domingo, julio 03, 2011

en el lago

Hace como una hora me quedé sola aquí en Rapel. Vine por el fin de semana con dos de mis sobrinos a ver una maratón de Harry Potter, para prepararnos para la última entrega. Sí, soy una irremediable nerd.
Como tengo la posibilidad de quedarme hasta mañana, mis sobrinos se fueron en bus y aquí estoy. Con una sensación media rara encima.
No sé por qué ésta soledad es diferente a la de Santiago. Es a la vez más y menos intensa. En Santiago paso mucho tiempo sola -demasiado, quizás- porque vivo sola en un edificio en el que no conozco a nadie aparte de los conserjes y en un barrio que no me logra enredar. Y aunque en teoría vivo en el mismo lugar que otras cien personas más, y cuando miro por la ventana lo único que veo son más ventanas con más gente a mi alrededor, en el fondo hay días en los que siento que podría estar viviendo en la Antártica en lugar del centro de la ciudad más poblada de mi país.
Aquí en Rapel la cosa es un poco al revés. No me siento tan encerrada como en Santiago, en mi pequeña cajita de cemento. Estoy en pleno campo, con el lago a pasos de distancia. La casa de mis viejos está hecha de casi puro ventanal, así que por todos lados mi vista recae en los árboles y ese verde tan verde del pasto de invierno. De las montañas y los campos sembrados. Y tengo mi perra a mis pies. Y puedo asegurar que ella es mejor compañía que la mitad de las personas que veo en Santiago (exceptuando a familia y amigos bla bla). Sé que también estoy rodeada de gente; no de manera claustrofóbica como en Santiago, sino una presencia un poco más... amigable. Como si fuera poco, tengo chimenea y cuando abro la ventana en la mañana, veo el campo tapizado de blanco por el hielo y me siento en Narnia o algo así.
Pero esta soledad es distinta. No sé si mejor o peor. Supongo que esto que estoy sintiendo en este momento tiene que ver con el hecho de estar lejos físicamente. Sí, muchas veces me pasa que a pesar de estar a minutos de la gente que quiero, siento como si estuviera en otro planeta. Pero supongo que si de pronto me dan ganas de sociabilizar, o si saliera algo importante o qué se yo, estaría a pasos de los otros. Aquí no. Estoy a dos horas de Santiago y aunque no es mucho, tampoco es poco. Y como que no estoy acostumbrada a estar aquí sola. En cambio en Santiago sí.
Creo que es eso.
En todo caso, ¿cómo podría explicar por qué vengo tan seguido a Rapel? ¿Por qué me he perdido de tanta cosa con mis amigas? ¿Por qué salgo tan poco? ¿Por qué pareciera como si nunca estuviera allá?
Es simplemente por que en este minuto de mi vida necesito estar más aquí. Santiago la verdad no me hace muy bien. Y es díficil explicarselo a gente que es feliz viviendo en la ciudad, pero la situación en la que yo vivo es distinta a la mayoría de las personas. Y la gente en general es poco empática. Les cuesta entender que lo que a algunos les resulta fácil a otros nos resulta imposible. Y lo fácil que es para mí caer en rutinas destructivas allá en Santiago.
Por alguna razón me siento en paz aquí en Rapel. No es solo el hecho de estar rodeada de campo en lugar de cemento, o el hecho de que aquí no estoy sola. Creo que es porque desde que me fui de la casa, como que el concepto de "hogar" quedó un poco a la deriva. Pero aquí en Rapel todavía siento esa paz antigua, esa sensación de hogar perdida.
Y, más importante aun, aquí escribo mucho más.

En fin. Voy a salir a caminar antes de que se ponga el sol.

0 comentarios: