Durante la feria del libro, me llegó una invitación para asistir a "Diálogos narrativos latinoamericanos". En general no me gustan mucho esos eventos porque siempre se habla de lo mismo, y para ser honesta, son francamente fomes. Nunca se habla de escritura y pocas veces realmente de literatura. Las discusiones de este tipo siempre terminan desviándose hacia los contextos de producción, la "cuestión latinoamericana" o lo que sea, y etc. Lo peor no son los temas, que finalmente sí tienen el potencial de ser interesantes, sino que, por un lado, la mayoría de los temas y opiniones que se dan al respecto han sido dichos una y otra vez, y por otro lado, la gente que los habla tiende a ser extremadamente latera. Cuando estoy en esas situaciones, me gusta observar a la gente que está escuchando, y la verdad es que son los menos. Se ponen a revisar el celular, o a hablar en voz baja, o se revuelven en sus sillas.
La gente se aburre. Nunca hay que olvidar eso.
En fin, el punto es que igual era una entrada liberada y terminé asistiendo a uno. Entre los escritores que estaban ese día, se encontraba César Aira y Pablo Raphael. En un minuto César -que encontré un viejo posero completamente poco creíble- dijo que la literatura no servía para nada, y que él no le recomendaría a un niño o adolescente leer, porque básicamente es completamente inútil, y bla bla. Claramente, una frase hecha para causar algún tipo de reacción -eh, o sea, estamos en una huevada que se llama "diálogos narrativos, aló- y en el fondo, parecer muy pero muy cool, lo cual, hay que decirlo, viniendo de un señor, es un poco triste.
Pero más ridículo, creo yo, es que Pablo Raphael entonces se vio muy ofendido por la tremenda aseveración de que la literatura era completamente inservible y se puso a defenderla, alegando que tenía influencias sociales, políticas, filosóficas, etc. Lo cual es verdad, pero no tenía sentido, creo yo, entrar en ese jueguito con el otro escritor que claramente dijo esa frase hecha para... bueno, en realidad ni siquiera tengo muy claro para qué, solo me consta que no lo cree de verdad, y eso se nota.
En fin. La discusión, creo yo, fue un poco ridícula pero hoy caminando a mi casa me puse a pensar qué hubiera sido de mí sin la literatura. Y la verdad es que ni siquiera lo puedo imaginar. Desde que tengo memoria vengo escuchando historias. Al principio me las contaba mi mamá, en general cuentos de hadas. Mi abuela inventó uno, de hecho, para esas veces en las que me costaba comer. Creo que eso hizo que desde niña mi imaginación fuera grande; a través de los cuentos de hadas pude acceder a todo un imaginario, a mundos donde la magia realmente existía y donde los animales te hablan. Parecía tan fácil creer en esa época. Todo era posible. A través de las películas también pude acceder a nuevas historias, historias ahora con un contenido visual. Me acuerdo perfecto la primera vez que vi todos los clásicos de Disney y lo que sentía al escuchar esa musiquita que viene con el castillo antes de que empiecen las películas. Así que el cine también ha sido importantísimo para mí; para acceder a historias y para luego relatar las propias.
Pero fue cuando aprendí a leer que realmente encontré en la literatura algo que en esa época, por supuesto, no supe definir. Una compañía, supongo. Un umbral, por donde podía acceder a otras cosas, a vidas imaginarias. Mi infancia fue más bien solitaria, todos esos veranos eternos en Rapel, completamente sola. No sé qué habría hecho en esa época, tan temprano ya, si no hubiera tenido mis libros. Me acuerdo tan bien los primeros que me regalaron de los hermanos Grimm. Debo haber leído cada uno unas cincuenta veces. Estaban siempre ahí. Una constante. Y Ocho Primos. Esa es la otra novela que recuerdo fue importantísima cuando era chica, cuando, de hecho, tenía la misma edad de la protagonista. Y lo curioso es que después leí la continuación cuando yo misma era una adolescente, así que mi conexión con esa historia es muy fuerte. Tengo los dos libros, gastadísimos, en mi pequeña biblioteca y al menos una vez al año los leo. Generalmente cuando estoy angustiada, o las cosas no están saliendo muy bien, y siempre me da la misma sensación de familiaridad, de no sé, inocencia supongo. Algo muy lejano y muy cercano a la vez.
Pero me desvío del tema. Las historias en sí fueron esenciales en mi vida. Estaba todo el tiempo en una. De hecho, me cuentan en mi familia que desde niña, apenas empecé a hablar, tuve amigos imaginarios. Y pasaba esos veranos en Rapel investigando como detective en las tardes, e imaginando que era una sirena en las mañanas.
Y los diarios. Los tantos diarios de vida que todavía tengo guardados en un cajón. El primero, escrito cuando tenía 12 años. ¿Qué habría hecho si no hubiera podido escribir? ¿Si la falta de literatura hubiera afectado –como obviamente sería el caso- en mis ganas o habilidad para escribir? Y en ciertos viajes, cuando me sentí tan pero tan sola, ¿qué hubiera hecho sin mi pequeño cuadernito para descargar todo lo que me estaba pasando?
Y ya en mi adolescencia, siendo siempre diferente al resto, siempre tratando de encajar, ¿qué habría hecho sin ciertos libros que hablaban de gente como yo? ¿o de esos otros libros, que me dejaban evadir mi cabeza lo suficiente para no colapsar?
Sería tan raro pensar en nunca haber conocido a autores que de una u otra forma han marcado mi asenso en la vida. Sin tener profesoras de castellano –las únicas autoridades con las que me llevaba bien en mi colegio- que me incentivaran a, por ejemplo, escribir una versión hippie de “La Bella y la Bestia” para el festival de teatro del colegio, y haberme perdido ese momento cuando dijeron que la obra había ganado, y fui a recibir el premio al escenario. O que nunca me hubieran hablado de metáforas, y estilos, y narradores, y tipos de historia, y sobre la importancia del lenguaje, de reflexionar sobre algunas cosas que de otra manera nunca harías.
Tampoco sé qué habría pasado si ese verano hace tiempo ya, mi sobrino F. no hubiera estado leyendo Harry Potter, y no me hubieran bajado las ganas de ver qué tanto escándalo con los libritos esos, y no haberme re-encantado con la literatura y en particular la fantasía, después de haberme anestesiado un poco el ánimo cuando estudié Literatura.
De hecho, ¿qué habría estudiado? Porque la otra opción era teatro, y eso es una rama de la literatura. ¿Qué hubiera hecho sin la compañía de teatro de mi colegio? ¿Sin ese pequeño lugarcito en el que sentí que encajaba? ¿Sin esa adrenalina de actuar frente a mucha gente, de ganar festivales? Todavía puedo oler el olor a madera del escenario y sentir los dejos de esa sensación que nunca más he vuelto a sentir.
En fin. Ha sido larga esta entrada y como dije, no me gusta aburrir. Pero ya que me he quejado de no escribir sobre literatura, y esto es un pequeño resumen de la mía. Y nada más.
2 comentarios:
Gracias por esa hermosa y (lo más importante) sincera entrada. A mí también me tienen podrido tanto los Airas que quieren ganarse un titular en el pasquín que sea como los Raphaeles que les siguen el juego. La verdad, como tú lo transmites, es que preguntarse por qué o para qué leer o escribir es igual a preguntarse las razones o los objetivos de caminar por la playa o contar chistes. Ni el cinismo ("no sirve para nada") ni la pedantería (“si nos remontamos a Aristóteles y su Poética...”) nos acercan un carajo a nada similar a una respuesta o explicación, como ocurre con todas esas cosas que simplemente amamos porque nos otorgan un placer inmediato o contribuyen a una felicidad futura.
Por eso, si quieres dedicar días o años de tu vida a escribir o analizar literatura, no puedes sino hacerlo sobre lo que te apasiona; nunca sobre algo simplemente porque vende, está de moda, es prestigioso o gana concursos. Ese fue mi descubrimiento clave para decidirme a estudiar literatura medieval, a pesar de que en el momento sonaba a locura. Porque hasta las peores locuras, si son por amor, al final valen la pena.
Marcelo, encontré muy interesante tu blog. Te dejé un comentario en la entrada de Los primeros del Reino.
Saludos
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