Yo siempre he estado desfasada, en casi todos los ámbitos de la vida. Principalmente en lo que tiene que ver con la edad.
Desde que entré en la adolescencia comencé a escuchar por parte de la mayoría de los adultos que parecía mayor de lo que era. Y me sentía mayor. Nunca me sentí verdaderamente adolescente, amarga e intelectual como creía serlo, me aburría de las fiestas y la ropa y las juntas y todo lo demás. No encajaba. Me sentía más en casa con gente mayor. De hecho, nunca he tenido un novio más chico, siempre han sido mayores que yo. Dos años, seis años, hasta quince años mayor. Y tengo que confesar que me causaba un placer raro escuchar en, por ejemplo, los talleres literarios, que escribía como alguien mucho mayor, que era talentosa para mi edad, etc, etc, etc. Porque lo que siempre he sido, sin importar la edad, es egocéntrica y bastante insegura. Así que escuchar cosas por el estilo siempre ha suavizado este narcisismo inseguro que siempre he llevado dentro.
Y la verdad es que, aunque siempre me he sentido “mayor” por dentro, la idea de envejecer me aterra. Por eso siempre he odiado mis cumpleaños. Y a medida que pasan los años, se vuelven peores y peores. Me pongo hipersensible, me deprimo y deprimo a los demás. En otras palabras: they suck. Cómo me habría gustado haberme quedado en los 19, o en los 21, y no envejecer más. No tener que entrar nunca a la vida. No sentir el peso de los años como una bomba de tiempo, como una pequeña vocecita en la cabeza que dice que ya hay que empezar a hacer cosas. A lograr cosas. A convertirse en alguien importante. A tener responsabilidades. A todo lo demás. Y en ese sentido, -y en muchos otros- soy una eterna adolescente.
Se entiende la paradoja, supongo.
Y ayer pensaba en eso mismo y en lo raro que es que antes, cuando era niña y adolescente, me entendiera mejor con los adultos, y ahora que soy adulta me entiendo mucho mejor con los adolescentes y los niños. Como si me fuera imposible vivir el presente, o algo por el estilo.
Hace unas semanas atrás vinieron 4 de mis sobrinos, dos de 14, una de 16 y otro de 17. Y puta que lo pasé bien con ellos. Me entretienen demasiado sus historias, sus problemas, sus amores y sus peleas. Creo que hace mucho tiempo que no me reía tanto como en esa semana que pasé con ellos. Y con los de 14, me quedaba hasta las 4am escuchándolos y dándoles consejos y todas esas cosas. Bueno, por algo estoy escribiendo una novelita adolescente. Pero aparte que me entretengan mucho sus historias, los entiendo. Puedo empatizar con ellos, cosa que, me he dado cuenta, es bastante rara en nuestra especie. La gente en general es súper poco empática. No pueden ver las cosas sin salirse de ellos mismos. Y por eso, cuando escuchan problemas de adolescentes o niños, piensan que son banales, o estúpidos o que no tienen importancia. Pero a esa edad claro que la tienen. A esa edad cosas como que tu papá te vaya a buscar a las 12 a una junta y entre a la casa en frente de los demás, es una cosa sumamente embarazosa y un grave problema. O que el chico que te gusta se ponga a pololear con tu mejor amiga. O que ese compañero que te tiene amenazado te diga que te va a estar esperando a la salida del colegio. O que no te saquen a bailar en las fiestas. O que todas tus amigas hayan dado un beso y tú no. O que el profesor jefe te diga que tienes demasiadas anotaciones y que ahora estás condicional. O que sacaste promedio rojo en matemáticas y no te atrevas a decirle a tu papá. En fin. No son cosas banales, son cosas que tienen una importancia tremenda. Porque yo me acuerdo muy bien de lo terrible que esas cosas parecían cuando yo tenía 15. Y creo que la intensidad con la que sentía los problemas y la angustia de esa época no se ha vuelto a repetir a pesar de que los problemas se han ido intensificando.
Pero me salgo del camino. Es que justamente ayer fui al parquecito que hay al lado de la casa de Rapel con otros dos sobrinos, uno de 8 y uno de 6. Y pude conversar con ellos casi como su tuviera su misma edad. Porque obvio que da rabia que tu hermano haya jugado ya dos veces a Plants vs Zombies y que es tu turno y que no se salga del computador. O que nadie entienda que los volcanes que estás haciendo en el pozo de arena tienen que estar surcados por un círculo y que tiene que haber uno grande al medio y otros más chicos alrededor. O la tortura que significa tener que comer pastel de zapallo cuando a ti te carga y no te gusta, y no quieres comer. O que te obliguen a acostarte a las 9 cuando están dando Los Simpson y todavía hay un poco de luz. O la estupidez que es que no te dejen ir a bañarte a la piscina en la mañana, aunque sean las 8am. O que te hagan salirte del agua cuando afuera hace tanto calor, aunque ya lleves dos horas adentro. O lo impresionante que es ese caballo gris y la emoción que da darle las cáscaras de melón y escuchar cómo las mastica y cómo te mira con esos ojos tan grandes.
Ayer fui al parquecito ese, y mientras los veía hacer los volcanes en la arena, el Nico me preguntó dónde estaba ayer. Y yo le dije que estaba en Santiago. Y él me preguntó por qué. Y yo, como buena adulta, en vez de contarte exactamente por qué, simplemente le dije “tenía cosas que hacer”. ¿Trámites? me preguntó, muy serio. Y yo sonreí y le dije que sí, que habían sido trámites los que había hecho en Santiago. El Nico se quedó un momento pensando y asintió con la cabeza de una manera que lo hizo parecer como un hombre entendido de la vida. “Sí”, me dijo, “Mi papá hizo trámites el otro día, y por eso llegamos tarde a Rapel”.
Yo me quedé pensando en que claro, para él la palabra “tramite” debe ser algo sumamente aburrido que los adultos hacen y que, cada vez que pregunta dónde está el papá o por qué no podemos ir al zoológico después del colegio, le contestan que son por los trámites y punto final.
Y que a fin de cuentas, para ellos nosotros debemos ser igual de incomprensible de lo que ellos son para nosotros. Solo que yo creo que sí los entiendo. Porque a veces me parece como que no tengo edad, o que tengo muchas a la vez. Y que prefiero mil veces escuchar al Nico y al José contarme sobre esos monitos que ven que son puros amigos imaginarios y que uno es azul y se llama bubu y es su favorito, a la gran cantidad de estupideces que la gente de mi edad y mayor me habla durante el día. Y por lo mismo, mirando las miles de florcitas amarillas de las malezas al lado del pozo de arena, les dije que las sacáramos e hiciéramos como si fueran el fuego de los volcanes y que yo me iba a subir al árbol para sacar esas piñas de pino para que pudiéramos pintarlas después. Y que mi planta favorita de Plants vs Zombies es esa que aplasta a los zombies y que mañana íbamos a convencer al tata de que sacáramos el bote y nos fuéramos en una aventura marina.
Porque al final del día prefiero llenarme la cabeza de imaginarios de ese tipo, a volver a pensar en mis propios problemas idiotas y en las malas noticias que recibí hoy en la mañana y en esta tortícolis del demonio que me tiene tiesa y que sé que es porque soy sicosomática y cada vez que estoy tensa no puedo mover el cuello por cuatro días. Ojalá la vida fuera siempre así de simple. El problema es que ya con 26 años, pretender que tengo 15 o 6 no se ve muy bien.
Qué se le va a hacer.
2 comentarios:
Tengo una hermana de 8 años recién cumplidos. Y, con mucha modestia, de todos los hermanos mayores que tiene (5) soy el que mejor me entiendo con ella, justamente porque no aspiro a que sea mayor-en-un-momento-que-no-lo-es y porque me siento más cómodo viviendo su niñez que mi "supuesta" adultez. Y bueno, porque soy el que juega Wii y Nintendo DS con ella, el que le explica los juegos y cacha el por qué se frustra tanto cuando no puede pasar una u otra etapa.
Yo la llamo mi cable a tierra, pero es más propio decir que es una manera de evadir mis problemas y complicaciones.
Al igual que tú, muchas veces me dijeron que era el maduro del curso y todo eso... pero una lata, al final a uno lo deberían dejar tener la edad que quiera tener sin presiones ajenas.
Queseyo.
Un saludo te dejo, que hace tanto mucho que no comentaba (pero si te leía, ah)
Ohh Macarena, es tan bacán como escribes oye, directo al grano pero con hartas curvas. Me gusta mmm?
Creo que eso de tener que "hacer cosas" es bastante... no sé, raro. Es una norma ridícula que se nos va inculcando desde que somos chicos, porque el que no hace algo es un fracasado incapaz de vivir en el mundo. Las webas, Macarena.
Lamento decepcionarte, pero en el siguiente punto no nos parecemos: detesto las historias hormonales de los dos adolescentes en cuestión. Que la webona lo llamó a las 2 am, o que al webón lo pasan a buscar a las 12, o que la otra es chica fea y gorda. Bah.
Pero creo que es porque se trata de ellos. Tal vez si fueran otros los agobiados hormonales mi actitud sería distinta.
Un abrazo.
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