Ayer hablaba con mi amiga Dora sobre, entre otras cosas, nuestro periodo juntas en la compañía de teatro del colegio. Para mí fue como un oasis en un mundo lleno de reglas idiotas, clases que no me interesaban y profesoras sádicas que gustaban de ver sufrir al resto, aunque esto último puede -solo puede- que haya sido más que nada mi amarga percepción de la vida en ese momento. Yo en esa época quería estudiar teatro (y menos mal que no quedé cuando postulé) y lejos lo mejor de cada semana eran los ensayos. Le dije ayer a Dora, con mucha honestidad, que no había vuelto a tener esa sensación de adrenalina y de una mezcla de tantas cosas que sentía cuando actuaba frente a un público. No hay nada que se le parezca, en serio que no. O sea, me imagino que algo por el estilo deben sentir las bandas o musicos cuando están sobre el escenario, pero para mí al menos, esa sensación se quedó atrapada en ese pasado de mi adolescencia, y es algo que no he vuelto a recuperar. Y está bien. Uno no puede andar por la vida persiguiendo esas cosas ideales, las cosas que uno perdió y quieres desesperadamente recuperar. Hay cosas que quedan así, como recuerdos estampados en la memoria.
Ojalá uno pudiera tener la templanza o whatever suficiente como para aceptar eso con todo. Hay días en los que la neurosis es tanta que ni siquiera me deja disfrutar del presente inmediato. En ese sentido me gustaría ser un poquito más como los animales, y vivir en el momento. Aunque sea un rato.
Y esa sería mi reflexión feliz del día.
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