Últimamente he estado caminando en la misma dirección todos los días. No, no estoy haciendo una analogía. Literalmente, camino todos los días en dirección al depto. de mis viejos, que es donde estoy dejando mi auto (por motivos económicos ya no puedo arrendar uno en mi edificio, triste, ¿o no?). Igual, se me ha hecho muy ameno. Es solo media hora, y me gusta caminar por Ñuñoa. Escuchando canciones que hace tiempo no escuchaba, a veces me parece estar en una película con banda sonora. Sí, si sé que es un cliché. Pero en fin. A veces tomo otros caminitos, calles chicas, y paso por esa calle donde están las antigüedades, y donde hay una especie de panadería/café que me recuerda mucho a uno por el estilo que fui en Sevilla con el chico ese tan guapo y tan fugaz. Así que de repente incluso me parece andar por otros países, otras ciudades. Puedo abstraerme tanto de esta ciudad en particular, que realmente a veces me parece andar por calles nuevas, y esa sensación de que cualquier cosa podría pasar, esa sensación que uno tiene cuando viaje, vuelve por breves momentos, y me gusta mucho. Ojalá pudiera retenerla.
Mientras camino a veces pienso en que cuando era niña siempre jugaba a que me estaban observando. A que había cámaras escondidas que me miraban. Pensaba que todo lo que comía o tomaba eran auspiciadores del programa. Justamente la premisa de “The Truman’s show” y por eso creo que fue tan exitosa, a pesar de que la película en sí no es nada buena. Pero la idea es la misma un poco de “Abre los ojos” (infinitamente mejor que la versión gringa con Cruise, ah por favor), eso de que la realidad es simplemente una maqueta. Una ilusión. Me acuerdo que con un ex –igual era muy joven así que en fin- siempre hablábamos de eso. De que quizás uno podría influir en la realidad concreta. Como esa escena cuando el tipo de “Abre los ojos” está en un bar y se presenta “la ayuda técnica” que le explica que si no empieza a controlar a su subconsciente del terror, la hueva no va a funcionar. O algo así, hace tiempo que no la veo. Pero esa escena es brillante porque apela a algo que está, creo yo, en el subconsciente colectivo. Esta idea de ser observados, y de que la realidad es una maqueta. Y que eventualmente uno podría controlarla. Como Matrix. La primera, las demás son un asco.
Claro, mi psicólogo –si todavía tuviera uno y no estuviéramos peleados- diría que es paranoia. Demás. Yo esencialmente soy muy paranoica, y trato de controlar esa huevada todos los días. Pero a veces me gusta darle rienda suelta a ese tipo de ideas, que no me afectan realmente porque soy muy escéptica y la verdad es que al final no creo nada. Ojalá creyera en algo. Pero en fin.
El punto es que a veces, caminando por estas callecitas, me parece que acabo de ver a ese tipo con la mochila amarilla pasar dos veces. O a veces me siento realmente como Truman, y pienso que todas esas personas que me ven pasar son actores. Bueno, la idea no es original. De hecho también Shakespeare tenía ese rollo. Que el mundo eran un teatro y los hombres simplemente actores. Claro que probablemente para él era una metáfora pero quién sabe. Hasta dicen que Shakespeare ni siquiera existió y que en realidad fue un grupo de escritores. Lo mismo dicen de Homero. Pero da lo mismo. El punto es que a todos nos ha pasado parece. Eso de desconfiar de lo que tenemos enfrente.
Por ejemplo, ya tres veces me he encontrado con un furgón blanco. En él hay dos hombres, y avanzan muy lento. Y a su lado, onda en la vereda, está siempre el mismo perro. Uno grande y café y muy flaco (otro día hablaré de los perros, que es un gran tema para mí). Como que lo siguen al perro, es muy raro. Y los he visto tres veces, y la última vez el perro se me acercó. Se veía deprimido. Me dio pena. Le toqué la cabeza. Y los tipos del furgón blanco pararon.
A todo esto, hace poco me obsesioné con los casos de rapto y leí el libro de Natasha Kampush y otro peor de una niña que estuvo 18 años encerrada, y en ambos casos de un furgón blanco salía el secuestrador y eso.
Además, ese furgón blanco me recuerda también un poco a Eternal Sunshine, y aunque no recuerdo si era blanco o no, sí me acuerdo que era un furgón y que al tipo lo seguían al principio para entrar a su casa y borrarle la memoria. Esa, en todo caso, es mi película favorita.
Entonces, como se podrá imaginar, ese furgón blanco con los tipos raros y el perro me dan mala espina. Me asaltan todas estas ideas.
En fin al final pararon y yo seguí. El perro me siguió. El furgón también. Y al final doblé en otra calle de sentido contrario, y ellos siguieron de largo. Me dio pena el perro, que me miró como diciéndome: sálvame.
Por supuesto, estos episodios de paranoia o lo que sea, son finalmente inofensivos. Son los otros, esos que te hacen nudos en el estómago y todo eso, los que acechan en las noches, o en momentos en los que no estás prestando atención, de los que hay que cuidarse.
Luchar contra la cabeza a veces es cansador. Y me doy cuenta del gran cliché, o frase hecha, o lo que sea. Pero a veces estas cosas tienen algo de verdad. Al menos para mí.
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