió a suspirar.
-Bien –comenzó la chica –este lugar, donde estamos justo ahora, es un portal. Espera –dijo al ver que Gabriel iba a comenzar a hablar –déjame contártelo todo y luego podrás hacerme preguntas, ¿te parece?
Él asintió.
-Bueno, entonces… como te decía, esto es un portal hacia otro mundo. Lo primero que tienes que entender, Gabriel, es que éste mundo, ésta realidad, no es la única que existe, ni mucho menos. Tú, al igual que yo y Arkarian, venimos de otro mundo, el submundo o el reino subterráneo, como quieras llamarle. Y tú… ejém, bueno, tú eres el futuro rey.
           Matilde esperó unos segundos para que Gabriel asimilara lo dicho. Él se mantuvo en silencio, cumpliendo con su promesa.
-Pues bien, hace varios siglos atrás, cuando faltaba solo un año para que subieras al trono, tú… decidiste escapar. No del todo, claro, pero a ti siempre te interesó el mundo de los humanos, el reino mortal. Tu padre era muy estricto con las reglas y nadie de nuestro mundo podía pisar el de los humanos, porque era muy peligroso. Ya sabes, en éste mundo los humanos… bueno, mueren.
-¿Y en el submundo no? –preguntó Gabriel, sin poder contenerse.
-No exactamente. La gente simplemente pasa a otro nivel. Pero acá… -Matilde trató de contener un escalofrío –bueno, la verdad es que no sabemos bien qué pasa cuando mueres acá. Lo que sí es seguro, es que si mueres acá no puedes volver al reino subterráneo. Claro que en tú caso es distinto.
-¿Cómo?
          Matilde suspiró.
-Tu padre casi pierde la cabeza cuando se enteró de que habías escapado. Los portales como éste se abren solo una vez cada cien años, y eso tú no lo sabías cuando decidiste venir. Y, bueno, estaba el pequeño problema de Sylar, por supuesto.
-¿Quién?
-Lo siento, supongo que se me olvida que no sabes nada… Sylar es el hermano de tu padre, o sea tu tío… pero no es muy buen tío que digamos. Verás, Sylar es el hermano mayor, por lo que el trono debería haber sido suyo, pero tu abuelo vio que en el corazón de Sylar no había honor ni compasión, solo egoísmo y ansias de poder y días antes de morir, declaró a tu padre como rey. Esto Sylar jamás se lo perdonó, y desde un principio intentó derrocar a tu padre. Él, siendo compasivo de naturaleza, no lo mató, pero lo encerró en la tierra del hielo, que es el lugar donde van a parar las almas perdidas.
Matilde se detuvo un momento a examinar a Gabriel. Éste tenía la mirada perdida, sintiendo que escuchaba una historia infantil más que su propia historia. Ella le puso una mano en el hombro y de inmediato se sintió mejor.
-Sé que es mucho para asimilar en un solo día.
-Está bien –dijo Gabriel sintiendo que las palabras a penas salían de su boca –continúa.
-Bueno, ehh… cuando te escapaste, nuestro reino perdió mucha fuerza y tu padre… digamos que se puso muy, pero muy triste. Y junto con abrirse el portal por donde tú saliste, salieron también los aliados de Sylar. Digamos que se rompió el equilibrio y Sylar vio una oportunidad.
-¿Oportunidad de qué?
-De eliminar al heredero al trono.
-O sea que… ¿Mi tío quiere matarme?
-Así es. Pero, como vez, no lo ha logrado. Verás, tu padre no tiene dominio en este lugar, por eso era tan peligroso que salieras… aquí, tanto los de nuestro reino como los de Sylar pueden entrar y salir, aunque por acuerdo nadie debía interferir en los hechos ocurridos en la historia humana. Sin embargo, ellos rompieron el trato… y por eso estamos nosotros acá.
-No entiendo, ¿cómo es que rompieron las reglas? ¿qué es lo que quieren?
-Tú has vivido alrededor de seis vidas en este mundo, Gabriel.
-Pero entonces he muerto… ¿cómo es que estoy acá?
-Bueno, como te decía, tu padre no tiene dominio aquí, y por acuerdo no debía interferir… sin embargo, cuando supimos que Sylar había mandado a su gente a matarte, llegó a una especie de trato con tu tío. Esto era, si tú morías de forma natural, cosa que, evidentemente nunca ha pasado, tu alma sería transportada hacia la luz, donde te reunirías con tu padre pero en espíritu, y no podrías gobernar.
-¿Y por qué nunca ha pasado?
-Porque a Sylar le interesa otra opción. Si tú… te quitabas la vida, pasarías a ser su prisionero y el trono quedaría a su merced.
-¿Y qué hay de solo matarme?
-Bueno, ahí está la cosa –dijo ella con una semi-sonrisa –matarte estaba prohibido. Pero, suponiendo que Sylar jamás respetaría las reglas, el rey ideó una manera en la que, si algún miembro de la orden de Sylar te matara, volverías a renacer en este mundo. Y eso es justamente lo que ha venido sucediendo hace así seiscientos años.
-¿Los aliados de Sylar me han matado durante todo ese tiempo?
-Sí. Al principio no se dieron cuenta de que tú volverías a nacer, y después de eso… bueno, por un lado impedían que encontraras el portal para volver, pero más que nada, digamos que todavía tienen la esperanza que de alguna manera tú… esto… esperan que te des por vencido.
-¿Y cómo me habría de dar por vencido?
-Bueno, manteniéndote en la ignorancia, rodeándote de violencia y maldad, haciéndote pensar que eres un bicho raro, alienándote del resto del mundo…y haciendo eso por años y años, pensaron que lograrían hacer que te quitaras la vida.
            De pronto Gabriel se sintió muy solo. ¿Dónde estaba entonces su padre, si lo quería tanto? ¿Por qué había crecido toda su vida en soledad? ¿Dónde estaban estos “aliados” en las otras vidas, cuando había sido asesinado por los enemigos? ¿Por qué tenía enemigos, si él nunca había hecho nada malo?
-Nunca has estado solo, Gabriel. Ni en esta vida ni en las anteriores. Aunque es verdad que te ha tocado muy duro… pero diablos, si pudieras recordar, al menos un poco, todo sería mucho más fácil.
En ese momento, tanto Gabriel como Matilde se levantaron alertas. Algo había crujido, pero no venía de los árboles ni del bosque. Era como si la tierra misma estuviese vibrando. El chico miró a Matilde alarmado, pero ella levantó una mano y se la llevó a los labios. Del centro del claro el suelo comenzó a vibrar aún más intensamente, y atónito, Gabriel observó cómo la tierra comenzó a hundirse para dejar, en cosa de segundos, un agujero en el suelo al parecer sin fondo. Antes de que pudiera decir una sola palabra, Matilde saltó de la sorpresa, se aproximó sonriendo al agujero y estiró la mano. Gabriel observó impresionado cómo un chico al parecer de su misma edad salía de la tierra ayudado por la niña. Estaba cubierto de polvo pero sonriente. Matilde se lanzó a sus brazos y se abrazaron como dos amigos que no se han visto en diez años. Gabriel los miró incómodo. Cuando ella logró desenredarse de los brazos del chico, se dirigió a Gabriel, sonrosada y sonriente. El recién llegado los miró con curiosidad.
-¿Cómo hiciste eso? –preguntó Gabriel atónito -¿Cómo es que has aparecido de la nada? ¿Quién eres?
-Gabriel, te presento a Bruno. –dijo Matilde poniéndose seria -Bruno es…
-¿Cómo que “te presento”? –interrumpió el recién llegado -¡Vamos, si nos conocemos de toda la vida! ¿Me vas a decir que…?
            Pero la mirada de Matilde pareció callar al muchacho. Paseó la mirada confuso entre ella y Gabriel y luego pegó una patada a una piedra, que salió disparada hacia una rama y la partió en dos.
-¿O sea que es verdad? –preguntó Bruno y la chica asintió –¿No recuerdas nada, Gabriel? ¿Nada de nada?
-Bueno ya basta con todo eso, ¿no? –Gabriel sintió que nuevamente enfurecía y la bestia volvía a despertar –No es mi culpa no recordar nada. Hasta hace dos días mi vida era normal. O casi, al menos. De pronto ahora un montón de desconocidos me presionan para que recuerde cosas que jamás he escuchado en mi vida. Estoy harto, ¿saben? ¡Harto!
            Gabriel se sintió avergonzado pero no podía dejar de sentir rabia con todo lo que había pasado. Quiso por un instante que la tierra lo tragase, hundirse en ese agujero que había aparecido de la nada y no volver más. Matilde lo miró con compasión. Bruno, al contrario, dejó salir una enorme carcajada. Gabriel lo miró con odio.
-Es bueno saber que al menos conservas tu personalidad, amigo –dijo el chico acercándose a él –Bueno. Ya que no recue…digo, dadas las circunstancias, me presento. Soy Bruno. Bueno, en realidad me llamo Brunildo Imagus Winddigins Tercero. Pero me dicen Bruno. Y tú me dices, me decías, digo, qué cosas, me dices Magus. Por mi habilidad.
               Gabriel intentó permanecer enojado, pero al mirar la cara de Bruno y su expresión divertida, no pudo mantener su postura rígida. Finalmente suspiró y luego estiró la mano en forma de saludo. Bruno se quedó mirándole la mano algo confundido y luego sorprendió a Gabriel cuando se le echó a los brazos y le dio un fuerte abrazo. El chico se mantuvo rígido por unos momentos, pero luego sintió como si su mente se abriera y una luz verde intensa lo cegó y momentos después una escena fugaz apareció ante él. Debía haber tenido unos ocho años y corría por unos corredores subterráneos junto a otro niño que, evidentemente, era Bruno. Los dos niños gritaban de alegría, con espadas de cartón en las manos. A medida que avanzaban por los corredores, éstos se iban convirtiendo en bosques hermosos, para luego pasar a convertirse en el sendero de una playa, a orillas de un mar azul y resplandeciente. A medida que Bruno iba pasando la mano por ellos, el ambiente iba cambiando, para gran alegría de Gabriel, que celebraba los cambios de su amigo con grititos de júbilo. De pronto llegaron a un lago que resplandecía bajo la luz de la luna. Los dos niños se sentaron en la orilla. Parecían extasiados.
-¿Esto también lo has hecho tú, Magus? –preguntó el niño Gabriel
-No. –respondió el chico –Nunca había visto este lugar.
-Es hermoso.
-Sí que lo es. –contestó Bruno pasando un brazo por los hombros de su amigo.
-¿Me prometes una cosa, Magus?
-Claro.
-Prométeme que vamos a ser amigos siempre. Pase lo que pase. Siempre de los siempres para siempre.
Bruno sacó entonces del interior de su chaqueta un amuleto, y Gabriel hizo lo mismo. El chico los juntó y se unieron como dos perfectos imanes.
-Amigos para siempre de los siempres.
              El amuleto era el mismo que la madre de Gabriel le había entregado antes de morir.
             Tan rápido como había llegado ese recuerdo, se esfumó, y Bruno dejó de abrazarlo con una sonrisa en su cara.
-Dime una cosa, Bruno… ¿tu poder es el de la ilusión?
Bruno miró sorprendido a Gabriel y luego a Matilde, que tenía la misma cara de sorpresa. Luego volvió a mirar al chico.
-¿Cómo lo sabes? ¿Lo has… recordado?
-Eso creo –dijo Gabriel sentándose nuevamente –No sé si es real o no, pero… creo que nos vi de niños. Corríamos por unos pasillos extraños y tú ibas cambiándolos, convirtiéndolos en bosques, en campos… y luego vi tu amuleto, es igual al que yo tengo… y luego…
-¡Eso es genial! ¡Es increíble! –Bruno comenzó a dar saltitos emocionado -¿Te das cuenta de lo que significa? ¡Pero di algo, Matilde!
            Matilde estaba petrificada por la sorpresa. Bruno se acercó a ella bailando y dando saltitos, y la empujó hacia Gabriel. Éste se sintió cohibido, y no entendía bien la reacción de la chica. ¿Acaso no le había estado diciendo todo este tiempo que debería recordar?
-Es estupendo, Gabriel. Realmente… facilita mucho las cosas. Quizás es verdad y empiezas a recordar. –lo miró durante un segundo y prosiguió -Tú y Bruno han sido siempre los mejores amigos.
-Bueno, y como ya debes saberlo, Matilde y tú… -pero la mirada de Matilde lo detuvo. Miró a la chica y a Gabriel confundido -¿Es que no has logrado recordar nada de Matilde? –Gabriel meneó la cabeza– Ah, eso lo explica todo. Bueno, basta decir que tú, Matilde y yo hemos sido inseparables desde pequeños. Ya vas a recordarlo, no hay apuro… bueno, sí lo hay pero hay que tomarlo con calma… ¡Ah! Me muero de hambre.
-Espera –Gabriel seguía muy confundido -¿Puedes decirme de dónde demonios has salido y qué haces aquí… Magus?
            Bruno volvió a reír juvenilmente. Como si no pudiera mantenerse quieto, volvió a dar saltitos de felicidad mientras hablaba.
-Bueno, supongo que lo que hago aquí es obvio, ¿no? ¡Voy a acompañarte al viaje! ¿No lo encuentras emocionante? ¡Ah, siempre quise tener aventuras de este tipo! Tú no te acuerdas, pero cuando niños siempre hablábamos de tener miles de aventuras, de salir al mundo y de… bueno, hasta que tú saliste por tu cuenta. Pero eso no importa ya, lo importante es que estamos juntos de nuevo y que por fin vamos a tener nuestra aventura. ¿No es increíble, Gab? ¡Oh, cuanto los he extrañado!
Bruno se acercó a Matilde y Gabriel y les dio otro abrazo. Gabriel, que aun quería mantenerse enojado, no pudo contra el entusiasmo de Bruno, y terminó abrazándolos de vuelta. De pronto se sintió, por primera vez en su vida, como si estuviera en casa. Miró a Matilde y la chica le devolvió una sonrisa encantadora.
-Bueno, está bien, pero díganme ¿de qué viaje están hablando?
-Eso es mejor que te lo explique Arkarian, Gabriel.
-¡Arkarian! –gritó Bruno -¡No he visto a ese viejo sabiondo hace tanto tiempo! Vamos, que además tengo un mensaje importante para él. Y me muero de hambre.
           Los tres nuevos amigos se pusieron a caminar, escuchando cómo Bruno parloteaba incesantemente acerca de mil cosas a la vez. Matilde iba silenciosa pero mantenía una sonrisa en su cara, y Gabriel por primera vez sintió que conocía a estos dos chicos de toda la vida y que quizás, solo quizás, ya no estaría más solo.

martes, noviembre 10, 2009

Paréntesis

http://www.paula.cl/blog/concurso-de-cuentos/2009/11/06/resultados-concurso-de-cuentos-paula-2009/


Finalista del concurso de cuentos Paula.
Por algo se empieza.

Capítulo 3

-¿Gabriel? Despierta, muchacho.



Gabriel abrió los ojos lentamente. La cabeza le pesaba y le daba vueltas. Ya no estaba en el bosque, sino en un lugar protegido, caluroso. La chimenea calentaba una habitación de madera. Unos ojos cafés profundos lo miraban con preocupación.


Gabriel se levantó súbitamente. Los recuerdos comenzaron a agolparse en su mente. Todo era confuso, excepto una cosa: su madre había muerto. Lo podía sentir aun, palpitándole en el pecho. Trató de incorporarse, pero dos manos fuertes y a la vez suaves lo detuvieron. Gabriel alzó la vista y vio a un hombre ya mayor, que lo miraba fijamente. Más allá, cerca de la chimenea, Matilde trataba de calentar su cuerpo y lo miraba inquieta.


-¿Dónde estoy? ¿Quién es usted? –luego miró a Matilde y su voz se quebró –Me mentiste, Matilde. Pensé que al seguirte podría salvarla... mi madre...


Gabriel no pudo seguir hablando y dos lágrimas recorrieron sus mejillas. Matilde lo miró con tristeza.


-Lo siento tanto, Gabriel. –la voz de la chica, aún cantarina, detonaba profundo pesar –Tenía que sacarte de ahí. Tenía que hacerlo. Haría lo que fuera por ti. Espero que alguna vez puedas perdonarme.


El chico miró sorprendido a Matilde y se avergonzó en el acto de haberla acusado. En su voz había tanta honestidad y humildad que no pudo evitar sentir haberla herido aunque fuera en lo más mínimo. Ella se acercó lentamente al chico y puso ambas manos en sus hombros. Al instante Gabriel se sintió envuelto en una sensación cálida.


-Lo siento mucho, Gabriel –dijo el hombre de los ojos cafés -Tu madre ha muerto. Y si es culpa de alguien, no es tuya sino mía.


Gabriel se quedó mirando al hombre, que lo miraba con ojos llenos de culpa y tristeza. Su madre había muerto. Su madre ya no estaba. Nunca más volvería a verla.


Trató de que sus ojos se secaran, de no llorar frente a Matilde, que dejó a Gabriel y volvió a la chimenea, y al hombre que tenía por delante, pero otra lágrima solitaria le recorrió las mejillas. Trató de distraerse mirando la habitación en donde se encontraba: era una pieza pequeña, hecha de madera antigua, con varias repisas llenas de libros, una chimenea, una mesa y varias sillas. Matilde lo miraba seria desde la chimenea; pudo percibir su tristeza por él, su preocupación y algo más que no pudo definir en aquel momento. Como si Matilde adivinara que Gabriel la estaba examinando, desvió la mirada y las sensaciones se terminaron. Volvió entonces la vista hacia el hombre. El sentimiento de angustia disminuyó, y en vez de eso, una sensación de confianza y protección lo embargó con la mirada del anciano. Entonces recordó lo que le había dicho.


-¿Por qué has dicho que es tu culpa lo de mi madre? ¿Quién eres?


El hombre lo miró con ternura.


-Porque lo es. Oh, mi querido Gabriel. He esperado largo tiempo para ver tus ojos nuevamente.


El hombre lo miró con una abierta sonrisa, y le apretó el brazo, que se calentó enseguida.


-¿Quién eres? Siento que te conozco, de antes… -miró a Matilde, que asentía sonriente.


-Así es, y lo mismo te pasa con Matilde, ¿no es así?


-Sí. ¿Qué está pasando? Por favor, siento que en estos últimos días todo está al revés. Mi madre ha muerto… -tuvo que contener el nudo que se formó en su garganta al decir esto –y luego ustedes, y este lugar, que de pronto me parece familiar… siento que estoy perdiendo el juicio.


El hombre y Matilde se miraron con preocupación. Matilde le hizo una seña al hombre, y salió por una pequeña puerta que había al lado de un estante con libros. Gabriel se incorporó de la cama y se sentó; presentía que por fin iba a recibir respuestas. Vio cómo el hombre se sentaba en un silloncito cerca de él y con tranquilidad, prendía una pipa.


-Bueno, Gabriel, primero que todo, debo decirte que lamento mucho la muerte de tu madre.


Gabriel sintió cómo sus ojos se llenaban de lágrimas.


-Creo que podría haberlo impedido… si me hubiera dado cuenta antes, si esta noche…


Gabriel rompió a llorar y por algunos momentos el hombre se quedó en silencio, observándolo. Luego de unos momentos, Gabriel comenzó a tranquilizarse. Lo miró avergonzado.


-No habrías podido impedirlo, querido Gabriel. Al menos no todavía. Y no te avergüences por llorar. Lamentablemente, eso te ocurrirá muchas veces más en el futuro. Es importante que cuando estés triste, saques ese sentimiento afuera, porque es la única manera de que desaparezca de tu interior. Lo mismo pasa con los demás sentimientos, como por ejemplo, la ira. Tienes que botarla –con esto no me refiero, por supuesto, a la violencia –porque si no lo haces se quedará atrapada en ti, y afectará a tu alma. ¿Sabes por qué te digo todo esto?


Gabriel negó con la cabeza, incapaz de articular una palabra.


-Porque eres diferente. Y creo que ya lo sabes. Sientes con intensidad, quizás demasiada, lo que te pasa a ti y, más importante, lo que siente y piensa el resto. Eso tiene sus ventajas y sus desventajas, como todo en esta vida. El problema es que durante el curso de los últimos días, esta característica, por así llamarla, ha pasado a términos mayores. Tengo entendido que tuviste un encuentro bastante desagradable con un joven llamado Kronus, ¿no es así?


Gabriel miró con sorpresa al hombre. ¿De dónde salía esta gente que parecía saberlo todo sobre él?


-Sí, pero todavía no entiendo...


-Por supuesto que no entiendes, querido. Nadie te ha explicado nada y los eventos de las últimas horas han sido demasiado perturbadores. Sin embargo, te encuentras en un lugar seguro, y tus preguntas serán respondidas. Pero antes, creo que debo presentarme. Mi nombre es Arkarian y soy, y siempre he sido, tu instructor, maestro y amigo.


Gabriel lo miró sin saber qué responder. Su parte racional le decía que ese viejo que tenía delante era un completo extraño, diciéndole cosas absurdas, sin sentido. Pero otro lado, un lado que había sentido siempre latir pero que le provocaba angustia y lo ocultaba, le decía que lo que escuchaba era verdad. De pronto, su cabeza comenzó a dar vueltas, y no pudo evitar llevarse las manos a la frente. En ese momento, apareció Matilde, con una taza de chocolate, y un plato con avena. Se las puso enfrente, con una sonrisa dulce. Gabriel se secó los ojos.


-Será mejor que comas y tengas una buena noche de sueño, Gabriel –le dijo Arkarian –no te preocupes por las preguntas que todavía no han sido respondidas. Hay tiempo. Mientras te encuentres aquí, estás a salvo. Al lado hay una habitación dispuesta para ti: hice traer tu ropa y tus cosas y, por supuesto, el medallón.


Arkarian le entregó la cajita de mármol que contenía el medallón que su madre le había entregado. Gabriel la tomó, y sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas. Matilde se acercó, tímida, y le puso la mano en el brazo. Instantáneamente se calmó.


-Será mejor que de aquí en adelante lo lleves puesto.


Gabriel volvió a sentir que la voz de esa chica era como una melodía familiar. Asintió y se puso el medallón. Al instante, una sensación cálida se apoderó de él. Viendo Arkarian que Gabriel comenzaba a bostezar, lo guió a su nueva habitación. Era de madera, con una chimenea que en esos momentos estaba prendida, una cama, un velador y un estante con libros. Gabriel se sintió instantáneamente en casa, y pensó en lo mucho que le gustaría quedarse allí para siempre, protegido entre esas cuatro paredes. De ese pensamiento, recordó que su padre debía, en ese momento, estar con el cuerpo inerte de su madre. Por primera vez en su vida, Gabriel sintió compasión por Alfonso.


-¿Y mi padre? ¿No debería volver, estar con él?


-De ninguna manera. –respondió Matilde, llena de rabia –Aun no puedo creer que…-pero antes de terminar la frase, la chica miró a Arkarian, que la miraba significativamente y se calló.


-Hay que avisarle al resto, Matilde. Creo que nadie sabía con certeza lo que estaba sucediendo hasta hoy. ¿Puedes encargarte de ello?


Matilde asintió con fuerza, miró una vez más a Gabriel, y salió por la puerta. Gabriel miró a Arkarian atónito.


-¿A dónde fue Matilde?


-Matilde fue a… resolver algunos problemas. Respecto a tu padre, no te preocupes por él. Y creo que ya no puedo retrasar más esta información, tienes el derecho a saberlo. El hombre al que has llamado por los últimos 14 años como padre, no lo es. Alfonso no es tu padre.


Gabriel miró a Arkarian paralizado. Pero ahora todo comenzaba a cobrar sentido. No dijo nada y el hombre esperó a que Gabriel ordenara sus pensamientos para proseguir.


-Alfonso es el hombre que pusimos a tu cargo...una especie de guardián, pensando equivocadamente que podríamos confiar en él. Tu verdadero padre se encuentra en otro mundo, esperando por ti. Pero sobre eso, te contaré más mañana. Por ahora, descansa y ten la seguridad de que no estás solo. Hay mucha gente a tu alrededor protegiéndote, y tu padre, sobre todo, te extraña hace muchísimo tiempo y espera tu llegada.


Al terminar de decir esto, Arkarian se retiró, dejando solo a Gabriel con su mente alborotada. Una gama infinita de sentimientos y pensamientos le rodeaban la cabeza y el cuerpo. Se sentía cansado. Se metió en la cama, con una sensación repentina de un frío que no venía de ninguna parte, sino de dentro. Un frío que congelaba su mente y todo su cuerpo. Cerró los ojos, pero no podía dormir. El recuerdo de su madre era cada vez más doloroso, pero otros pensamientos ocupaban su mente al mismo tiempo. ¿Qué había dicho Arkarian sobre su padre? La verdad es que nunca se sintió relacionado con Alfonso. Desde que tenía uso de razón, había sentido lejanía por su parte, una lejanía fría, que pronto se transformó en una ira contenida. La verdad es que siempre había sentido miedo hacia él. Un miedo que iba más allá de los crueles castigos, de los retos, de la indiferencia, de la rabia. Un miedo más antiguo, que de pronto se materializó en esa pieza donde estaba, acogedora, sí, pero sin poder para protegerlo de él mismo. Sentía que su cabeza iba a explotar. Luego, perdió el conocimiento.

jueves, noviembre 05, 2009

Capítulo 2

Gabriel se despertó tarde y muy cansado. Le dolía la cabeza, como cuando tenía pesadillas. Solo que esta vez, había sido todo lo contrario. ¿Había sido real? ¿Había venido realmente una niña a llevarlo a un claro del bosque? Había sido demasiado vívido para ser un sueño, aunque en realidad la mayoría de sus sueños se sentían escalofriantemente reales. Se metió a la ducha rápidamente para no encontrarse con su padre, pero cuando iba saliendo escuchó su voz.


-¿Se puede saber a dónde andabas anoche?


-Yo… yo… -Gabriel balbuceó confuso la respuesta, buscando algo medianamente inteligente que decir.


-¿Crees que soy un viejo estúpido, no? ¿Que no me iba a dar cuenta? ¡Eres tú el estúpido, si piensas que voy a seguir soportando tus rarezas, entendiste? Con tu madre enferma podrías al menos no meterte en líos y hacerme la vida más fácil.


-Sí, señor.


Alfonso lo miró con desprecio.


-Estás atrasado. Más te vale que no llegues tarde nuevamente porque si me entero de eso, te voy a sacar de esa escuela y vendrás a trabajar el campo conmigo. ¿Entendiste? Harto mejor harías ahí que en esa escuela donde al parecer no te enseñan nada.


Gabriel corrió a su bicicleta y pedaleó con fuerza. Mientras se alejaba de su casa por el camino de tierra, sintió que su mente iba a explotar de frustración y de ira. Pedaleó con más fuerza, tratando de expulsar estos sentimientos a través del ejercicio. Sin embargo, no llegó mucho más lejos, porque su bicicleta, que iba a gran velocidad, no pudo sortear un pedazo de tronco que había caído en el camino, y Gabriel salió disparado hacia delante. Se estrelló contra el suelo y rodó unos metros más allá. Cuando trató de levantarse, se dio cuenta de que tenía el brazo torcido, una gran herida en la rodilla, la frente y en los codos. Se sentó al lado del camino, y tomando dos largas bocanadas de aire, puso sus manos primero sobre el brazo roto, luego sobre su frente, sus codos y finalmente su rodilla. Cuando terminó, estaba completamente curado. Miró su bicicleta, que se había partido en dos, y colocando las dos partes juntas, hizo lo mismo y la bicicleta quedó como antes. Finalmente se puso a pedalear con más fuerza que antes hasta la escuela del pueblo, pero llegó tarde por cinco minutos.


Gabriel se deslizó por el largo pasillo rápido y sigiloso, casi invisible. Cuando estaba a punto de llegar a su sala, una voz lo sorprendió por la espalda.


-Otra vez tarde, ¿no Luminis?


El inspector Aurus Umbrales era un personaje alto y flaco, pero con una imponente postura y unos ojos que destilaban odio por Gabriel. Éste siempre había tratado de “entrar” en la mente del inspector, para saber por qué le tenía ese odio tan intrínseco, de dónde venía y por qué siempre tenía una sensación de alerta cuando se encontraba bajo su presencia. Pero, extrañamente, cada vez que lo intentaba, se encontraba con una pared en blanco. Para esta época, Gabriel había aprendido a la perfección cómo controlar esta extraña característica con la que, al parecer, había nacido, cerrando su mente cuando no quería sentir ni ver nada sobre las demás personas –cosa que, de lo contrario, no habría podido soportar dentro de la escuela, con cientos de estudiantes dentro de ésta –y abrirla de la misma manera cuando sentía curiosidad o necesitaba “ver” o sentir algo sobre determinadas personas. Esto lo había ayudado en innumerables ocasiones, como cuando corría peligro caminando de noche hacia su casa después de detención en la escuela, o en clases, cuando no había podido estudiar para alguna prueba a causa de los castigos de su padre. Pero con el inspector, aquello era imposible. Gabriel se preguntó por qué.


-Lo siento, señor Umbrales. La puerta se cerró… no alcancé…


-Siempre es lo mismo con usted, Luminis. Siempre con alguna excusa. Esta vez no se librará de una papeleta a su padre. Y si no me equivoco, no estará muy contento, ¿no es así?


Umbrales esbozó una sonrisa irónica. Gabriel contuvo los deseos de replicar, y entró a la sala. Los alumnos estaban en silencio escribiendo. Algunos levantaron sus cabezas para mirar a Gabriel, pero la mayoría siguió con su trabajo. La señorita Rainy le regaló una bondadosa sonrisa, y Gabriel cayó en su asiento dando un suspiro.


-Otra vez tarde, ¿no? –le susurró la voz de Kronus, su eterno enemigo dentro del curso, desde atrás de su asiento –espero que esta vez tu padre te pegue lo suficiente como para que no vuelvas más a la escuela, Luminis.


Kronus era, para Gabriel, un ser completamente detestable. Aunque desde fuera no lo representaba. Kronus era alto y fornido, rubio y con una sonrisa que parecía derretir a quien se le pasara por delante. Gabriel siempre había sentido un odio innato hacia él, y al parecer lo mismo le sucedía a Kronus, pero –y esto solo lo pensó Gabriel en ese minuto –al igual que con el inspector Umbrales, nunca había podido ver ni sentir absolutamente nada en el chico, solo los actos visibles de su odio hacia él.


Gabriel se dio vuelta violentamente, dispuesto a plantarle un puño directamente en la cara a ese imbesil de Kronus, cuando la puerta de la sala se abrió de golpe, y todos los alumnos se volvieron a la entrada.


Ahí estaba Matilde, vestida con el uniforme de la escuela y con una amplia sonrisa en la cara. Los niños la miraron deslumbrados pararse en frente de la clase y escucharon sin escuchar la presentación de la profesora sobre la nueva estudiante. Gabriel escuchó atónito a la profesora señalarle a Matilde un asiento desocupado justo a su lado, y en medio de lo que creyó ser una ensoñación vio a la niña tomar asiento y guiñarle un ojo.


-¿Matilde? ¿Qué haces aquí? ¿No fue un sueño? ¿Quién eres?


Matilde enroló sus ojos con fastidio.


-¿De nuevo con las mil preguntas? Ya te dije, me llamo Matilde Truhnel, y no, por milésima vez, no fue un sueño. Tú entre todos los demás deberías aprender a distinguir la realidad de la fantasía, Gabriel.


La profesora Rainy se aclaró la garganta mirando hacia ellos, y Matilde se volvió de frente a la señora, por lo que Gabriel no pudo responder. El chico trató de seguir la clase, pero mil preguntas se atropellan unas a otras dentro de su mente. Era como si uno de esos sueños tan vívidos que había tenido desde niño de pronto entrara a la realidad como si fuera lo más natural del mundo. Esta sensación se incrementó al punto de que su corazón le pareció que iba a reventar cuando, en un minuto en el que la profesora Rainy conversaba con un alumno distraídamente, Matilde se acercó a Gabriel y en un susurro le dijo:


-Cuando nos vimos anoche, pensé que me recordarías.


Gabriel, quedó perplejo. No, si la hubiera visto antes de seguro se acordaría de ella. A menos que… Pero no, era imposible que esto estuviera relacionado con aquel incidente hace un par de meses…


El timbre sonó en la mitad de este pensamiento, y antes de que alcanzara a agarrar a Matilde, alguien más lo había hecho. La peor persona posible. Kronus. Odiaba a ese chico. Desde niños, él y Kronus habían sido enemigos jurados, como dos chispas de electricidad que al chocar explotan. Kronus era malo, Gabriel podía percibirlo aunque no tenía forma física de probarlo. Pero veía la crueldad con que trataba al resto del mundo –sobre todo a él -, la manipulación que utilizaba con los profesores y sus compañeros, que al parecer nadie más veía. Y, lo peor, era que aparentemente esta característica había aumentado últimamente, al punto de que podía, más o menos, hacer que los demás hicieran lo que él quisiera.


Kronus se acercó a Matilde y, con esa sonrisa falsa pero según las chicas, encantadora, le dijo unas palabras en el oído y luego, en voz alta, pidió que almorzaran juntos. Gabriel vio lo inevitable; la sonrisa atontada de cada chica a la que Kronus hacía esto, y luego la aceptación. Pero de pronto, la sonrisa de Matilde se quebró sorpresivamente, y con un gesto firme, le dijo a Kronus que se alejara de ella. Kronus la miró atónito, y luego, mirando de reojo a Gabriel, salió de la sala.


Gabriel miró atónito a Matilde, que se acercó hacia él.


-No puedo creer que no te fueras con él. La mayoría de la gente…


-Sí, me lo imagino. Pero a mí no me va a engañar, Gabriel. Al menos mientras te tenga a mi lado.


-¿Qué quieres decir con eso? ¿Por qué actúas como si ya nos conociéramos? ¿Quién eres realmente, Matilde? ¿Me estás jugando una mala broma?


-Gabriel, tienes demasiadas preguntas, y entiendo que así sea. Pero ahora no tengo tiempo de responderlas… tengo que irme a un lugar. Lo que sucedió anoche es demasiado irregular... –ahora parecía estar hablando sola –y el hecho de que no tengas idea de nada...


-No entiendo nada. Por favor, explícame. ¿Cómo es que conoces a mi padre, cómo me conoces a mí, de qué es lo que no tengo idea?


Matilde lo observó de forma compasiva. Pero miró el reloj y negó con la cabeza.


-Lo siento, Gabriel, pero no creo ser la persona adecuada.Y lamento no poder decirte a dónde voy, y responder a todas tus pregunta. Te juro que lo haría, pero te prometo que la mayoría de ellas serán respondidas muy pronto. Antes, debo saber una cosa. ¿Hay algo… me refiero a algo sobrenatural que puedes hacer y que nadie más puede? Al menos ya sé que tienes un sentido agudo cuando se trata de los otros. Sentiste el peligro anoche en el claro, ¿no es cierto? ¿Hay algo más?


La pregunta dejó atónito a Gabriel. ¿Cómo podía saber ella que desde niño podía curarse y curar objetos? ¿Y sentir, y ver las vidas de las demás personas? ¿Lo habría espiado esta mañana, cuando se cayó en la bicicleta? ¿Quién era esta niña tan misteriosa? Trató de entrar a su mente, pero ella, esbozando una sonrisa, le dijo:


-Conmigo no vas a poder. Pero no es necesario; siempre seré honesta contigo.


-¿Cómo sabes…?


-Otra pregunta que, lamento, no puedo responder ahora. Pero sí te diré un par de cosas: no le muestres a nadie tu poder de sanación, y menos tu sobre-sensibilidad, no te acerques a Kronus, mantente lejos de tu padre y te digo esto último con todo mi corazón: puedes confiar en mí.


Al terminar de decir esto, Matilde corrió fuera de la clase y desapareció. Pero las últimas palabras de ella habían llenado de calor el pecho de Gabriel. No entendía nada, pero algo sí tenía claro; podía confiar en Matilde. No sabía cómo, si en realidad desconfiaba de la mayoría de la gente, pero algo le decía que le había dicho la verdad. Podía confiar en ella. Tenía un aliado.


Gabriel pedaleó lentamente por el camino de tierra que llevaba a su casa, aislada del resto del pueblo. Esta vez, no lo apremiaba la familiar pero igualmente desagradable angustia que siempre se apoderaba de él cuando volvía a casa. Esta vez, una paz salida de quién sabe dónde lo acompañaba, y lo dejaba disfrutar del paisaje, del sol que bañaba los cerros, del pasto verde que tapizaba la tierra, de los árboles, más antiguos que todos los hombres que pisaban hoy el mundo. Y en medio de estos pensamientos, no vio la silueta de Kronus esperándolo en la mitad del camino.


-Hola, Luminis. Te estaba esperando.


-¿Qué quieres? Déjame en paz, sino te juro que te voy a romper la nariz.


-Ja. Puedes intentarlo. Pero antes, mírame a los ojos. Quiero probar algo.


Gabriel, extrañado, miró a Kronus, y de pronto el suelo donde estaba, los árboles y el campo que lo rodeaba, comenzaron a desaparecer. Sintió miedo. La oscuridad lo envolvió por algunos segundos, y se vio a sí mismo, pero en otro lugar, otra época. Se vio con sandalias, con ropajes pobres y rodeado de hombres con antorchas, que gritaban palabras inconfundibles. Poco a poco, aunque era evidente que se trataba de un idioma que Gabriel desconocía por completo, comenzó a entender las palabras. “¡Brujo! ¡Demonio! ¡A la hoguera...!” El chico sintió pánico, mientras dos hombres se acercaban a él, lo amarraban y se lo llevaban a un calabozo. Uno de ellos le susurró al oído: “Esto te pasa por ser tan diferente, por tus supuestos poderes… eres diabólico, Gabriel, eres un error de este mundo, no deberías haber nacido…”. Luego lo torturaron hasta que Gabriel cayó rendido en el suelo. Uno de los hombres se agachó a su lado:


-Tienes dos opciones. Podemos seguir torturándote hasta que mueras, o puedes decidir quitarte tu propia vida. Aceptar que eres un ser maligno, que no perteneces a este mundo… morir con un poco de honor.


Gabriel lo miró con los ojos borrosos. Lo pensó durante un minuto: quizás era mejor terminar ya con todo esto, quizás era cierto y él era un ser maligno, era un error… pero de pronto una fuerza salió de su interior y bloqueó todos estos pensamientos, dándole valor.


-Puedes torturarme todo lo que quieran. No me voy a quitar la vida.


Lo último que escuchó Gabriel antes de perder la conciencia fue un grito de rabia incontenible, nacida de aquellos dos hombres.






De la oscuridad, poco a poco volvió a formarse el campo, el camino, su bicicleta, su propio cuerpo y Kronus, frente a él, con una sonrisa de satisfacción en su cara. Gabriel lo miró asustado.


-¿Qué me has hecho? ¡Explícamelo ahora, Kronus! ¿Qué fue eso que me hiciste vivir? ¿Alguna fantasía tuya, quizás?


-Para nada, “amigo”. Todo lo que has visto y experimentado te pasó en verdad. ¿Quieres otra prueba?


Antes de que Gabriel pudiese protegerse o al menos escapar de la vista de Kronus, la realidad comenzó nuevamente a desaparecer, y se vio a sí mismo, de dos años, sentado en una cuna hecha de madera. Alfonso le apretaba los brazos, mientras Gabriel lloraba de dolor. A su lado, había un juguete roto, que Gabriel instintivamente había reparado. Su padre se enfureció con él, y le dijo algo que, por supuesto, a esa corta edad no había logrado comprender:


-Más te vale que reprimas tus poderes, pequeño engendro del demonio. Más te vale, porque si no, te haré la vida imposible, ¿me entiendes?


En ese momento entró su madre, y miró con sorpresa a Alfonso, y luego a Gabriel. Los moretones en sus brazos se curaron instintivamente. Al ver ambos este hecho, la madre de Gabriel trató de acercarse a su hijo, pero Alfonso se lo impidió. Tomándola por la cabeza, apretó su pulgar en su frente, y segundos después su madre cayó al suelo, inconsciente. Luego su padre se acercó a él, y Gabriel volvió a llorar. Antes de saber qué pasó después, la oscuridad volvió a envolverlo, y se encontró nuevamente en el camino, frente a Kronus. Se desplomó en el suelo. Kronus, lanzó una carcajada.


-No sabía que podía hacerte esto hasta ahora, Luminis. Puedes agradecérselo a tu amiguita. Eres tan débil, Luminis. Haces que esto sea demasiado fácil...


La tierra iba a comenzar a desaparecer nuevamente, pero se escuchó un grito que desconcertó a Kronus. Gabriel no pudo ver quién era, porque Kronus de pronto se apretó el estómago con dolor, y antes de darle una última mirada de odio a Gabriel, le propinó un golpe en las costillas y luego comenzó a alejarse.


-Espero que esto sea suficiente, Gabby –le dijo antes de alejarse en -Ahora ya sabes contra quién te estás metiendo.


Gabriel se quedó tendido en el suelo. Sanó sus costillas, pero la sensación de terror, soledad y desolación todavía latían en su cuerpo de forma casi insoportable. No era capaz de moverse. Sintió, de pronto, que nada era real, que este suelo que estaba pisando en ese momento podía desvanecerse en cualquier minuto. Confundido, no sintió unos pasos que se acercaban a él.


-Levántate, Gabriel.


Gabriel miró hacia arriba y vio a Matilde, con sus ojos verdes llenos de compasión. Ella lo ayudó a levantarse, y el chico se tambaleó, todavía confundido. Fue entonces cuando Matilde puso sus manos sobre la cabeza de Gabriel, creando una pequeña luz azul sobre esta. El chico se sintió inmediatamente mejor, con los pies bien puestos en la tierra; sintió calor, protección y algo más que no lograba distinguir bien.


-Kronus no debería haber hecho esto, Gabriel… lo siento mucho.


Miró a Matilde, con ojos llenos de lágrimas.


-¿Qué está pasando, Matilde?


Ella lo miró con ternura.


-Tienes que entender que no eres el único con poderes… pero todo lo que está sucediendo en este minuto, no debería estar pasando tan pronto. Lamento no poder decir más, pero no soy yo la que debe informarte de todo esto. Pero ten en cuenta esto: tienes aliados y enemigos en este mundo, y tú eres el centro de la batalla. No puedo explicarte por qué… pero ten calma, ya que las respuestas llegarán más pronto de lo que crees. Entre tanto, guíate por tus instintos, y –Matilde hizo una pausa –ten cuidado.


Le apretó la mano, y luego salió corriendo, dejando a Gabriel con una sensación extraña de alivio, pero al mismo tiempo de un miedo latente y confuso.


Pedaleó rápidamente y casi no se dio cuenta cuando llegó a su casa. Dejó la bicicleta al costado, amarrada con una cuerda y un pequeño candado. Miró el cielo: las primeras nubes del inverno hacían su aparición. Sintió una corriente helada de viento, y se apresuró a cerrar el cerco de los caballos, tapar a los pájaros y gallinas, darles de comer y tapar a las plantas del invernadero, y agarró un montón de leña. Se sacó las botas y entró a la casa. Estaba silenciosa y fría. Se apuró en encender la chimenea y subió al segundo piso, en busca de alguna señal de su padre. En vez de eso, el único ruido que se escuchaba era la respiración agitada de su madre. Gabriel abrió despacio la puerta, y ella lo miró sorprendidam con una sonrisa de alivio y profundo cariño.


-Gabriel, querido, acércate a la cama. He esperado mucho para tenerte aquí, a mi lado.


-Papá me ha dicho que me mantenga alejado, porque mi presencia te hace mal, mamá. ¿Es cierto?


-Por supuesto que no, hijo, tu presencia me hace mucho bien. Más del que puedas imaginar. Pero debes hacerle caso a tu padre, trata de no hacerlo enojar, por tu propio bien…


Su madre comenzó un ataque de tos, mientras se tapaba la boca con un pañuelo. Instintivamente, Gabriel puso ambas manos sobre el pecho de su madre, y el ataque de tos se terminó. Ella respiró aliviada y le sonrió. Gabriel vio que el pañuelo estaba bañado de sangre. Intentó poner nuevamente sus manos sobre el pecho de su madre, pero ésta las agarró y las puso sobre las suyas, acariciándolas.


-Mamá, creo que puedo sanarte. Creo que…


-Lo sé, cariño. Sé que puedes hacerlo y que quieres con todo tu corazón poder sanarme. No tengo duda alguna de que lo lograrías. Pero eso no solucionaría nada. La vida, hijo, como te tocará aprender muy pronto, tiene sus formas de cumplir lo que es destinado a hacerse, y el hecho de que me sanaras no cambiaría las cosas. Algún día lo entenderás.


-Pero mamá…


En ese momento se escuchó el crujido de la puerta. Su madre tomó las manos de Gabriel con aprensión.


-Huye, Gabriel. Hoy mismo. Tienes que salir de aquí. Creo que Alfonso se ha enterado… creo que ya sabe…


La mujer volvió a tener un ataque de tos, pero cuando Gabriel volvió a poner sus manos sobre ella, sintió la ira de su padre y su presencia en el marco de la puerta.


-Te he dicho que no molestes a tu madre, Gabriel. ¿Cuántas veces tengo que repetirte las cosas?


-No lo culpes, yo he sido la que lo ha llamado. Es solo un niño, Alfonso.


Alfonso miró a Amelia de forma extraña, pero suavizó la voz.


-¿Encerraste a los caballos?


-Sí, señor.


-¿Y diste de comer a los pájaros, tapaste las plantas del invernadero?


-Sí, señor.


Alfonso miró durante unos momentos a Gabriel, y luego a Amelia, que lo miraba suplicante.


-Pues bien, entonces creo que puedes hacer las tareas mientras preparo algo de comer.


Gabriel asintió y observó por última vez a su madre. Élla miró en sus ojos azules, iguales a los suyos, y le sonrió. Al salir Gabriel escuchó susurros suplicantes de su madre y algo incomprensible por parte de Alfonso, pero claramente estaban discutiendo. Gabriel se alejó de ellos con el corazón contraído por la tristeza y un funesto presentimiento.


La cena con su padre, al menos, estaba silenciosa. Alfonso se veía nervioso y tenso. En general Alfonso criticaba o retaba a Gabriel sobre algo en particular que había hecho, o simplemente se quejaba de lo anormal que era. Pero esta vez, ambos comieron en silencio, y mientras Gabriel lavaba los platos, escuchó la voz temblorosa de su padre desde las escaleras:


-Voy a darle de comer a tu madre, y luego iré a hablar contigo a tu pieza. Así que asegurate que esta vez estarás ahí. Si no haces lo que te digo te juro que te arrepentirás, Gabriel.


-Buenas noches a ti también, papá… -susurró Gabriel mientras terminaba de secar el último plato. De pronto sintió pánico. No sabía bien por qué; si por la soledad que sentía, si por el deseo de tener un padre que realmente lo quisiera, si por la inevitable muerte de su madre…


Este último pensamiento lo dejó helado. Su madre se había despedido de él. Sabía que pronto moriría, sino esta misma noche. Y no había nada que él pudiera hacer, se lo había dejado claro. “Huye, Gabriel”, le había dicho. ¿Huír de qué? ¿De su padre acaso? Pero el pensamiento de su padre, encerrado con ella en el cuarto, le dio escalofríos. Se paró con decisión. Los pensamientos se atropellaban los unos a los otros en su cabeza y el corazón el palpitaba con fuerza. No sabía bien por qué, pero tenía la certeza de que debía proteger a su madre. Pero antes de que subiera las escaleras, unos golpes en la puerta trasera lo obligaron a volverse. Se detuvo un instante. ¿Debería abrir? Finalmente, sin pensarlo mucho, lo hizo, y vio el pelo castaño brillante y los ojos verde intensos de Matilde que lo miraban fijo.


-Mira, es cierto que tengo muchas preguntas, pero ahora no tengo tiempo. Tengo que hacer algo… no lo entenderías. Y te agradecería que no te aparecieras así por mi casa, Matilde.-le dijo Gabriel, con un poco de sentimiento de culpa, pero apremiado por subir las escaleras y entrar al cuarto de su madre.


-Lo sé, Gabriel. Y por favor, no subas esas escaleras. No puedes hacer nada, tu madre te lo dijo. Por favor, confía en ella.


Gabriel se volvió y miró fijamente en los ojos de Matilde. ¿Cómo sabía…? Pero eso no importaba: nada lo detendría de hacer lo correcto. Por fin parecía que iba entendiendo un poco esta confusa serie de acontecimientos… lo único que sabía con certeza, era que su madre se había despedido de él. Y esta vez, para siempre.


-No entiendes. Mi padre… no me vas a creer, pero tengo la sensación de que esta noche mi madre va a morir.


Matilde lo miró con ternura.


-Lo sé, Gabriel. Pero el camino no es por esas escaleras. Es por aquí. Por favor, confía en mí y sígueme.


Gabriel la miró durante unos instantes. ¿Es que de pronto se había vuelto loco? ¿Había entrado en una especie de dimensión desconocida? ¿Por qué debería seguir a una completa extraña? Aunque algo le decía que…


-Matilde, yo… -Gabriel sentía ganas de llorar. Una gama de sentimientos intensos se agolpaban unos a otros en su interior. Le parecía que en cualquier momento iba a explotar.


-Mira, no hay mucho tiempo. Por favor, sígueme. Te prometo que encontrarás respuestas y, con un poco de suerte, paz. Ven, sígueme, todavía hay luna llena.


-Pero mi madre... –replicó Gabriel débilmente, encandilado con la chica y luchando contra las ganas de seguirla.


-Tu madre habría querido que me siguieras.


Gabriel miró a la chica y supo que decía la verdad, con la misma certeza que había sentido la primera vez que había visto a la chica y supo que siempre le creería. Miró por última vez las escaleras y pensó que quizás si seguía a Matilde, podrían juntos ir por ayuda. Salió de la casa, pensando en la absurda decisión que acababa de tomar. Pero ya estaba corriendo tras Matilde, y al menos durante el ejercicio, su mente pudo poco a poco comenzar a tranquilizarse. Sin darse cuenta, llegaron al mismo claro que la noche anterior Matilde había llevado a Gabriel. Pero esta vez, Matilde no se detuvo. Algo brillaba entre algunos de los árboles, lejano, algo que la noche anterior había llamado su atención, pero que no tuvo tiempo de examinar. Matilde siguió corriendo hacia esa luz y después de unos minutos, como si la tierra se la hubiera tragado, desapareció. Gabriel se quedó unos momentos mirando el lugar por donde Matilde había desaparecido, incapaz de tomar una decisión. ¿La seguía, al parecer, a la mitad de la nada, o se daba media vuelta? Un escalofrío recorrió su cuerpo. Sintió, de pronto, una tristeza profunda, incontrolable, al mismo tiempo que una ira extraña y, aunque pareciera extrañísimo, un sentimiento de satisfacción, todo al mismo tiempo. Sin ser capaz de controlar todas esas sensaciones que se agolpaban dentro de su cuerpo, recibió una más fuerte que las demás: absoluta y rotunda pérdida. Gabriel cayó sobre sus rodillas, y sin poder aguantar más, comenzó a llorar descontroladamente, sintiéndose más solo y más desprotegido que nunca. La desolación lo golpeó y supo que su madre había muerto. En medio de la confusión vió como Matilde reaparecía de la nada y se acercaba a él. Unos segundos después, perdió el conocimiento.