El otro día tuve que ir al mal, por razones que nada tienen que ver con comprar ni pasear ni comer comida basura. Y me di cuenta de que hace mucho pero mucho tiempo que no ponía pie en uno de estos gigantescos centros comerciales. Había cambiado desde la última vez que estuve ahí. Obviamente, era más grande. Habían más cosas. Me lo imaginé como ese monstruo del Viaje de Chihiro, ese que empezaba a comer y comer y se hacía cada vez más y más grande hasta que explotaba de barro y porquerías. Creo que es una buena metáfora para este tipo de lugares.
Es raro el mall en verdad. Como que todo es lindo y perfecto e iluminado. Todo es artificio, por supuesto, pero uno no puede evitar admitir que todo es lindo. La gente es linda, las tiendas son lindas, la ropa, las decoraciones. La gente es amable. Es como un micromundo. Y yo obviamente me sentí totalmente fuera de lugar.
Más aun cuando al final me aburrí de esperar y subí al techo del edificio donde por supuesto habían más tiendas y más comida y más mierda. Me compré un jugo y me senté en una mesa al frente de un grupo de veinteañeros. Uno de ellos se dio la vuelta, me miró, y le dijo algo al grupito, que inmediatamente estalló en risas. Las mujeres del grupito se volvieron a mirarme y comentaron algo más. Volvieron a reír. Yo sé que soy paranoica, pero atrás mío había solo una pared así que era un poco difícil atribuir esta situación a una ilusión de mi mente paranoica. Era evidente que algo de mi aspecto o actitud les parecía sumamente gracioso al grupito de veinteañeros. Y me puse a pensar que si esto me hubiera pasado cuando estaba en el colegio, habría sido lo peor de lo peor. Me habría sentido mal, lágrimas se habrían asomado irremediablemente en mis ojos y probablemente habría escapado a un lugar más solitario y seguro, sin gente que me mirara y apuntara y se riera de mí. Pero ahora me pareció incluso algo gracioso. Fue sorprendente, en verdad. No me dio ni vergüenza ni tristeza, ni siquiera me enojé. Los miré directo a la cara y eventualmente dejaron de apuntarme. Y me di cuenta de que al fin, ya no me importa lo que la gente piense de mí. Un sentimiento bastante liberador, la verdad.
Y se confirmó el lunes pasado, cuando fui a un colegio en Santiago centro a tomar el Simce de inglés. Teníamos que llevar dos cajas grandes, una con el material y otra con la radio. Yo apenas me las podía, y a la vuelta me tropecé y me caí en la mitad del patio, en frente de todos los colegiales. Fue una escena como sacada de una película adolescente gringa. Yo siendo la looser, por supuesto. Y fue raro que no me importara. Me dolió, sí. Todavía tengo un moretón en la rodilla y en el brazo. Pero el hecho de que un montón de adolescentes presenciaran mi tropezón en la mitad del patio a la hora del recreo no me movió ni un pelo.
Es raro este desprendimiento que se ha producido paulatinamente de la importancia sobre lo que la gente piense de mí. Algo que antes, aunque jamás lo hubiera admitido, era sumamente importante. Creo que para todos en cierto nivel. Al final todos queremos ser aceptados, incluidos, queremos que la gente piense que somos lindos y buenos e inteligentes. Y sobre todo cool. Pero creo que por fin he aprendido el valor que tiene hacer las cosas por uno mismo y no por los demás. No digo que haya hecho grandes avances este año, ni tampoco se han producido muchos cambios en mí. Pero al menos tengo claro algo que antes no lo tenía: que las cosas hay que hacerlas por uno y solo por uno. Depender de otra persona o de un grupo de personas es peligroso, creo yo. La identidad de uno se construye a partir de lo que el otro piensa de ti. Y al final lo importante es lo que uno piense de uno.
Por eso me carga que la gente opine sobre mi vida. Que apunten mis problemas y me den las soluciones sin que yo les haya preguntado. Claro que la gente que me quiere lo hace justamente por eso, por amor. Pero es irritante cuando gente que te acaba de conocer te dice “Lo que tú tienes que hacer…”. Me dan ganas de decirles que se metan sus opiniones por donde mejor les quepan. Porque yo tengo claro cuales son mis problemas y qué cosas tengo que mejorar. Y no lo voy a hacer porque terceros me lo digan. Lo voy a hacer porque yo lo quiero hacer.
Es como cuando mi amigo C. me sermoneaba cada vez que nos veíamos. Me decía que tenía que bajar de peso, usar ropa más apretada, sacarme los lentes, qué sé yo. Siempre había algo que tenía que cambiar sobre mi aspecto o sobre mi vida. Hasta que me harté. Y le dije: Cuando tú me ves no me ves a mí, ves lo que te gustaría que fuera. Y nadie puede mantener una relación de ese tipo. Quiero que cuando la gente me mire, me vea a mí. Con mis defectos y espero, con mis virtudes. Quizás mis defectos en esta altura de mi vida sean más evidentes que mis cualidades. Pero aún así, me irrita que otros los apunten. Porque yo también tengo opiniones sobre los demás, pero no ando por la vida apuntándolos. Si lo hiciera, me quedaría sin amigos, la verdad.
En fin. No sé bien a qué va todo esto, pero mi sobrino hoy me dijo oye qué onda tu blog, está solo, triste y abandonado. Y como es uno de los espejos que reflejan mi vida, ya es hora de empezar a arreglarlo un poquito. Por mí. Y por mis lectores (simbólicos) también.
1 comentarios:
Eso se llama "adultez", Maca: los niños viven para agradar a sus familias, los adolescentes a sus amigos; los adultos, simplemente, hacen lo que creen que es correcto o lo que les gusta. Y no hay nada más triste que encontrarse con alguien en sus treintas o más viejo que todavía depende de lo que opinan los otros sobre su pelo, su trabajo, su talla o su novia.
En todo caso, te felicito por ese descubrimiento, porque me parece que cada vez los adultos son más infantiles o adolescentes. Yo mismo me vine a dar cuenta de lo que tú dices como a tu misma edad; pero el grado de inmadurez entre mucha gente de mi edad o mayor es patético.
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