domingo, julio 18, 2010

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Noise_99 era conocido por todos en la red. Era una presencia constante en por lo menos quince chats, miembro de cincuenta foros de discusión (que variaban desde fans de la saga de Crepúsculo hasta debates intensos sobre la política nacional), comentador Premium en Bazuca, dueño de siete blogs, 3 páginas en myspace, 10 perfiles distintos en facebook (cada uno con alrededor de 300 amigos) y estaba conectado a twitter, entre muchas otras actividades que realizaba desde su computador.
No había salido de su departamento en tres años, cinco meses, dos semanas y cuatro días. Lo último que recordaba de su salida al mundo “real” era el tráfico de vuelta a su casa. Recordó haber sentido una rabia abrumadora. Haber mirado a través de la ventanilla de su auto las miles de caras en espera de la luz roja y haber pensado en lo asquerosas que eran las personas en general. Y del alivio que le significó llegar a su departamento vacío. Sin ella.
El no volver a salir a la calle no fue una decisión que tomó de manera consciente, al menos no durante los primeros meses. Ya había pasado periodos en los que durante semanas se quedaba encerrado, pidiendo comida a domicilio y apagando su celular para no tener que inventar tantas excusas. Con el tiempo, no hubo necesidad de ello. Su teléfono simplemente dejó de sonar.
Habría que mencionar que ahora Noise pesaba alrededor de 210 kilos y se había vuelto realmente débil. La falta de cualquier tipo de ejercicio le había atrofiado los músculos, y cada vez le costaba más limpiar su departamento. Así que contrató a una mujer que encontró en los avisos económicos de El Mercurio Online, explicándole previamente cuál era la situación. La mujer no encontró problemas en visitar a Noise cada tres días y dejarle el departamento inmaculado, pero lo que más le gustaba a Noise de ella, es que parecía serle indiferente el hecho de que él fuera una bola de grasa andante, o que a veces el departamento se encontrara tan asqueroso que ni él mismo era capaz de entrar a la cocina, por el olor que se despedía de ella. La mujer era inmutable, y Noise se imaginaba que aunque la recibiera algún día vestido de cowboy montando un toro electrónico, ella simplemente pasaría de largo y le lanzaría una mirada indiferente.
Noise se ganaba la vida escribiendo para once revistas electrónicas y encargándose de las páginas web de distintas instituciones. Le depositaban el pago mensual a través de una transferencia y ya habían dejado de rogarle que se presentara en persona. Tenía una cuenta de ahorro más o menos decente: aparte de la comida, no tenía muchos gastos, y ya había hecho tratos con las principales cadenas de comida rápida, encargándose de sus páginas web a cambio de un sustentable descuento en todo lo que fuera a domicilio.

A veces Noise_99 se levantaba de su sillón reclinable, desde donde vivía a través de su computador portátil y donde tenía una vista preferencial a su pantalla plasma, y caminaba hasta el balcón de su departamento, que daba al norte. Vivía en el piso 22, en una callecita cerca de la Alameda, y por lo tanto, tenía una vista casi periférica de Santiago. Podía ver el cerro y la virgen fosforescente, Plaza Italia y el poniente de la ciudad. A veces contemplaba hacia abajo por horas, después de las cuales se encontraba igual de agotado como si hubiera salido a trotar (o al menos eso suponía). Y fue justamente mientras miraba hacia la calle cuando todo aquello sucedió.
En los últimos tres años había presenciado 5 asaltos: la mayoría hombres que pasaban corriendo y se llevaban la cartera de alguna mujer que comenzaba a gritar, y un par de veces algo un  poco más violento, pero nada fuera de lo común. Sin saber muy bien por qué, ésta vez fue distinta para Noise. Quizás porque se trataba de una chica, quizás simplemente porque las violaciones siempre le habían parecido lo más repugnante que un hombre podría llegar a hacer. El punto es que cuando vio a esos tres hombres arrinconar a la chica, algo se revolvió dentro de él. Al principio no supo bien qué hacer. Luego tomó su celular y marcó 0-911 y describió lo que veía. La amable –y escalofriantemente calmada- voz de la teleoperadora le aseguró que en menos de diez minutos habría una patrulla de policía ahí. Noise intentó explicarle que en diez minutos la chica podría estar muerta, pero la voz mecánica de la mujer al otro lado de la línea le aseguró que harían todo lo posible. Noise cortó y se dedicó a observar con creciente angustia lo que sucedía allá abajo. Los gritos de la chica eran amortiguados por los sonidos de las micros y Noise se dio cuenta con pánico que tendría que intervenir. Gritó. Primero algo sin sentido, pero luego dirigiéndose a los hombres. Los vecinos salieron a sus balcones y miraron extrañados a Noise. Él conocía muy bien esa mirada. La mezcla entre asco, curiosidad enfermiza y asombro era típica en la gente lograba mirarlo. En todos menos en la mujer de la limpieza. Noise comenzó a gritar que no se fijaran en él, que abajo se estaba cometiendo una violación, pero no sucedió nada. Los vecinos lo miraron como si fuera de otro planeta y estuviera hablando venucino, o algo muy parecido. Y Noise dejó de gritar. Le volvió la conocida rabia contra la raza humana en general y casi cierra su ventana olvidándose de la chica, si no fuera porque uno de los hombres había escuchado los gritos de Noise, y adelantándose a la escena de atrás, le gritó “¡Cállate, guatón culiao mutante!” para luego volver a internarse en la oscuridad.
Noise cerró la puerta de su departamento y contempló el pasillo del piso 22. Sintió un escalofrío. Ya estaba sudando, y el impacto de los tres años lo golpeó súbitamente. Sin embargo, siguió caminando y pidió el ascensor. Le costó ingresar, y se preguntó si siempre había sido tan angosto. Cuando llegó al primer piso, el conserje lo miró con los ojos bien abiertos. El anciano intentó disimular la sorpresa, pero Noise ni siquiera lo miró. Sabía que hacía ya mucho tiempo que los conserjes habían hecho una apuesta sobre quién vivía en el 2204, y de alguna manera se alegró de que fuera ese viejo quien ganara. Salió a la calle y tuvo que afirmarse de la pared durante un momento. Estuvo consciente de las miradas que provocaba, pero se obligó a no pensar en ello. Avanzó hacia el callejón donde se encontraba la chica. El silencio era un mal augurio. Los hombres habían desaparecido,  y Noise se dio cuenta de que le había tomado mucho más tiempo de lo que creía bajar de su departamento y llegar hasta ahí. Constató también, de manera fugaz, que la policía no vendría. Por un momento temió que hubiera llegado demasiado tarde y que ahora la chica estuviera en el maletero de alguna camioneta rumbo al Mapocho, pero entonces la vio. Estaba acurrucada en un rincón en posición fetal. Casi no le quedaba ropa encima, y un hilito de sangre le corría por las piernas. Parecía respirar, pero no podía estar seguro. Noise se acercó lentamente. No se atrevió a tocarla. La observó durante algunos momentos.
-¿Estás bien? –fue lo único que se le ocurrió decirle.
La chica pareció no escucharlo al principio, y Noise temió que estuviera inconsciente o incluso muerta. Pero luego de algunos segundos, se volvió hacia él con la mirada vacía.
-Si vas a tocarme, te advierto que me la puedo contigo, gordito.
Noise la miró desconcertado. Luego tragó saliva.
-No quiero hacerte daño. Te vi desde mi departamento. Llamé a la policía, pero…
La chica lo miró alarmada.
            -¿Qué dijiste? ¿Los pacos? Mierda, tengo irme de aquí.
En ese momento escucharon la bocina de la patrulla. Ella lo miró primero desesperada y luego con un odio tan intenso que casi se echa a correr, si hubiera podido hacerlo. La chica se paró y trató de componerse la ropa preparándose para arrancar, pero Noise la tomó del brazo para detenerla. La mirada que le devolvió fue como un rayo de electricidad que hizo que la soltara de inmediato.
-Mira, tengo mi departamento a la vuelta de la esquina. Es ese alto de allá. Si quieres, puedes…
Pero ella ya había echado a correr en esa dirección. Atónito, vio cómo ella entraba a su edificio y segundos después, un carabinero le tocó el brazo.
-Señor, hemos tenido la alerta de que en este lugar se estaba cometiendo una violación. ¿Ha visto usted algo?
-No. Yo… yo llamé. Pero cuando llegué ya no había nadie.
Los carabineros se miraron entre sí, intentando disimular lo que les producía ese gordo mórbido con pantalones de buso y una polera sucia bañada de sudor. Le hicieron un par de preguntas más y luego se fueron de ahí. Noise supuso que anotarían aquella escena como parte de la rutina diaria de lidiar con locos, y sonrió para sí mismo. Luego comenzó a andar hacia su edificio.


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