Creo que nunca se me había pasado tan rápido un verano como este. Cerré los ojos y cuando los abrí ya era Febrero. Y siento que fue ayer cuando dije "oh, ya se acabó Enero", y el lunes ya es Marzo. Me da un poco de miedo que el tiempo comience a pasar cada vez más rápido, y me gustaría poder tener un control remoto para retroceder, poner pausa y andar por la vida en slow motion.
Tampoco puedo creer que ya tenga 25 años y que ya hay un montón de cosas que ya no hice. Que el tiempo cada vez más me parece como una bomba, con sus tics y tacs perforandome los oídos. Y es esta incertidumbre sobre el futuro también.
El verano lo pasé casi entero aquí en Rapel. No había hecho eso desde chica. Desde los 15 en adelante no pasé más de una semana seguida aquí, con suerte. Y me sonrío pensando en todas esas veces de adolescente en las que venía a Rapel y al tercer día estaba que me tiraba al lago para ir a nado de vuelta a Santiago. Ahora todo es tan distinto. Estos dos meses no han sido nada, y siento que podría pasar hasta un año de la misma manera. Con el ritmo alterado, o des-alterado quizás.
Porque es otra cosa. Ahora en Santiago vivo sola, en un departamento en pleno centro, que da hacia otros departamentos. Oigo sirenas, bocinas, reagetton de los vecinos, el tráfico en las mañanas y el constante murmullo de la ciudad. Aquí oigo otras cosas. Los pájaros en general. El sonido tan peculiar que hacen las codornices en las tardes. El sonido del agua. Las cigarras en la noche. Los ladridos de los perros. Y el chirrido infernal de los gallos, que aunque han pasado dos meses, no me logro acostumbrar, y siento que es hasta doloroso para mis tímpanos despertar a las 5am con ese chirrido tan pero tan agudo que me desquicia, y salgo en pijamas, toda despeinada y con cara de psicópata a asustarlos para que solo cinco minutos después vuelvan a destrozarme los tímpanos. Pero aparte de ese sonido del demonio, todo lo demás es bastante agradable.
Y hay otras cosas. Pequeñas rutinas de campo que algunos años atrás me habrían producido arcadas, pero que ahora hago con placer. Como llenar la fuente de agua todas las tardes para que las abejas tomen agua. Darles agua también a los caballos, comida a mi perra. Cerrar el portón en la noche. Bajar a la picina después de almuerzo. Salir a recibir el pan cuando siento la bocina de la moto.
Y pequeñas cosas. Ver cómo han madurado las manzanas, las moras -con las que mi vieja hace un dulce de mora para morirse-, el fruto de la pasión, los choclos, tomates, pimientos, zapallos y ají para mi viejo. Y, por sobre todo, la inmensa calma. La sensación reconfortante de no tener ningún lugar al que ir, nadie a quién ver, ningún horario por cumplir. Eso que tanto dicen de la sensación de solo existir, y sentir el paso del tiempo.
Pero ya el domingo me devuelvo a la realidad. Me espera un departamento cerrado, un refrigerador vacío y una planta probablemente muerta. Me esperan los sonidos de la ciudad, la música de los vecinos, las cuentas, el estrés por encontrar una pega. Sobre todo eso último.
Y de nuevo, la ansiedad tan conocida, la incertidumbre sobre el futuro, la bomba de tiempo reclamando los tics y tacs perdidos de este verano.
Así es la vida, dice siempre mi viejo. Llena de cototos y vicisitudes.
3 comentarios:
1) Espero que estés bien
2) La unica certeza ahora es que todo el mundo espera que el resto esté bien. Pero esto representa tan bien lo que era todo antes. Quizás hay que rutinizarse para salir adelante.
Un abrazo.
que lindo lo que escribiste. Me siento muy identificada. Cuando chica lo peor era pasar un verano tranquilo, había que moverse, había que carretear, había que hacer tantas cosas. Hoy tengo 24 años y pasé un verano extrañamente tranquilo (bueno hasta lo del terremoto que nos dejó a todos medios alterados), no tenía esa presión de los horarios, ni esa necesidad de cumplirale a los demás, ni de hacer eso que "había" que hacer.
Mucha suerte en todo,
saludos!
Maca.... te informo que el verano se acabó oficialmente el 21 de Marzo. Escribete alguna cosita po'
Publicar un comentario