Hace ya una semana que estoy viviendo en mi nuevo depto. Hay muchas cosas que podría decir sobre eso, pero son demasiadas y todavía no asimilo ni un cuarto de ellas. Como el hecho que tengo que empezar a pagar cuentas y no tengo idea de cómo voy a hacerlo. O de que estoy viviendo sola. Sola. Sola.
Pero lo que sí puedo decir son detalles. Como por ejemplo que hay un pájaro –que creo es silvestre por el sonido que hace –que me despierta todos los días a las 8 de la mañana en punto. Y no es broma. Soy como una especie de Cenicienta, pero una que odia lavar, barrer, limpiar y, por sobre todo, a los animalejos que tratan de despertarla. Mi ventana da hacia una especie de condominio de tres edificios que dan a un parquecito al medio; y cualquier tipo de sonido se multiplica por el eco que se da. Y, por supuesto, el chirrido infernal de ese pajarillo mañanero se instala directamente en mi tímpano. Cada diez segundos –sí, los conté –vuelve ese silbido como diciendo “el sol ya se ha levantado, Maca, es hora de empezar otro día, tra-la-la” y yo lo único que pienso es en comprarme una onda y tener un stock de piedras en el velador.
Otro dato interesante es que en mi calle hay dos hoteles; aunque uno es evidentemente un motel. Tiene un cartel fosforecente con luces de colores que están prendidas las 24 horas, y se llama “Hotel Forever”. Es lo mejor. Todos los días paso por ahí y me pregunto si habrá gente detrás de esas percianas gastadas y viejas, qué habrá detrás de esa entrada de baldosa y si cobrarán por hora. El otro es un hotelito como a lo europeo, justo en una esquina de la pequeña rotonda de mi calle sin salida. A veces veo gente llegar con maletas; pero hasta ahora nunca me ha tocado ver a alguien entrar al “Forever”.
El asunto de vivir rodeada de gente sin realmente verlos es otro asunto interesante. Mi edificio tiene como mil departamentos por piso y además, como dije antes, mi ventana da a tres edificios más, todos con ventanas tapadas por cortinas donde otras vidas, miles de vidas, se desenvuelven paralelamente a la mía. Nunca me había sentido tan observada cuando abro las cortinas y dejo que el sol –que solo entra de 12 a 1:30 –entre por mi ventana. Pero la verdad es que soy yo la que observa a veces, a oscuras desde mi living, a las otras ventanas y me pregunto qué tipo de gente vivirá allá y si a veces se sentirán como me siento yo.
Y me siento menos sola.
Pero lo que sí puedo decir son detalles. Como por ejemplo que hay un pájaro –que creo es silvestre por el sonido que hace –que me despierta todos los días a las 8 de la mañana en punto. Y no es broma. Soy como una especie de Cenicienta, pero una que odia lavar, barrer, limpiar y, por sobre todo, a los animalejos que tratan de despertarla. Mi ventana da hacia una especie de condominio de tres edificios que dan a un parquecito al medio; y cualquier tipo de sonido se multiplica por el eco que se da. Y, por supuesto, el chirrido infernal de ese pajarillo mañanero se instala directamente en mi tímpano. Cada diez segundos –sí, los conté –vuelve ese silbido como diciendo “el sol ya se ha levantado, Maca, es hora de empezar otro día, tra-la-la” y yo lo único que pienso es en comprarme una onda y tener un stock de piedras en el velador.
Otro dato interesante es que en mi calle hay dos hoteles; aunque uno es evidentemente un motel. Tiene un cartel fosforecente con luces de colores que están prendidas las 24 horas, y se llama “Hotel Forever”. Es lo mejor. Todos los días paso por ahí y me pregunto si habrá gente detrás de esas percianas gastadas y viejas, qué habrá detrás de esa entrada de baldosa y si cobrarán por hora. El otro es un hotelito como a lo europeo, justo en una esquina de la pequeña rotonda de mi calle sin salida. A veces veo gente llegar con maletas; pero hasta ahora nunca me ha tocado ver a alguien entrar al “Forever”.
El asunto de vivir rodeada de gente sin realmente verlos es otro asunto interesante. Mi edificio tiene como mil departamentos por piso y además, como dije antes, mi ventana da a tres edificios más, todos con ventanas tapadas por cortinas donde otras vidas, miles de vidas, se desenvuelven paralelamente a la mía. Nunca me había sentido tan observada cuando abro las cortinas y dejo que el sol –que solo entra de 12 a 1:30 –entre por mi ventana. Pero la verdad es que soy yo la que observa a veces, a oscuras desde mi living, a las otras ventanas y me pregunto qué tipo de gente vivirá allá y si a veces se sentirán como me siento yo.
Y me siento menos sola.
3 comentarios:
suena al mejor barrio del mundo. departamento con vista a otros departamentos.
guau, que buena eso de vivir sola. Sola. Mucha suerte "forever"...
Hay que comprarse binoculares y esperar el verano, cuando la gente ya no usa cortinas. Eso para alimentar el alma voyeur (o el espíritu observador, del que nacen tantas referencias en este blog, ja)
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