No sé bien por qué, pero últimamente me he estado acordando mucho de mi infancia. No recuerdos generales, sino imagenes concretas, momentos particulares. Más que nada, sensaciones.
Por ejemplo, lo que sentía al ver a mi mamá ponerse crema en las piernas o maquillarse. O cómo me sentía cuando era invierno y el olor de los árboles y el pasto mientras corría con los zapatos mojados por los campos de Rapel. O lo maravillada que me sentía al ver cómo el sol se reflejaba en la arena cuando el lago bajaba, y pequeños puntitos brillantes tapizaban el suelo. O lo que sentía cuando los domingos volvíamos tarde a Santiago, y pensaba con pesar que al día siguiente tenía colegio. O lo entretenido que era cuando mi hermano Mauricio me ponía sobre sus hombros y nos metiamos al lago, escuchando entre risas cuando mi hermano decía "punchi, punchi, punchi" y nos hundíamos en el agua. O ese comercial de galletas Mkay donde un niño tenía miedo en la noche y su papá lo llevaba a la cocina a comer galletas, que me hacía pensar en mi propio papá. O la primera vez que fui al zoológico con mi hermano y le pregunté por qué los osos polares no volaban, si se llamaban osos "volares". O que de verdad creía que los autos podían volar simplemente abriendo las puertas delanteras. O que los palos que recogía en el camino de tierra con los que jugaba a los caballos de verdad tenían sentimientos. O que mis muñecas se susurraban cosas cuando estaba afuera y a penas entraba a mi pieza se callaban.
Para mí, el mundo era completamente mágico. Había magia en todas partes, pero especialmente aquí en Rapel. Después de ver la película del dinosaurio "piecitos", siempre pensé que el paraíso de esos dinosaurios estaba al otro lado del lago, en esos cerros tapizados de verde que parecían inalcanzables. Estaba segura que exitían las hadas, los duendes, el viejo pascuero, el conejito, el ratón de los dientes y cualquier criatura fantástica con la que me encontrara en alguno de los cuentos de los hermanos Grimm. En resumen: tenía mucha imaginación. Y debía tenerla; pasaba casi todo el tiempo sola. Recorriendo Rapel, encontrando pequeños misterios y tesoros que ni siquiera me molestaba en compartir, porque sabía que nadie más que yo entendería la magia que se desprendía de ellos.
Supongo que es simplemente nostalgia por una época más simple, en la que creer era algo natural. Ahora parece como si creer en cualquier cosa (humana o divina) me costara el doble, el triple, o incluso más. Es que es difícil recuperar el encanto.
Pero estando aquí en Rapel, y mirando gran terreno de mis viejos cubierto de miles y miles de almendros con sus flores rosadas, se hace un poco más fácil.
Solo un poco.
2 comentarios:
Que lindo maca!!!, me trae muchos recuerdo también. En escencia somos todos solitarios, tambíén considero que tuve una infancia solitaria con hermanos que eran demasiado grandes y no me pescaban. Por eso me alegró tanto que llegaras tu, aunque un poco atrasada, era la posibilidad de compartir aunque sea un ponchi ponchi al entrar al lago.
La vida sigue siendo mágica, está en cada esquina. Te quiero mucho
qué poético lo de los osos "volares".
Bello post!
Publicar un comentario