miércoles, mayo 12, 2010

Madre Vieja levantó los ojos hacia el cielo y aspiró el aire de la mañana. Había algo diferente en el sonido del viento y en el gusto del aire ese día. Tiempos de cambio se avecinaban, y la niña de los ojos color primavera jugaría su parte en ello. Sus entrañas se lo habían dicho la primera vez que la vio. Algunos pensaron que el color verde de los ojos era el color de los demonios, pero entonces Madre Vieja los había hecho callar. Cerró los ojos y les contó a todos sobre los tiempos en que una capa verde cubría la tierra, en la que los árboles respiraban al compás de los hombres, y donde la Abundancia estaba presente en cada rincón del planeta. Cuando abrió los ojos la niña la miraba fijo, como si hubiera escuchado la historia y la recordara también. Madre Vieja vio en ella el comienzo de algo, algo que ella misma no alcanzaría a ver.



Madre Vieja tomó un pequeño paquete hecho de las hojas grandes del Árbol de la Conciencia, y se dirigió silenciosa por el sendero que conducía al Cerro Sagrado. Sintió los cálidos rayos del sol en su piel arrugada, e inició el cántico previo a la Gran Consulta. Solo la pequeña Nahí vio a su abuela cruzar con paso enérgico el campamento y desaparecer tras el monte. Deslizándose del lado de su madre, Nahí decidió seguir a Madre Vieja. Nunca antes había sentido curiosidad por algo que se le estuviera negado, así que la impresionó la fuerza de la sensación. Sin poder combatirla, siguió a Madre Vieja hasta que el sendero se terminaba y comenzaba el mundo “más allá”, donde se le tenía prohibido ir. Nahí dio una última mirada hacia atrás, y tomando aire, siguió caminando. La voz dulce del canto de Madre Vieja la guiaba, y Nahí sintió cómo el bosque despertaba con su presencia. La nieve se tragaba las señales de sus pisadas, y por primera vez Nahí se preguntó qué habría más allá de las montañas que alcanzaba a ver si estiraba la punta de los pies.



Madre Vieja supo que Nahí la seguía cuando la niña tropezó con las raíces de un árbol cubiertas por la nieve, pero siguió su camino cantando, ofreciéndole el ejercicio al Sol, ya que los pies no seguían su espíritu como antes. Nahí la siguió escalando con dificultad hasta la cima del Cerro Sagrado, y delató su presencia cuando suspiró impresionada al mirar a su alrededor. Madre Vieja sonrió y puso sus brazos alrededor de su nieta. Las dos miraron la panorámica que daba la montaña: la tribu, a sus pies, cercada por dos cerros y el bosque. La cadena de cerros al frente, que se prolongaban infinitamente, tan lejos como podía llegar el Sol. Y a su derecha, algo que Nahi nunca antes había visto: el océano. Solo podía ver un fragmento pequeño, pero a través de esa pequeña ventana que se hacía entre el cielo y la montaña, Nahí se sintió transportada como si tuviera el peso del aire, como si pudiera elevarse y recorrer los miles de miles de kilómetros que la separaban del agua, para escuchar el sonido de las olas, sentir el gusto de la sal y la suavidad de la arena bajo sus pies.



Madre Vieja vio que Nahí se había contactado con los espíritus, y que estaba experimentando un viaje astral. Por eso no detectó la presencia de la Bestia de inmediato, tan concentrada estaba en el viaje de la niña. Pero el rugido ensordecedor la sacó del trance y con ella aterrizó también Nahí. La Bestia rugió nuevamente paralizando a la niña, que había escuchado las historias y advertencias de los mayores, pero que nunca imaginó la magnitud del animal. Era como estar frente a un Dios: sus colmillos mortales, su postura amenazadora, que daba la sensación de que era invencible, y sus ojos llenos de odio. Odio a los humanos, a cada uno de ellos. Nahí sintió pánico pero escuchó cómo la cuerda del arco se tensaba: su abuela sostenía una flecha apuntando a la Bestia, directamente a su corazón. La flecha voló tan rápido que Nahí no alcanzó a verla, solo escuchó el grito desgarrador de la Bestia. El animal aulló y corrió hacia el bosque. Su abuela suspiró de alivió y tomó la mano de Nahí, pero la niña se soltó. La presencia del animal había despertado algo en ella, y se sintió conectada con la Bestia a tal punto, que corrió en la misma dirección por donde se había ido el animal, con la esperanza de encontrarlo. Madre Vieja le gritó para que se devolviera, pero Nahí sabía que no la alcanzaría si corría con todas sus fuerzas, y eso hizo. Observando los rastros de sangre en la nieve, la niña siguió a la Bestia hasta una cueva. Nahí dudó unos momentos; el corazón le palpitaba por el ejercicio y por el miedo. Quizás dentro de la cueva habrían más bestias, quizás algo peor. Pero tomó aire y con paso lento se internó en ella. Adentro, la Bestia se arrastraba hacia un bulto cubierto por hiedra. Al verla, la Bestia gruñó, pero su gruñido fue débil. Soltando un quejido, el gran animal se desplomó en el suelo, y Nahí supo que su la había dejado. Una ola de calor la embargó de pronto y se acercó al bulto: un animal pequeño que aullaba desconsolado.



-Algún día, ese cachorro crecerá y se convertirá en otra Bestia como la que ha acosado a nuestra tribu por años –le dijo la voz de Madre Vieja desde la entrada de la cueva. Nahí se sobresaltó y miró en esa dirección; ahí estaba la anciana, tan serena como siempre, con el arco entre las manos.-La era de la Bestia ha terminado. Si matamos a ésta ahora, le ahorraremos otro ciclo a las nuevas generaciones. Apártate, Nahí. Esto tiene que pasar.



Nahí sintió que algo en su pecho se encogía y volvió la mirada al cachorro. En ese momento, un rayo de sol iluminó los ojos del pequeño animal: eran verdes, verdes iguales a los suyos. En ese momento lo decidió. No podría matar a ese cachorro, aunque eso significara que se convertiría en una nueva Bestia para sus hijos, y los hijos de sus hijos. Estaba conectada con ese animal de alguna manera, y sabía que tarde o temprano descubriría por qué.



Madre Vieja lo supo también.
                                                     CONTINUARÁ

1 comentarios:

Mauricio Fabry dijo...

Maquita linda:
1.- Al fin volviste a escribir, lo echaba de menos.
2.- Me encantó por razones obvias. Quiero más.
3.- Ya estás tocada... no hay vuleta atrás.