Estoy en Rapel y hace tiempo que no venía. La última vez que vine estuve un día y medio, y la verdad es que no pude recorrer prácticamente nada. Además de estar con mi familia, todo lo demás es un borrón.
Así que estaba con abstinencia de Rapel. Sobre todo porque en los últimos años he pasado tanto tiempo aquí. Es difícil explicar qué significa este lugar para mí, y en general las cosas que son demasiado importantes se me hace prácticamente imposible escribirlas. Pero supongo que en estos años que he tenido blog hay una panorámica general de lo que ha significado desde mi infancia solitaria recorriendo el lago bajo en invierno y los pastos “altos” del verano hasta ese año de depresión que, sin haber tenido este refugio, no quiero ni pensar qué habría sido de mí.
Pero en fin, más allá de explicar o rememorar o lo que sea, quiero decir que Rapel este fin de semana pareciera ser un lugar vivo, que respira y se acuerda de mí. Desde la entrada en el auto, mirando el cielo estrellado –porque mi viejo manejó- y tratando de convencer al viejo de que busque las piezas que el faltan de su telescopio para que veamos las estrellas, cuando un aerolito, una estrella fugaz pero enorme surcó el cielo. Por medio segundo el cielo se encendió de fuego celeste, y así de rápido desapareció.
Hace años que no veía algo así.
Y ayer en la mañana me desperté como a las 7am por culpa del eterno y maldito gallo que vive al lado y se dedica a martillar mi tímpano con su chirrido infernal desde que tengo memoria –no sé a quién se le ocurrió ese cliché de la vida de campo en la que un adorable gallo saluda al sol y toda la mierda porque no es así, y yo que soy amante de los animales y todo eso termino fantaseando con tener un rifle, una onda, lo que sea, y pulverizar al maldito pararrajo- y por supuesto me levanté enfurecida a espantarlo, y vi unos 7 conejos grises reunidos en las plantitas que mis viejos tienen atrás, entre las cuales se encuentran mis maravillas. Cuando me vieron saltaron a todos lados y no pude evitar pensar que estaban tramando algo, esos conejillos tan reunidos como estaban. Y aproveché de ver las maravillas que tanto tiempo quise y están todas en flor, grandes y amarillas, y completamente bellas. Hay algunas que salieron raras, mi viejo dice que algo hizo mal, porque generalmente sale un tallo largo con una sola flor; pero hay algunas que son más bajitas y su tallo se bifurca en dos, tres, hasta cuatro tallitos de los cuales pende un girasol amarillo.
Yo no puedo evitar pensar que hay algo de metáfora en esa flor freak que no es como las demás pero que a mí me resulta aún más linda, quizás por eso mismo.
En fin. Hoy en la mañana bajé al lago y aunque están los que se quejan por esa fauna que creció mientras el lago estaba bajo, a mí me parece que es como una selva flotante, que ha llamado a otros animales que antes no vivían ahí. Patos, garzas, hasta cisnes han llegado al lugar. Me senté en el muelle y lo único que se escuchaban eran los sonidos de esos patos a lo lejos, es súper distintivo y agudo y aun así, me trae una paz antigua sacada de quién sabe dónde.
Y eso. Como siempre, traje las lecturas que tengo atrasadas y mi computador para escribir, pero como siempre también, aparte de esta corta entrada lo único que he hecho ha sido caminar, observar, plantarme bajo el sol, nadar y estar con mis viejos y mi hermana. Y sí, me siento un poco culpable porque debería aprovechar el tiempo, porque los tic tacs del paso de los días resuenan en mi cabeza como bombas de tiempo y sé que tengo que escribir. Pero la verdad de las cosas es que uno no puede estar toda la vida frente a un computador, y esa afirmación que suena tan simple y obvia para gente como yo a veces llega a ser verdaderas epifanías. Porque yo sí paso todos los días frente a un computador, ya sea durante el día en la pega, o cuando llego a mi casa. Estoy siempre conectada, supongo. Y tiene que ser así, de otra manera no podría escribir, no tendría pega, no podría leer ciertas cosas, en fin. Pero lo que quiero decir es que es muy fácil para gente como yo olvidarse de que hay que vivir también. Y caminar, y estar bajo el sol, y no conectarse a internet, y no prender el computador. Conversar “en vivo” con la gente y olvidarse del maldito chat. Porque a veces se me olvida que existe otra cosa allá afuera, que el lago, los animales, los colores del atardecer, el olor a eucaliptus y a tierra y a pasto, la vida más simple sigue esperando por uno, a pesar de que sea tan difícil el cuento ese del equilibrio.
Y ahora, de vuelta a la ciudad y mi vida virtual. Hasta que regrese a Rapel, o hasta que salga de mi letargo y al menos los fines de semana en la capital me dedique al menos subir el San Cristóbal o algo así. Sí, porque hace un par de semanas atrás lo hice con un amigo y la verdad es que es increíble que uno tenga un lugarcillo así tan cerca y elija pasar los domingos encerrada frente al computador esperando que por milagro salgan las imágenes de fantasía, cuando lo lógico es tomar inspiración de la realidad, de cómo el sol se refleja en las gotitas de rocío, o cómo el viento hace ese sonido al rozar las ramas o en fin, todos esos clichés que uno escucha sobre la naturaleza que, al contrario del mito del gallo, no por ser lugares comunes dejan de ser verdad.
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