Es extraño cómo ciertas características de mi personalidad me torturaban cuando era más chica, y ahora no. Como ser discapacitada social. Cuando estaba en el colegio me esforzaba por ser como las demás, por ir a fiestas e intentar pasarlo bien, esconder mi angustia cuando tocaba bailar y yo me quedaba sentada en un rincón, tratando de ser invisible y visible a la vez. O llegar a admitir que quizás simplemente no soy buena para tener relaciones sentimentales. Mi historial deja bastante que desear y ahora no es el momento de volver atrás para contar la cantidad sobrehumana de freaks que han pasado por mi vida, ni tampoco el montón de desiluciones y penas de amor que he experimentado desde los 15, cuando me enamoré por primera vez.
Siempre pensé que mi vida iba a ser parecida a la de los demás. Que estudiaría algo que no odiara, que encontraría un buen trabajo, que encontraría al chico de mis sueños o lo que sea, que me casaría, tendría hijos, sería abuela y compartiría mi vida con alguien. Ahora no lo veo tan así.
He tenido que llegar a admitir que no soy como los demás. Que no me gustan los eventos sociales y que mi estómago todavía sufre un poquito cuando escucho la palabra “fiesta”, aunque por suerte cada vez la escucho menos. Admitir que mis expectativas para el futuro se han ido alejando paulatinamente de ese destino perfectamente trazado en mis años escolares, y que ahora han surgido un montón de posibilidades que en ese tiempo me habrían generado pánico, y que ahora miro al menos con curiosidad. Como la idea de que en realidad, quizás no encuentre a nadie. Que quizás no me case, ni tenga hijos, ni siga viviendo en Santiago ni tenga un trabajo exitoso en una oficina con ventanas en el piso 22 de algún edificio moderno en Vitacura (aunque para ser honesta, probablemente nunca soñé con eso). Y lo sorprendente es que la idea no me produce retorcijones en el estómago.
Sé que es temprano en la vida para pensar tan así. Tengo 25 años y todavía tengo la sensación de que estoy empezando mi vida, que no importa mucho lo que haga o deje de hacer, porque todavía soy niña y los niños no importan. A veces pienso que si de verdad existe la reencarnación, yo soy un alma nueva, aunque no por eso menos sabia que otras almas antiguas que circulan por ahí. Es solo que todavía la vida me parece un poco una novedad, como que no he logrado tirar raíces con esta vida, con este país, con este mundo en general. Como si todavía estuviera flotando a la deriva, sin nada lo suficientemente sólido como para amarrarme a algún lugar.
Pero me desvío del tema. Hoy pensaba en eso de las parejas, y en cómo mi estómago sí protesta cada vez que escucho que alguna compañera de colegio se casó, o cuando escucho a mis amigas hacer planes de vivir con sus novios, casarse y ese tipo de cosas. Yo todavía me siento tan niña que todo eso me parece como jugar a la casita. Solo que no es un juego, y ese es el problema.
He estado sola, sin un novio formal y toda la onda, hace más de un año. Y para ser honesta, casi no lo he notado. Este año me ha sorprendido en ese sentido. Cuando era más chica sufría por eso. Soñaba con encontrar a alguien que me quisiera, que me cuidara, que me acompañara. Pero ya no. No sé bien por qué, pero la idea de embargarme en un relación me parece sorprendentemente poco apetecible. Y es porque finalmente, tengo que admitir que el 80% del tiempo cuando estoy con alguien lo paso angustiada. Sí, puedo recordar esa felicidad sin precedentes del principio, cómo un simple mensaje, una llamada o una palabra podían elevar mi espíritu de una forma que no se logra con nada más. Lo increíble que uno se siente cuando sabes que alguien te quiere, y en fin, todo lo que todo el mundo sabe sobre las delicias del enamoramiento. Pero también me acuerdo demasiado bien todas las horas de angustia esperando una llamada, pensando que me están poniendo el gorro, preocupada por alguna discusión y en fin, creo que para mi mente ya paranóica, insegura y pesimista de naturaleza, la situación de pareja es como prenderle la mecha a un cajón de dinamita. Mi imaginación que ya es de por sí bastante colorida, me plantea una serie de escenarios del terror cada vez que estoy con alguien. Y finalmente lo termino pasando mal. Mucho drama. Demasiado.
Y sé que es mi culpa, que soy yo la que crea estos escenarios ficticios donde mi novio se embarga en orgías mientras les cuenta a sus amantes lo ridícula que soy, o que no me ha llamado en todo el día porque en la mañana conoció al amor de su vida y ahora están en el registro civil. Y no es solo el temor a que me engañen, es todo. Simplemente, creo que no estoy hecha para estar en pareja. La relación más larga que he tenido fue hace 8 años, cuando tenía 17 y creo que solo duró tanto porque Greg se vino de Australia a vivir conmigo y con mis papás. Creo que los dos nos sentíamos culpables y estiramos mucho la cosa, cuando en circunstancias normales habría terminado al cabo de un par de meses. Y me consta que soy yo. Todos mis ex novios han logrado tener relaciones largas y fructíferas antes y después de mí. Y aunque suena como si me estuviera quejando, no es así. No me importa. Soy rara y qué. Hay que asumirse.
El cuento es que tengo un estado de ánimo demasiado frágil. Es la pura y santa verdad. He pasado ya por 5 psiquiatras y estuve en terapia por casi 4 años. Me diagnosticaron espectro bipolar, luego bipolaridad tipo 2, tendencia a la depresión y una serie de etiquetas para decir que finalmente, mi estado de ánimo tiene la fragilidad de una ramita en un temporal. Todo afecta mi ánimo: la falta de luz, el frío, el calor, la soledad, las multitudes, la música, hasta algunos comerciales de la televisión. Y sobre todo, me afecta muchísimo vivir en el centro de la ciudad. Hace ya un año que vivo sola en un departamento cerca de la Plaza Italia. Y me he dado cuenta de cuánto me afecta el ruido, la gente y sobre todo, la falta de verde. La gente me dice: “Ay, que erí exagerada, si tení el parque Bustamante al lado”. Sí, es cierto, el parque Bustamante está al lado, pero ese parque es simplemente una franja angosta y larga en el medio de dos calles que van en sentidos contrarios. Es imposible sentirse en la naturaleza cuando la vista son departamentos, autos y tiendas de todo tipo. Todo es tan artificial en general. Todas las plazas están perfectamente hechas con banquitos, árboles podados, pasto en ciertas partes específicas. Es como cuando uno juega esos juegos en el computador en los que hay que construir ciudades. Uno compra los parques y los pone más o menos cerca de los edificios. Pero en realidad todo es artificio y ciudad.
Ahora estoy en Rapel y puedo ver tan clara la diferencia. Aquí los humanos se han hecho pequeños espacios entremedio de la naturaleza. Los caminos pasan entremedio de los cerros, las casas están rodeadas de verde, de árboles y cerros y animales, y la cosa es más o menos armónica. Es el hombre quien se hace un espacio en la naturaleza. En las ciudades es al revés: la naturaleza se hace un espacio en la ciudad. Y Santiago es lo peor de lo peor. Ya no aguanto tanta gente, de verdad. Salir al supermercado es una tortura; está siempre lleno, ya no importa la hora. Las calles lo mismo. Hay taco a cualquier hora, pero salir a las 8 de la mañana o a las 6 de la tarde es la tortura máxima. Y mi estado de ánimo frágil se irrita. Me baja un odio a la humanidad entera. La gente me empieza a parecer profundamente desconsiderada y francamente asquerosa. Y me pongo de mal genio, y me pongo aun más negativa de lo que soy, y ya no quiero vivir así.
Por eso me quiero ir a vivir al sur.
Y cuando me vaya, probablemente me vaya sola. Y envejezca rodeada de perros y animalitos de campo. Y la gente que pase me salude con amabilidad, y les cuenten a sus hijos que ahí en esa casa vive una vieja solterona que habla poco. Y la verdad, no es un futuro del cual quisiera arrancar.
2 comentarios:
Dos cosas que no concuerdo:
1.- Que seas una mente sin brillo. Todo lo contrario
2.- Que irse a provincia sea como vivir en un patio de invierno. Al contrario, creo que es una aventura fascinante, que me gustaría volver a vivir pronto. Casi la mitad de los chilenos viven en Santiago... no creo que sea muy innovador.
mmm... mmm... pensaste que vivirias una vida normal, no se, tal vez lo estas haciendo... lo que describiste como normal esta muy lejos de ser la realidad de la mayoria de la gente, que sea lo que todos esperaban talvez si, que sea lo que viven lo dudo.
este ultimo escrito si ya suena un odio a la humanidad como de esos de algun dicipulo de lecter (espero no darte ideas), creo que dentro de esa triste humadidad que si que lo es hay muchas personas que vale la pena darles otra analizada y darse cuenta que la solucion talvez no esta en los campos del sur.
Saludos maca!
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